9 · Camila
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Camila
La galería tenía el techo a diez metros y cada cuadro valía más que la vida de cualquiera de los camareros que cruzaban con bandejas de champán.
Luz cálida sobre mármol frío. Diamantes en gargantas que sonreían a otras gargantas con diamantes, todas calculando cuánto valía la de al lado.
Bajo la seda y el oro, la sala entera olía a dinero que no se podía nombrar en voz alta.
Yo iba de rojo. No por gusto. El rojo es lo que la gente recuerda, y esa noche quería que me recordaran: la nueva, la guapa, la del marido. Nadie busca a una asesina en el centro de la sala, vestida para que la miren.
Es de las primeras cosas que aprendí: el mejor escondite no es la sombra, es el centro.
La gente busca el peligro en los rincones, entre los camareros, junto a las salidas.
Nadie lo busca bajo la lámpara más grande, con un vestido que pide a gritos que lo miren.
Llevaba doce años escondiéndome a plena luz. Esa noche lo hacía de rojo.
Adrián me ofreció el brazo en lo alto de la escalera y se inclinó como si fuera a decirme algo tierno.
—Dos guardias en la puerta del fondo —murmuró contra mi sien, sonriendo—. Trajeados, con pinganillo. Y el del bar de la izquierda no sirve copas: vigila.
—Lo sé. —Le sonreí, la mano en su pecho, una esposa enamorada—. Y la del vestido verde lleva algo en el muslo. Se le marca al andar.
—Qué pareja tan observadora.
—La pareja perfecta. Tú cuentas las salidas; yo, las armas.
—Un matrimonio sólido. —Me rozó la oreja con los labios, pura ternura de cara a la sala—. ¿A quién matarías primero, si tuvieras que elegir?
—A los dos guardias. Luego al del bar.
—¿Y a tu marido?
—A mi marido lo dejo para el final. Por cariño.
—Qué suerte tengo.
—Cállate y bésame la sien. Nos miran.
Lo hizo. Sus labios en mi pelo, cálidos, y por un segundo el ensayo de ayer dejó de ser ensayo. Lo aplasté. Trabajo.
Bajamos del brazo y nos convertimos en los Sinclair. Y aquí está lo que no me esperaba, lo que me fastidió descubrir: que se nos daba bien. Demasiado bien.
No es solo que mintiéramos bien por separado, que eso lo da el oficio.
Es que mentíamos bien juntos, que es otra cosa, una cosa que no se entrena: yo empezaba una frase y él la cerraba por donde yo la habría cerrado; él tocaba un tema espinoso y yo lo apartaba antes de que nadie se fijara.
Encajábamos. Y dos piezas que encajan así de bien dan miedo, porque te hacen olvidar que las fabricaron por separado y para usos distintos.
Un hombre con cara de haber comprado su título nos abordó junto a un Rothko.
—¡Sinclair! Me han hablado de usted. Dicen que mueve mucho... papel.
—Solo el aburrido —dijo Adrián, encantador—. El que rinde.
—¿Y la señora? —El hombre me repasó como se repasa un cuadro que uno no puede pagar.
—La señora —dije, colgándome del brazo de mi marido— prefiere las cosas bonitas a las rentables. Por eso me casé con él. Es las dos.
El hombre soltó una risa de las que no se ganan.
—¿Y de dónde sale el dinero nuevo, si no es indiscreción?
—De sitios discretos —dijo Adrián—. Por eso se llaman discretos.
—Mi marido nunca contesta a esa pregunta —dije, dándole una palmadita en el pecho—. Es lo segundo que me enamoró de él.
—¿Y lo primero?
—Que tampoco la contesta cuando se la hago yo.
—Una mujer con misterio —dijo el del título, deleitándose— y un marido con secretos. Tienen ustedes el matrimonio de moda.
—Tenemos el matrimonio de siempre —dije—. Solo que mejor vestido.
