Rojo Manhattan 16 · Adrián
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16 · Adrián

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Adrián

Pasamos el día fingiendo que no había pasado nada por la mañana, que es lo que mejor se nos da a los dos: fingir.

Repasamos la cena de Bianca. Limpiamos armas que no necesitaban limpieza.

Hablamos de la quinta planta como si fuera lo único que existía.

Eficacia. La palabra que usábamos para tapar la otra.

Pero la palabra ya no tapaba nada. Llevaba todo el día oyéndola, y todo el día oyendo, debajo, lo que callaba.

Lo que callaba era esto: que llevábamos semanas durmiendo a un metro y una pared de distancia; que esa mañana, mientras me cambiaba ella el vendaje del costado, me había dejado los dedos en la cicatriz un segundo más de lo que pide una cura; que ninguno de los dos había dicho nada, y que el no-decir nada se había vuelto más ruidoso que cualquier cosa que pudiéramos habernos dicho.

La eficacia es un buen sitio para esconderse.

Pero hasta el mejor escondite se queda pequeño si la cosa de la que te escondes vive contigo.

Por la noche, ella se sentó en el suelo del salón con los planos del edificio extendidos delante, y yo me senté enfrente, y durante una hora hicimos lo de siempre: trabajar, para no mirarnos. A ella le tocaba marcar las cámaras de la quinta. A mí me tocaba callarme.

—Esta de aquí cubre el pasillo entero —dijo, señalando—. Hay que entrar por el otro lado.

—Ya.

—¿Ya? —Levantó la vista—. Llevas media hora diciendo "ya". ¿Me estás escuchando?

—No —dije.

La verdad, por una vez. Salió sola.

—Pues finge que sí. —Volvió a los planos—. Es lo que hacemos. Se nos da bien.

—Estoy cansado de que se nos dé bien.

—Adrián.

—Llevo todo el día oyéndote decir "eficacia". Sé que tú tampoco te lo crees.

—No sabes lo que me creo.

—Sé que esta mañana me tocaste la cicatriz, y no fue para curarme.

Se quedó muy quieta. En otra persona, esa quietud no significa nada. En Camila, que controla cada músculo como quien controla un arma, esa quietud era una grieta del tamaño de un edificio.

—Adrián. —Repitió mi nombre, esta vez como una advertencia. La última que me iba a dar—. No.

—No, ¿qué?

—No lo digas. No lo hagas. Sé de sobra lo que estás pensando y la respuesta es no, porque los dos sabemos cómo termina, y no termina bien para ninguno.

Tenía razón. Esa es la parte que nunca cuento bien cuando lo recuerdo: que tenía toda la razón. Que era un error. Que había dos órdenes, una para cada uno, que decían lo que había que hacer con el otro cuando todo acabara, y que besarla no las cancelaba; solo las hacía más caras.

Lo sabía. Lo sabía como se sabe que el suelo está abajo.

Pero hay una cosa que no te enseñan en este oficio, porque si te la enseñaran no servirías: que a un hombre al que han entrenado para no querer nada, el día que quiere algo, lo quiere con la fuerza entera de todos los años que estuvo sin querer nada.

Yo llevaba toda la vida sin querer nada.

Y la miré, sentada en el suelo entre los planos de la casa que íbamos a robar, diciéndome que no con la boca y otra cosa con los ojos, y supe que la cuenta de todos esos años me la iba a cobrar esa noche, de golpe.

Y crucé el plano de todas formas.

No fue suave. No teníamos dónde meter la suavidad.

Le cogí la cara con las dos manos y ella me agarró de la camiseta —no para apartarme, para acercarme, que es la diferencia que lo cambió todo— y la besé como llevaba semanas sin dejarme besarla, y ella me devolvió el beso con la misma rabia con la que hacía todo lo demás.

Fue un alivio y fue un desastre, las dos cosas, en el mismo segundo. El alivio de dejar de fingir. El desastre de saber que ya no íbamos a poder volver a fingir.

Nos levantamos del suelo sin separarnos, tirando planos, pisando la quinta planta de los Marchetti sin que ninguno pensara ya en los Marchetti.

La empujé contra la pared y ella me dejó, y luego me dio la vuelta y me empujó a mí, porque con Camila nada iba a ser de uno solo. Ni siquiera esto. Sobre todo esto.

—Esto no cambia nada —dijo contra mi boca.

—Lo sé.

—Sigo teniendo que... —No terminó.

—Lo sé. Yo también. —Le aparté el pelo de la cara—. Cállate.

Y se calló.

Le quité la camisa. Ella me quitó la mía, con cuidado del costado vendado, y ese cuidado —ese gesto pequeño, acordarse de mi herida con la boca en mi cuello— me deshizo más que ninguna otra cosa de aquella noche.

Una asesina que se acuerda de tu herida mientras te desnuda.

No hay nada más peligroso. No hay nada que dé más miedo querer.

Aprendí más de ella en esa hora callada que en seis semanas de hablar.

Que debajo de la frialdad que le enseñaba al mundo había un cuerpo que pedía sin pedir permiso, una urgencia que tenía tan domada como yo la mía y que aquella noche, por una vez, soltó.

Que se reía bajito de una manera que no le había oído nunca y que no le iba a oír nadie más.

Cada cosa que descubría era un regalo y una condena a la vez, porque cada cosa que aprendía de ella era una cosa más que iba a tener que perder.

La llevé al dormitorio, o ella me llevó a mí, ya no sé quién a quién, y por primera vez en aquella casa la cama dejó de ser un problema de logística.

La desnudé despacio, que era lo contrario de todo lo demás de aquella noche, y ella me dejó hacerlo, y luego dejó de dejar y empezó a tomar, porque con Camila nada era de uno solo.

Su boca. Mis manos. Su peso encima, decidiendo.

Lo que pasó pasó despacio y luego no, y todo el tiempo —esa es la parte que no se me va— ninguno de los dos cerró los ojos.

Cerrar los ojos era fiarse. Y ni siquiera así, ni siquiera deshaciéndonos el uno en el otro, nos fiábamos del todo.

Nos miramos todo el rato. Dos personas que sabían que el otro podía matarlas, haciéndose lo contrario de matarse, sin dejar de mirarse ni un segundo.

Después nos quedamos en la cama, en ese silencio que viene luego, el que la gente normal llena de cosas bonitas. Nosotros no dijimos nada. Yo miraba el techo y sabía, con la misma certeza con la que sé desmontar un arma a oscuras, que acababa de cometer el error más grande de mi carrera.

No porque me arrepintiera. Esa es la trampa. No me arrepentía de nada.

El error era ese, justo ese: que no me arrepentía, y que en algún momento de las próximas semanas iba a tener que elegir entre una orden y esta mujer, y que por primera vez en mi vida no sabía cuál de las dos cosas iba a ganar.

A mi lado, Camila respiraba despacio, fingiendo dormir. La conocía lo suficiente para saber que no dormía. La conocía lo suficiente, ya, para saber que pensaba justo lo mismo que yo.

Habíamos cruzado. No se podía volver.

Y lo peor de todo, lo que me tuvo despierto hasta que amaneció sobre el río, no fue haber cometido el error.

Fue que, si pudiera, lo volvería a cometer. Ahora mismo. Otra vez.