13 · Camila
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Camila
Mientras Adrián firmaba papeles con Lucca dos plantas más arriba, yo me dedicaba a lo que de verdad habíamos venido a hacer: leer la casa.
Una mujer aburrida que espera a su marido puede ir a muchos sitios sin que nadie se lo impida. Al aseo. A mirar los cuadros. A pedir un café que tarda. Y mientras va, si sabe mirar, lee. Yo sé mirar.
—¿Algo? —La voz de Adrián en el oído, bajita, desde dos plantas más arriba.
—Todavía. Entretén a Lucca. Dame quince minutos.
—Le estoy contando lo mucho que me aburre el arte. Tienes veinte.
Conté las cámaras por su reflejo en el mármol pulido: una cada seis metros en los pasillos, dobladas en las esquinas, sin ángulos muertos.
Caro. Conté los guardias por cómo no me miraban: los buenos no miran a una mujer guapa, miran lo que la mujer guapa podría estar tapando.
Conté las puertas que no tenían pomo, solo lector de tarjeta, y me fijé en cuáles tenían dos lectores en vez de uno.
Dos lectores significan que hace falta más de una persona para abrir, y eso solo se hace cuando detrás hay algo que no quieres que abra nadie a solas.
Había tres puertas así en cuatro plantas. Las tres llevaban al mismo sitio.
—Tengo algo —murmuré al pinganillo.
—¿El qué?
—La seguridad de verdad no está en el dinero. Te lo cuento en el coche.
Y aquí está lo que aprendí esa tarde, lo que me dejó pensando todo el camino a casa: que la seguridad de aquel banco no estaba donde debería.
Un banco protege la cámara acorazada. El dinero.
Lo lógico. Pero la cámara de los Marchetti, la del sótano, tenía buena seguridad y nada más.
Buena, no obsesiva. En cambio, las tres puertas de doble lector, las que de verdad nadie podía abrir solo, no llevaban al dinero.
Llevaban a una planta entera, la quinta, a la que no subía ningún cliente, ningún empleado de los normales, nadie salvo un puñado de personas que entraban con el apellido en la cara.
Lo que los Marchetti guardaban como si les fuera la vida en ello no era su dinero.
No supe todavía qué era, ni en qué punto exacto de aquella planta.
Pero supe dónde mirar. Y supe una cosa más, que valía el viaje: fuera lo que fuera, vivía cerca de la familia.
No en una caja fuerte. Cerca de ellos. Lo bastante cerca como para que hiciera falta un Marchetti, o alguien a quien un Marchetti hubiera dejado entrar en casa, para llegar hasta ello.
Justo lo que Lucca me había dicho sin decírmelo.
Estaba memorizando la planta quinta desde el hueco de la escalera cuando una voz me encontró por la espalda.
—¿Buscaba algo, señora Sinclair?
No me sobresalté. Sobresaltarse es confesar. Me giré despacio, con la sonrisa puesta de antemano, y me encontré al hombre de la columna. El de la gala. De cerca era peor: cuarenta y pocos, cuerpo de los que no se enseñan, ojos que no se molestaban en disimular que me medían, igual que yo a él.
—El aseo —dije—. Me he perdido. Esta casa suya es un laberinto.
—Lo es. A propósito. —No me devolvió la sonrisa—. Niko Vargas. Me encargo de que aquí nadie se pierda más de la cuenta.
—Pues ha hecho un trabajo regular. Llevo diez minutos buscando un servicio.
—Qué raro. Hay uno señalizado a treinta metros de la sala donde la dejó su marido. —Ladeó la cabeza un grado—. Lo ha pasado dos veces.
Me había seguido. Y no solo seguido: había contado mis pasos, igual que yo contaba los suyos. En toda mi carrera he conocido a poca gente que mire como miro yo. Tenía a una de ellas delante, y trabajaba para el enemigo.
—Será que no me fijé —dije, sin perder la sonrisa—. Estaba mirando los cuadros.
—No estaba mirando los cuadros, señora Sinclair. —Lo dijo sin agresividad, casi con respeto, que fue lo más peligroso de todo—. A los cuadros se los mira de frente. Usted miraba las puertas. Y las cámaras. Y a mí, ahora mismo, me está calculando el alcance de los brazos.
No parpadeé. Es lo único que se puede hacer cuando alguien te lee bien: no darle la satisfacción de ver que ha acertado. Un parpadeo, una mirada de más al suelo, un trago de saliva, y se acabó. Le di lo único que no podía usar en mi contra: la verdad, torcida.
—¿Y qué si lo hago? —dije—. ¿Sabe a qué me dedicaba antes de casarme, señor Vargas?
—Ilumíneme.
—A nada. A estar guapa en sitios caros llenos de hombres que no siempre eran amables.
—Y por eso cuenta las salidas.
—Y por eso cuento las salidas. Aprendí a saber por cuál salir corriendo cuando los brazos de un hombre eran el problema. —Subí la barbilla—. No es desconfianza. Es costumbre. Las mujeres guapas que han sobrevivido miran como yo. Pregúnteles.
Niko me sostuvo la mirada un buen rato. No supe qué estaba decidiendo. Esa es la diferencia entre la gente normal y la gente como él: con la normal, sabes lo que piensa. Con la suya, solo sabes que está pensando.
—Puede ser —dijo al fin.
Y cuando ya me daba la espalda para marcharse, cuando yo ya había bajado la guardia ese centímetro que se baja al creer que el peligro ha pasado, se detuvo.
—Una cosa, señora Sinclair. —No se volvió del todo—.
Su marido me contó que se conocieron en Ginebra.
Hace dos años. En una subasta. —Una pausa que duró una vida—.
Usted acaba de decir que aprendió a mirar las puertas en sitios llenos de hombres poco amables.
En esa subasta de Ginebra, ¿quién la trataba mal? Para tacharlo de mi lista de problemas.
Por dentro di un paso en falso que por fuera no se vio.
Porque no había ninguna subasta en Ginebra.
Era leyenda, una línea de la carpeta, y yo no sabía qué nombres había metido Adrián en esa parte de la historia, ni si había metido alguno.
Un nombre equivocado, y Niko lo comprobaría antes de la cena.
Ningún nombre, y mi historia de la superviviente se caía al primer empujón.
Le di la única respuesta que no se puede comprobar.
—Nadie de la subasta —dije.
—¿No?
—Eso fue antes de Ginebra. Mucho antes. —Dejé que la sonrisa se me enfriara lo justo, lo que se le enfría la cara a una mujer cuando roza un sitio que duele—. Y no le voy a dar nombres.
—¿Por qué no?
—Porque a esos hombres ya no me los tacha usted de ninguna lista. De algunos sitios una sale sola. —Recuperé la sonrisa—. En Ginebra ya solo estaba mi marido. Y mi marido nunca ha sido el problema.
Niko me miró un segundo más. Luego asintió, una vez, despacio.
—El servicio está a su izquierda —dijo—. Esta vez no se pierda.
Y se fue.
Esperé a estar en el ascensor, sola, con las puertas cerradas y sin cámara dentro —lo había comprobado al entrar—, para soltar el aire que llevaba un minuto sin soltar del todo.
He mentido toda mi vida a toda clase de gente. Policías, jueces, hombres con pistola, hombres con poder. Y nunca, nunca, me había sudado la nuca como se me sudó delante de Niko Vargas.
Porque a los demás los engañaba. A él solo lo había convencido de esperar.
Y la gente que sabe esperar es la que al final te entierra.