Adrián se rio, y bajo la manga me apretó la muñeca dos veces. Dos. Nuestra señal de ayer, improvisada en el coche: peligro a tu derecha, no mires.
No miré. Seguí riéndome de mi propia broma, girando el cuerpo hacia el del título, leyendo con el rabillo del ojo lo que Adrián me decía que leyera.
Y mientras lo hacía, me oí pensar una cosa que no me gustó.
Nunca había trabajado con nadie. Lo había pedido siempre, lo había exigido: sola.
Y ahí, en una sala llena de gente que mataría por mucho menos de lo que nosotros buscábamos, descubría que tener a alguien que leyera la habitación al mismo tiempo que yo, que cubriera el ángulo que yo no veía, que rematara mi frase cuando un imbécil con título preguntaba de más, no era un estorbo.
Era fácil. Y lo fácil es lo más peligroso que existe, porque baja la guardia.
Y al hombre con el que estaba bajando la guardia tenía orden de matarlo en cuanto tuviéramos lo que veníamos a buscar.
A mi derecha, abriéndose paso entre la gente como el agua se aparta de una piedra, venía la familia.
No hizo falta que nadie me los presentara. A los Marchetti se los conocía por cómo se movía el resto: la sala se reorganizaba a su paso, las conversaciones bajaban de volumen, las espaldas se enderezaban. El poder de verdad no entra en una habitación. La habitación se entera de que ha entrado.
En el centro, en una silla de ruedas que alguien empujaba con guantes blancos, iba un anciano.
Aurelio Marchetti. La piel como papel mojado, las manos quietas sobre una manta, los ojos hundidos en la cara.
Se estaba muriendo; eso lo veía cualquiera.
Pero, hasta muriéndose, la sala le pertenecía.
Cuatro generaciones de dinero sucio cabían en aquella silla, y todos en la galería lo sabían, y le sonreían a una manta como se le sonríe a un rey.
Lo estudié sin mirarlo del todo, que es como se estudia a un rey.
Un hombre al que en su juventud habían temido tres continentes, reducido a una manta y unos guantes blancos que lo empujaban.
Y aun así no daba ninguna lástima. Porque en aquella casa el poder no estaba en sus piernas muertas ni en sus manos quietas: estaba en la caja fuerte de su cabeza, en lo que sabía de cada uno de los que le sonreían.
Mientras respirara, sería el hombre más peligroso de la sala.
Nuestro trabajo empezaba y terminaba a un metro de esa silla.
A su lado caminaban otros. No los miré a todos. Una cosa se aprende pronto en esto: no intentes verlo todo la primera noche. Te quedas con el rey. Mañana, con la corte.
Pero uno de la corte sí me miró a mí.
Una mujer, joven, treinta y pocos, el pelo muy negro y un vestido que costaba lo que un coche y que llevaba como si fuera una bata.
No miraba a Adrián, que era a quien miraban todas.
Me miraba a mí. De frente. Sin disimulo, igual que yo había aprendido a no disimular.
Una sonrisa pequeña, curiosa, de las que no son amables: de las que tasan.
Le sostuve la mirada lo justo —ni de más, que es desafío, ni de menos, que es miedo— y volví a mi marido, a mi copa, a mi papel.
—Esa de ahí —murmuré contra la mejilla de Adrián, sonriendo para la sala— acaba de mirarme como miro yo a un objetivo.
—¿Quién es?
—Todavía no lo sé. Pero ella sí sabe quién quiere que seamos nosotros.
—¿Amiga o problema?
—En esta familia no habrá diferencia. —La mujer seguía mirándome—. Sonríe. Acabamos de gustarle a alguien, y eso aquí es lo más parecido que hay a una amenaza.
La mujer del vestido de coche levantó su copa medio centímetro. Hacia mí. Un brindis que no era un brindis.
Y por primera vez en toda la noche, debajo del rojo y de la sonrisa y del brazo de un hombre al que tenía que matar, dejé de ser la única que miraba.
La sala acababa de devolverme la mirada.