Rojo Manhattan 17 · Camila
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17 · Camila

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Camila

No dormí. Me pasé la noche con los ojos abiertos en el techo, contando errores como otros cuentan ovejas, y a mi lado Adrián tampoco dormía, y los dos lo sabíamos, y ninguno dijo nada, porque decirlo era hacerlo más real de lo que ya era.

Y ya era demasiado real.

Por la mañana hice lo que sé hacer: me levanté la primera, me vestí, me pinté los labios. La armadura. Llevo media vida poniéndomela y nunca me había temblado el pulso al hacerlo. Esa mañana me tembló.

Porque la cuestión con la armadura es que sirve para que no te toquen. Y a mí ya me habían tocado. Por dentro, que es donde no hay pintura que valga.

Llevo toda la vida construyéndome de fuera hacia dentro: la ropa, la cara, la voz, las reglas, los doce años de no dejar entrar a nadie.

Es un buen sistema. El único fallo que tiene es que solo protege de fuera hacia dentro.

No sirve de nada cuando la grieta ya está dentro y empuja hacia fuera.

Esa mañana me pinté los labios sabiendo, por primera vez, que la armadura se me había puesto del revés.

Adrián apareció en la cocina al rato, vestido, con el pelo mojado, con un cuidado que no le había visto nunca: no me tocó, no se acercó de más, no soltó ninguna broma.

Me trataba como se trata algo que se puede romper, y eso me dio más rabia que ninguna otra cosa, porque significaba que él también lo sabía.

Que los dos estábamos rotos por el mismo sitio.

—Buenos días —dijo, con cautela.

—Buenos días. —Me serví café, dándole la espalda.

—¿Has dormido?

—Lo suficiente. —No había dormido nada, y los dos lo sabíamos—. Tenemos la cena de Bianca el sábado. Hay que repasar entradas y salidas. A las diez.

Silencio. Lo oí decidir si me dejaba.

—Camila.

—Elena —corregí—. Aquí dentro también. Es más seguro.

No era más seguro. Era más fácil. Volver a ser Elena, volver a ser Lince, meter lo de anoche en una caja y soldarla. Lo intenté con todas mis fuerzas.

—Vale —dijo al fin. Y lo dejó. Y que lo dejara, que me diera eso, que entendiera lo que le estaba pidiendo sin pedírselo, fue lo que estuvo a punto de romperme del todo.

A las nueve, mientras él estaba en la ducha por segunda vez —dándome espacio, otra vez ese cuidado insoportable—, sonó el teléfono seguro. El de verdad. El que solo tiene un número.

Renata.

—Cariño —dijo, con esa voz de mantequilla que usa para todo, para felicitarte y para mandarte matar—. ¿Cómo va mi pareja favorita?

—Dentro —dije—. Tenemos el sistema.

—¿Y la lista? ¿Confirmáis que está en el edificio?

—Confirmado que está cerca de la familia, no en la cámara del dinero. Para llegar necesitamos a la hermana, Bianca. El sábado cenamos en su casa. Ahí entramos en el círculo.

—Buena chica. ¿Y el de Sabre? ¿Os pisáis o coopera?

—Coopera. Los dos queremos la misma lista. —Hice una pausa—. Lo que pase después ya me ocupo yo.

—De eso quería hablarte. —El tono cambió, se volvió práctico, de lista de la compra—. Lo otro.

Lo otro. Así lo llamaba. No "el asesinato", no "el objetivo", no "Cuervo". Lo otro, como quien pregunta por una gestión pendiente. Por una factura.

Así trabajaba Renata: le quitaba el peso a las cosas quitándoles el nombre.

"Lo otro." "Resolver." "El socio." En diez años no le había oído decir "matar" una sola vez, y esa era justo la razón por la que había mandado matar a tanta gente.

Es más fácil firmar una factura que una sentencia.

Yo había aprendido el idioma con ella, lo hablaba sin acento.

Y aquella mañana, por primera vez, me sonó a lo que era: a una mujer pidiéndome por teléfono, con voz de mantequilla, que matara al hombre que se duchaba a tres metros de mí.

—Te escucho.

—Arriba están impacientes. Te mando la ventana de extracción esta semana.

—¿Y cuándo me llega?

—En cuanto cierres la lista. A partir de ahí tienes una hora. Una. Resuelves lo del socio, recoges y desapareces antes de que los Marchetti se huelan nada. Cuervo no sale de esa casa. Ese es el trabajo.

—Ese es el trabajo —repetí. Y la frase me salió de la boca como sale una piedra: pesada, ajena.

—¿Una hora basta? La casa estará llena de los hombres de Niko.

—Por eso te toca a ti y no a un novato. Tú sabes salir de sitios de los que no se sale.

—Bajó la voz, casi con orgullo, y luego le metió el filo de costumbre, ese con el que mete el cuchillo—.

Dime una cosa. No me estarás cogiendo cariño al chico, ¿verdad?

Pasa en las mejores familias. Dos personas guapas, encerradas, jugando a estar casadas. Sería humano.

Ahí estaba. Me leía, igual que Niko, solo que Renata me conocía desde hacía diez años y sabía dónde mirar.

Tenía dos opciones. La verdad, que me sacaba de la operación en una hora y mandaba a otro a hacer el trabajo —a matarlo a él, y casi seguro a mí—. O la mentira.

Elegí la mentira. Y fue la primera vez que elegí de verdad, sin engañarme: elegí un lado, y no fue el mío.

—Renata. —Dejé que se me metiera en la voz el hielo justo, porque una negación demasiado fuerte es una confesión—. Llevo doce años en esto. Si me hubiera enamorado de cada objetivo guapo con el que he tenido que cenar, estaría muerta o jubilada. Es una tapadera. Él es un medio.

—Mmm. —Renata no se convencía nunca a la primera; por eso era buena—. Porque si hay algo, me lo dices ahora. Mando a otro, sin dramas, y tú sales limpia. A ti nadie te juzga por ser humana.

—No hay nada que mandar a nadie. —Cerré el grifo con más fuerza de la necesaria—. Cuando tenga la lista, Cuervo está muerto. Llevas diez años viéndome cumplir. No empieces a dudar de mí ahora. Tengo que despertar a mi marido para el ensayo.

Renata se rio, encantada. Me había creído. Claro que me había creído: yo mentía mejor que nadie, ella misma me había enseñado.

—Esa es mi chica —dijo. Y colgó.

Colgué yo también y me quedé mirando el teléfono un rato largo.

Acababa de mentirle a mi propia gente. Por él.

Acababa de oír en voz alta lo que me habían mandado hacer —matarlo el mismo día, limpio, sin cabos sueltos— y en lugar de decir "ya no puedo", que era la verdad, había dicho "lo haré", que era mentira.

Y en el hueco diminuto entre esas dos frases había metido toda mi vida.

Porque hasta anoche esto era un trabajo. Desagradable, sí. Pero un trabajo: la lista, y después el hombre. Limpio.

Ya no quedaba nada limpio. Le había puesto las manos encima a ese hombre, y ahora no había forma de ponérselas en el cuello sin que fueran las mismas manos.

Oí pararse la ducha. Oí a Adrián moverse por el baño, vivo, a tres metros de mí, sin saber que su agencia y la mía querían lo mismo: que el sábado, o el día que tocara, uno de los dos no saliera de aquella casa.

Me retoqué los labios en el reflejo del microondas. Rojos. Perfectos. Y por primera vez en mi vida la armadura no me sirvió de nada, porque ya no me protegía a mí.

Lo protegía a él.