Rojo Manhattan 18 · Adrián
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18 · Adrián

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Adrián

La cena de Bianca no era una cena. Era una puerta. Y los dos lo sabíamos al cruzarla del brazo, sonriendo, fingiendo que éramos lo que parecíamos y fingiendo, además, que no había pasado nada entre nosotros tres noches atrás. El doble de fingir. El doble de cansado.

Habíamos tardado semanas en llegar hasta aquí: hasta una mesa pequeña, en casa de un Marchetti, con la familia de verdad. No la gala de cuarenta invitados. Esto. Seis sillas. El círculo.

Lucca presidía, frío como su banco. A su lado, una silla vacía con su cubierto puesto y nadie sentado: el sitio de Aurelio, el padre, que esa noche no bajó, y cuya ausencia pesaba más que cualquier presencia. Y enfrente, Bianca.

A Bianca la había visto de lejos en la gala. De cerca era otra cosa. Tenía la belleza de los Marchetti —la misma que volvía a Lucca insoportable—, pero donde Lucca era hielo, ella era un fuego al que te acercas sabiendo que quema. Llevaba toda la cena mirando a una sola persona de la mesa.

No a mí.

Y ahí empezó mi noche de verdad, la que no estaba en ningún plan: ver cómo otra persona miraba a Camila igual que la miraba yo.

El espía que llevo dentro lo entendió enseguida, frío, útil.

Bianca era la grieta. Lucca nunca nos dejaría acercarnos a lo que la familia escondía; era demasiado listo, demasiado cerrado.

Pero Bianca, que estaba en guerra con su hermano por todo, que quería lo que él tenía, que se aburría y se encaprichaba…

Bianca era una puerta dentro de la puerta.

Si quería a Elena cerca, nos metería donde Lucca jamás.

El capricho de un Marchetti era la mejor llave que nos iban a dar.

El otro que llevo dentro —el que no tiene nombre, porque nunca me había hecho falta hasta esta misión— quería levantarse de la mesa y llevármela a casa.

—Espero que el cordero sea de su agrado —dijo Lucca, sin que pareciera importarle si lo era—. Mi hermana ha tenido el detalle de organizar todo esto.

—Mi hermana ha tenido el detalle —repitió Bianca— porque a alguien en esta familia se le tiene que ocurrir invitar a gente nueva antes de que nos muramos todos de aburrimiento. O de lo otro.

—Bianca.

—¿Qué? Es una cena, no un consejo de administración. Aquí se puede hablar de la muerte. Hasta de la de papá.

Un silencio breve, afilado. Julian Sinclair, el papel que yo interpretaba, sonrió como sonríe un hombre rico al que los problemas de otra familia rica le resultan exóticos.

—Nosotros, cuando nos aburrimos, nos peleamos por la herencia —dije—. Ahorra tiempo.

Bianca se rio. Lucca no.

—Me cae usted bien, Sinclair —dijo ella—. Es una pena.

—¿Una pena por qué?

—Por nada. Hablo demasiado.

—Mi hermana siempre habla demasiado —dijo Lucca, sin levantar la voz—. Algún día le costará caro.

—Algún día. —Bianca brindó hacia él con la copa—. Pero hoy no, hermanito.

Le hablaba a Elena por encima de la mesa como si Lucca, su propio hermano y dueño de la casa, fuera un mueble.

—¿Y a usted qué le parece todo esto, Elena?

—dijo, con una sonrisa que era una invitación a una conspiración—.

Toda esta… solemnidad. Mi hermano cree que el dinero hay que tratarlo con respeto.

Yo creo que el dinero es para gastarlo y el poder para usarlo, y que mi padre lo entendió siempre mejor que los dos.

—Su padre no está en la mesa —dijo Camila, con la voz de Elena, suave y curiosa—. Pero le han puesto cubierto.

—Se fija usted en todo.

—Es de buena educación fijarse en quién falta.

—Es de gente peligrosa. —Bianca lo dijo como un piropo—.

Mi padre ya no baja. —Algo le cruzó la cara, rápido: dolor, o cálculo; con los Marchetti nunca se sabía—.

Pero sigue mandando desde arriba. Desde arriba del todo.

Lo que de verdad importa en esta familia sigue al lado de su cama, en una planta a la que solo subimos los que llevamos su sangre.

—Sonrió otra vez, y volvió a Elena entera—. Y los que invitamos nosotros.

Ahí estaba. En una frase, Bianca nos había dado lo que llevábamos semanas persiguiendo y lo que ninguna cámara nos iba a enseñar: dónde estaba la lista. Arriba. Al lado de la cama de un moribundo. En una planta donde solo entraba la sangre Marchetti.

Y la invitación, envuelta en seda: y los que invitamos nosotros. Bianca acababa de ofrecerle a Elena la única llave del edificio. Por capricho. Porque le gustaba.

Debería haber sentido el alivio del cazador que ve abrirse la trampa.

Sentí las dos cosas a la vez —el alivio y unas ganas absurdas, impropias de un profesional, de borrarle a Bianca Marchetti esa sonrisa de la cara— y lo que más me asustó no fue ninguna de ellas.

Fue darme cuenta de que, de los dos sentimientos, el del profesional era el que me costaba encontrar.

Busqué la rodilla de Camila bajo la mesa. No por ternura: por costumbre operativa, para mandarle la señal de que había oído lo mismo que ella. Su mano ya estaba allí, esperando la mía. Nos habíamos vuelto eso: dos personas que se buscaban debajo de las mesas antes de pensarlo.

—Me encantaría ver la casa —dijo Elena a Bianca, jugando el papel, empujando la puerta que la otra había entornado—. Si su padre lo permite.

—Mi padre permite lo que yo le digo que permita. —Bianca le sostuvo la mirada un segundo de más—. Venga el martes. Sin su marido. Las casas se enseñan mejor sin maridos.

—Mi mujer tiene buen ojo para las casas bonitas —dije, ligero, antes de que el silencio se pusiera raro—. Y para la gente peligrosa. Es lo que la atrajo de mí.

—Entonces usted y yo nos vamos a llevar bien —dijo Bianca, sin dejar de mirar a Elena—. Los dos sabemos lo que vale.

—Lo sé mejor que nadie.

—No lo dudo. —Por fin me miró a mí, un segundo, y en ese segundo entendí que no se le escapaba nada, que detrás del capricho había una cabeza tan fría como la de su hermano—. Por eso es una pena.

Noté a Niko, de pie junto a la pared, mover los ojos hacia mí para ver cómo encajaba yo aquello.

Los buenos jefes de seguridad no vigilan al invitado que habla.

Vigilan al que calla. Le di la cara del marido divertido, seguro, al que no le tiembla que su mujer guste.

Por dentro hacía cuentas que no le habría enseñado a nadie.

Porque "sin su marido" significaba que Camila iba a entrar sola en la única planta que importaba, del brazo de una Marchetti impredecible, sin mí, sin cobertura, a cuatro paredes de la lista que las dos agencias querían y a una hora de la orden que decía que uno de los dos no saldría vivo.

La trampa se abría, sí. Pero ya no sabía para quién.