Rojo Manhattan 14 · Adrián
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14 · Adrián

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Adrián

La cena de los Marchetti tenía cuarenta invitados, dos plantas y un solo despacho que me interesaba.

Nos escabullimos entre el segundo plato y los discursos, cuando la gente bebida deja de contar cabezas. Camila iba delante. Tres pasillos, una escalera de servicio, una puerta que abrió en nueve segundos con algo que no era una llave, y estuvimos dentro.

Trabajaba bien, Camila. Lo digo como se dice de un colega, no de una mujer: ni un gesto de sobra, ni una prisa, ni un nervio.

La cerradura cedió bajo sus manos como si le tuviera ganas.

Yo me había pasado la vida entrando solo en sitios donde no debía estar, y siempre había dado por hecho que entrar acompañado era entrar peor.

Aquella noche, por enésima vez, me equivoqué: con ella delante, entrar era más rápido, más limpio y —esto era lo que no me dejaba dormir— más fácil.

El despacho olía a puros y a decisiones caras.

—Tú el fijo, yo la máquina —dijo Camila en voz muy baja, ya moviéndose—. Y a partir de aquí, ni una palabra. Las palabras dentro de una casa ajena son huellas.

Fui directo al teléfono de la mesa; ella, al ordenador. Cada uno a lo suyo, en silencio.

Desatornillé la base del teléfono. Encajé el aparato —del tamaño de una uña, caro, de los que cuestan más que el coche que fingíamos no tener— entre el cable y la carcasa. Treinta segundos. Volví a atornillar.

—Hecho —dije, bajísimo.

—Casi —murmuró ella, sin levantar la vista de la pantalla—. Dame uno más. Está copiando.

Y entonces, pasos.

No los de un invitado perdido buscando el baño, arrastrados, inseguros. Pasos rectos. Con destino. Acercándose por el pasillo que era nuestra única salida.

Camila los oyó en el mismo segundo que yo. La barra de la pantalla iba por la mitad y no se podía acelerar.

—No ha terminado —dijo.

—¿Cuánto?

—Veinte segundos.

Veinte segundos que no teníamos. Los pasos estaban a diez.

No hay manual para esto. O lo hay, pero no se ensaya: cuando no puedes salir de una habitación donde no deberías estar, tienes que darle a quien entre una razón para no preguntarse qué hacías ahí. Una razón tan vieja y tan humana que el cerebro la acepte antes de sospecharla.

La miré. No hizo falta decirlo. Esa fue la parte que después me quitó el sueño: que no hizo falta decirlo.

La cogí de la cintura y la giré contra el borde de la mesa, tapando con mi cuerpo la pantalla que aún copiaba.

Ella me echó los brazos al cuello en el mismo movimiento, sin un titubeo, dos profesionales montando la única mentira que quedaba.

Le hundí una mano en el pelo. Le incliné la cara.

Pegué la boca a la suya sin llegar a tocarla, lo justo para que, desde la puerta, fuéramos justo lo que parecíamos: un matrimonio que se había escapado de su propia cena.

La puerta se abrió.

—Perdón, yo... —Un guardia joven, con cara de no querer ver lo que veía—. Disculpen. Creía que no había nadie.

—Pues hay dos —dije contra el pelo de Camila, sin girarme, con el fastidio exacto de un marido interrumpido.

—Sí. Perdón. Sigan. —Y cerró la puerta tan rápido como la había abierto, dejándonos el silencio, la penumbra y el zumbido de la copia que, a mi espalda, terminaba por fin.

Funcionó. La mentira más vieja del mundo. El guardia se había ido convencido y avergonzado, el aparato estaba puesto, la copia hecha. Habíamos ganado.

Tocaba separarse.

No nos separamos.

Seguíamos como nos había dejado la mentira: ella contra el borde de la mesa, yo encima, mi mano todavía en su pelo, su pulso golpeándome en la muñeca tan rápido como el mío.

La adrenalina de los últimos dos minutos no sabe distinguir entre el miedo y lo otro.

Te inunda igual. Te deja igual de tonto.

Sabía lo que estaba pasando. Lo sabía con la parte fría de la cabeza, la que nunca se apaga del todo: que aquello era química barata, residuo de dos minutos de peligro, que no significaba nada.

Me lo dije con todas las letras. Y la parte fría tenía toda la razón, como siempre, y por primera vez en mi vida me dio igual que la tuviera.

Porque la otra parte, la que no tiene nombre y no sale en ningún informe, solo quería bajar ese último centímetro y dejar de fingir que no quería.

Tenía la boca a un centímetro de la suya. La había tenido ahí toda la actuación, fingiendo. Ahora no había nadie a quien fingir, y seguía ahí.

—Se ha ido —murmuré. Era una forma de decir: ya puedes soltarme.

—Lo sé. —No me soltó. Era una forma de decir: suéltame tú.

Ninguno de los dos lo dijo bien. Ninguno de los dos se movió.

Le miré la boca. Ella me la miró a mí. Su respiración chocaba contra la mía, corta, descontrolada, una respiración que no era de mujer que finge.

Un centímetro. Llevaba semanas durmiendo a un centímetro de esta mujer, con una pared de por medio y una orden de matarla en el bolsillo, y nunca había estado tan cerca como en ese despacho que olía a los puros de un hombre que se moría.

Bajé un milímetro. Ella no subió. Pero tampoco apartó la cara. La dejó ahí, ofrecida y prohibida a la vez, esperando a ver cuál de los dos era más débil.

Y entonces, abajo, una copa se rompió contra el mármol, y alguien se rio, y la cena de los Marchetti volvió a existir sin nosotros, recordándonos que existía.

Nos separamos a la vez. Limpio, rápido, como dos personas a las que nunca les ha pasado nada.

—Vámonos —dije.

—Escalera de servicio —dijo ella—. Tú primero. Cuento treinta y salgo detrás.

—Treinta es mucho.

—Treinta es lo que hay.

En el coche, de vuelta, ninguno de los dos habló del despacho.

—El aparato transmite —dije, mirando el móvil—. Audio limpio.

—Bien.

—¿La copia?

—Salió. Tres credenciales de empleados de la quinta planta.

—¿Nos meten dentro?

—En el sistema, sí. En la planta, no. La planta sigue siendo la familia.

—O sea, Bianca.

—O sea, Bianca. El sábado cena en su casa. Ahí entramos de verdad.

—Estupendo. Más Marchettis.

—Más Marchettis. —Cambió de carril—. Y a partir de ahí, todo más cerca. El padre. La quinta. Lo que guardan.

—Y Niko.

—Y Niko. No te olvides nunca de Niko.

—Créeme. No me olvido.

Hablamos así todo el camino. Del aparato, de la copia, de Bianca, de Niko, de la quinta planta.

De todo menos de lo único que los dos teníamos en la cabeza: que, durante diez segundos, en una habitación que olía a un moribundo, habíamos esperado a ver quién cedía.

Y que ninguno había querido ceder. Ni ganar.

—Ha sido buena improvisación —dije al final, mirando pasar la ciudad por la ventanilla, porque hay que decir algo y eso era lo único que se podía decir sin mentir del todo.

—Ha sido eficacia —dijo Camila.

Otra vez la eficacia. Empezaba a ser nuestra palabra preferida para no decir la otra.

Y cada uno miró por su ventanilla, a su lado del coche, mintiéndonos en silencio con la misma facilidad con la que, una hora antes, le habíamos mentido al guardia.

Solo que el guardia se lo creyó.