8 · Adrián
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Adrián
Dormí en el sofá, como Su Señoría había decretado.
Un sofá caro, de los que se ven bien y se duermen fatal, diseñado por alguien que jamás había dormido en uno.
A las seis ya estaba despierto, contándole las costuras al techo y oyendo a través de la pared la respiración de una mujer que tenía orden de matarme y que dormía, por lo visto, como un bebé.
Yo no. Pero eso no se lo iba a contar.
—Tenemos cuatro días —dijo Camila, apareciendo ya vestida, ya peinada, ya armada con un café que no me ofreció—. El viernes hay una gala de la fundación Marchetti. Ahí debutamos. Hasta entonces, ensayamos.
—¿Ensayamos qué? ¿El vals?
—El matrimonio.
Me tendió una carpeta. Dentro estaba nuestra vida. La de los Sinclair, quiero decir.
—Apréndetela. Cómo nos conocimos, cuándo, quién pidió matrimonio a quién, dónde fue la luna de miel. Si te preguntan y dudas medio segundo, alguien lo nota. En esa sala todos cobran por notar ese medio segundo.
—Relájate. Improviso bien.
—No vas a improvisar mi vida. Te la vas a aprender.
Abrí la carpeta. Julian Sinclair. Una infancia entera, ordenada, con sus veranos y su perro.
—"Julian Sinclair, criado en Connecticut, hijo único, veranos en el lago, internado, una vida de catálogo." —Leí en voz alta, con sorna—. Qué suerte, el muy cabrón.
—Es lo que les vende a los Marchetti. Dinero viejo, modales, nada que esconder.
—Ya.
Pasé la página. Había más. El padre que lo llevaba a pescar.
La madre que tocaba el piano. Las navidades.
Toda una vida que alguien había escrito en una tarde y que a mí me sonaba a idioma extranjero.
Yo no había tenido lago. No había tenido un padre que me llevara a ningún sitio que no fuera útil.
Lo que me enseñaron a hacer con las manos no se aprende pescando.
Pasé las páginas de la infancia de Julian Sinclair como quien hojea el folleto de un sitio al que no va a ir.
Cumpleaños con tarta. Un perro con nombre.
Un padre con cara de padre. Quien fuera que había escrito aquella vida se había esmerado en los detalles tiernos, los que hacen creíble una mentira, y yo los leía sin envidia —la envidia es para lo que pudo ser tuyo— con la curiosidad rara de un antropólogo ante una tribu lejana.
Así que esto era tener una infancia. Tomé nota, como tomo nota de todo, por si hacía falta.
Me quedé un segundo de más en la palabra "navidades", como un pie que pisa un escalón que no está.
—¿Qué? —dijo Camila.
Levanté la vista. Me miraba con esa atención de bisturí, la misma con la que, supuse, miraba a un objetivo antes de decidir por dónde abrirlo.
—Nada. —Cerré la carpeta—. Que me la sé. Connecticut, el lago, el perro. Felices para siempre.
No me creyó. Pero tampoco insistió, y se lo agradecí sin decírselo.
—La parte difícil no es la historia —dijo, dejando la taza—. Es lo otro. La gente se cree una mentira por cómo se cuenta, no por lo que cuenta. Y un matrimonio se cuenta con el cuerpo.
—¿Me estás pidiendo que te toque, Sinclair?
—Te estoy diciendo que vas a tener que hacerlo delante de gente peligrosa sin que parezca la primera vez. Así que ensayamos. Ven.
Me planté delante de ella. De cerca era otra cosa. De lejos, una mujer elegante y peligrosa; de cerca, solo peligrosa, y olía a algo limpio y caro que no encajaba con nada de lo que yo sabía de ella.
—Una pareja casada no se da la mano como dos desconocidos —dijo, y me cogió la mano y se la colocó ella misma en la cintura, plana, firme, como quien encaja una herramienta—. Aquí. No en la espalda, que es de primera cita. En la cintura. Como si ya supieras que es tuya.
—¿Y lo es?
—Sobre el papel.
Tenía la cintura caliente bajo la tela. El filo de algo metálico en la cadera —una pistola, cómo no— y casi me río, porque resumía el matrimonio entero: mi mano en su cintura, y su arma a un palmo de mi mano.
No se apartó cuando le puse la mano, pero tampoco se ablandó.
Era como sujetar a un animal que te deja tocarlo solo porque ha decidido que todavía no le conviene morderte.
Cada músculo bajo mi palma estaba contado, controlado, listo.
Y aun así, debajo de toda esa disciplina, había una persona caliente y viva, y mi mano lo sabía aunque yo me empeñara en que solo estaba haciendo un ensayo.
—Ahora mírame —dijo.
—Te estoy mirando.
—Así no. Así me miras como si calcularas cuánto tardo en caer. —Subió la barbilla—. Mírame como me miraría un hombre que se ha casado conmigo. Que me ha visto dormir. Que me desea y ya ni se molesta en disimularlo, porque cree que tiene derecho.
Lo intenté. La miré como me lo había pedido.
Y durante un segundo —uno, lo juro— se me olvidó que era un ensayo.
Se me olvidó la carpeta, la gala, Hale, el café que no me había ofrecido.
Quedó solo aquella cara a un palmo, los labios de un rojo que ya conocía de una foto, los ojos que no parpadeaban, y el calor de su cintura subiéndome por el brazo como si tuviera algo que decirme.
Camila apartó la mano de mi pecho. Yo no recordaba que me la hubiera puesto ahí.
—Bien —dijo, y la voz le salió medio tono más baja de lo normal, y los dos fingimos no oírlo—. Así. Justo así.
—Para que conste —dije—, eso ha sido pura técnica.
—Pura técnica —repitió.
Ninguno de los dos se movió durante un segundo más de lo que la técnica necesitaba.
Luego retrocedió, recogió la taza vacía y volvió a ser la mujer de las reglas, como si la línea de la casa se hubiera vuelto a pintar en el aire, entre los dos.
—El viernes —dijo—. Galería de la fundación, en el Upper East Side. Estará media familia Marchetti y todo el dinero sucio de la costa este sonriendo con una copa en la mano. Tú eres Julian Sinclair: te aburre el arte y adoras a tu mujer. ¿Crees que podrás?
—¿Aburrirme o adorarte?
—Las dos cosas. A la vez. Durante cuatro horas.
—Nací para esto —dije.
Y lo dije en broma. Pero, al decirlo, pensé en la carpeta, en el lago de Connecticut, en las navidades de un hombre que no existía, y se me ocurrió que llevaba toda la vida fingiendo ser otro. Que se me daba tan bien porque nunca me habían dejado ser nadie.
Eso tampoco se lo conté. En aquella casa estábamos los dos haciendo lo mismo, cada uno por su lado: guardarnos lo verdadero y enseñar solo el disfraz.
La diferencia era que ella tenía un disfraz y debajo una persona, y yo había llevado tantos disfraces durante tanto tiempo que ya no estaba seguro de que debajo quedara nadie.
Esa mañana, con la mano todavía caliente, me pregunté por primera vez en años si quedaba.
Me metí en la ducha a quitarme de la mano el calor de una cintura que no era mía.
No se fue del todo.