15 · Camila
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Camila
Me desperté antes que él, como siempre, y durante un minuto entero no me moví, porque desde el sofá llegaba el sonido de un hombre durmiendo y no quería romperlo.
Ese fue el primer aviso. Una no se queda quieta para no despertar a un objetivo. Una se queda quieta para no despertar a alguien a quien le importa que duerma.
Lo apunté en la lista que llevaba dos semanas creciéndome por dentro, la lista de cosas que una operativa no hace.
No hacer dos cafés. No quedarse quieta por un objetivo.
No aprenderse el lado por el que duerme.
La lista era larga ya, y cada mañana le añadía una línea, y cada mañana fingía no estar llevándola.
Me levanté. Hice café —dos tazas, sin pensarlo, y esa fue la segunda señal— y para cuando el olor llegó al sofá, Adrián ya tenía los ojos abiertos y la cara del que lleva un rato despierto fingiendo que no.
—Buenos días, señora Sinclair —dijo, incorporándose con un gesto de dolor que intentó esconder y no pudo.
—¿Has dormido algo? —pregunté.
—Lo justo para soñar que tu sofá me odiaba. Tiene un muelle con nombre y apellidos. —Bebió—. Mañana lo demando.
—Demándalo desde el suelo, entonces. El sofá es mío.
—Todo es tuyo. La cama, el sofá, el café. Empiezo a entender este matrimonio. —Otro sorbo, y volvió el gesto de dolor—. Ay.
—No te muevas así. —Le puse una taza delante—. Se te va a abrir.
—Ya se me ha abierto. —Se miró el costado, donde la camiseta tenía una mancha oscura del tamaño de una moneda—. Tu amigo el guardia tiene un marco de puerta con el canto muy afilado.
—Quítate la camiseta.
—Vaya. —Levantó una ceja—. Directa.
—Quítate la camiseta o te desangras en mi sofá y tengo que explicarle a la inmobiliaria por qué hay un muerto en el salón. —Fui a por el botiquín—. Y no te hagas ilusiones. He visto cuerpos mejores.
—Mentira.
—Mentira —concedí, y por poco se me escapa una sonrisa, y esa fue la tercera.
Se quitó la camiseta y me senté a su lado con el algodón y el desinfectante. El corte no era grave: un arañazo largo y aparatoso de los que sangran mucho y duelen poco. Empecé a limpiarlo.
—Te tiembla el pulso —dijo.
—No me tiembla el pulso.
—Un poco. Ahí. —Señaló con la barbilla—. La gran Lince, que le mete una bala a un hombre a cuatrocientos metros, y se le va la mano con un arañazo.
—Como no te calles, el arañazo te lo amplío yo.
—Esa es la mujer con la que me casé.
Y mientras lo limpiaba, los vi.
Tenía el cuerpo de los que han trabajado: un hombro recompuesto, la línea blanca de una bala en el muslo, la marca de una hoja en el antebrazo.
Mapas. Todos los de mi oficio los llevamos.
Pero había uno que no encajaba, en la espalda, a la altura de los riñones: pequeño, redondo, viejo.
Un círculo de piel brillante del tamaño de la punta de un cigarrillo.
Lo toqué sin querer. Él se puso rígido.
—Ese no es de trabajo —dije. No era una pregunta.
—No.
Un círculo perfecto, pequeño, viejo. Yo había visto marcas así antes, en cuerpos que llegaban a las mesas donde trabajé de joven, y sabía leerlas: no son de pelea, ni de guerra, ni de oficio.
Son de alguien más grande contra alguien más pequeño, hechas despacio, hechas para enseñar algo.
La piel olvida la herida, pero guarda la lección, y la lección de aquel círculo se la habían dejado escrita a un niño en la espalda.
—¿Cuántos años tenías?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, lo dijo con la voz de costumbre, ligera, casi divertida, que fue lo que lo hizo insoportable.
—Los suficientes para aprender a no llorar mientras pasaba —dijo—. Era lo que más les molestaba, que no llorara. —Se encogió de hombros, y el músculo se movió bajo mi mano—. De aquella casa saqué cosas peores. Esta solo se ve.
No pregunté qué casa. No pregunté quiénes.
En mi oficio aprendes a reconocer la frontera de lo que una persona puede contar sin romperse, y él acababa de enseñarme la suya con tres frases dichas como si hablara del tiempo.
"De aquella casa." No "de mi casa". No "de mi familia".
De aquella casa, como se nombra un sitio en el que te pasaron cosas, no un sitio donde te quisieron.
Yo tenía mis propias casas así. No hizo falta que me dibujara la suya; me sabía el plano.
No dije lo siento. La gente como nosotros no dice lo siento; es una palabra de civiles, y además él la habría odiado. Seguí limpiándole el corte, más despacio, y dejé que el silencio dijera lo que yo no iba a decir.
Y entonces hice algo que no había planeado. Le pasé el pulgar por encima de aquella marca vieja, una vez, despacio, como se borra algo que no se puede borrar. Un gesto sin nombre. Un gesto de los que no se le hacen a un objetivo.
Él no se apartó. Yo tampoco retiré la mano tan rápido como debía.
Lo que de verdad me asustó esa mañana no fue el guardia de anoche. No fue Niko, que me había leído entera. No fue la quinta planta, ni Lucca, ni la cena del sábado.
Lo que me asustó fue lo otro: que estaba cómoda.
Cómoda con un hombre medio desnudo en mi sofá.
Cómoda haciendo dos cafés. Cómoda curándole una herida, tocándole una cicatriz vieja, dejando la mano donde no debía.
Dejé de contar señales: no se puede contar el aire.
Llevo toda la vida midiendo el peligro de las habitaciones, y nunca me había sentado en una tan peligrosa como aquel salón a las ocho de la mañana, con la luz entrando y un asesino bebiéndose mi café como si fuera su casa. Como si fuera nuestra casa.
Porque una pistola la ves venir. Esto no.
Y porque en el bolsillo del abrigo, colgado en la entrada, había una orden que decía que a este hombre, cuando todo acabara, había que matarlo. Primero la lista. Después el hombre. Y yo, esa mañana, por primera vez, pensé en el hombre antes que en la lista.
—Ya está —dije, y le puse el apósito con más cuidado del necesario—. Sobrevivirás.
—Eso parece. —Se bajó la camiseta. Me miró un segundo de más, con esos ojos que leen a la gente, y por un momento tuve la certeza de que me había visto pensar todo lo que acababa de pensar—. Gracias, Camila.
No Elena. Camila.
Llevábamos semanas siendo el señor y la señora Sinclair. Los nombres de verdad nos los sabíamos —en este oficio te los sabes—, pero no los decíamos nunca, porque decirlos era admitir que debajo del disfraz había dos personas, y dos personas pueden hacerse cosas que dos disfraces no.
Lo dijo bajito, como quien deja una moneda sobre la mesa para ver si la coges. Y lo peor, lo que me tuvo callada el resto de la mañana, no fue que usara mi nombre de verdad.
Fue cuánto me gustó oírlo.