7 · Camila
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Camila
En la repisa de la chimenea había una foto nuestra. Una playa que yo no había pisado, los dos riéndonos de una broma que nadie había contado. Julian y Elena Sinclair, felices.
Alguien de Meridian —o de Sabre, ya costaba saber quién pagaba qué— había fabricado un matrimonio entero en un fin de semana.
Las fotos en marcos de plata. Los libros ordenados por color, ninguno leído.
El olor a vida que nadie había vivido. Todo para dos personas que se habían conocido ayer y que tenían orden de enterrarse la una a la otra.
El ático ocupaba la última planta de una torre nueva, con el río al fondo y un salón donde cabía mi piso de Marsella tres veces.
Lo recorrí con los ojos antes de tocar nada, por costumbre.
Dos salidas además de la puerta: la de servicio y una escalera de incendios a la que se llegaba por la cocina.
Ventanales que no se abrían más de un palmo, de los que ponen en los pisos caros para que los ricos no se tiren.
Un cuadro grande, abstracto, de los que se compran por metros.
Todo nuevo, todo elegido por un decorador con una lista y un presupuesto, todo diciendo aquí vive gente feliz en el idioma justo en que lo dice la gente que no vive en ninguna parte.
El escenario perfecto para dos personas que no éramos quienes decíamos ser.
—Hogar, dulce hogar —dijo Adrián a mi espalda, soltando dos maletas que tampoco eran suyas.
Sobre la encimera de mármol había una caja de terciopelo. La abrí. Dos alianzas, las de la bolsita de plástico del piso franco, ahora limpias y relucientes, como si las hubiéramos elegido juntos en una joyería de luz cálida.
—Toca ponérselas —dije.
—¿Quieres que me arrodille? Por hacerlo bien.
—Quiero que te la pongas y ya.
Cogí la mía. Oro fino, una piedra pequeña. Me la deslicé por el dedo. Apretaba. Medio número de menos, quizá. Entraba, pero apretaba.
No le di importancia. Era un anillo.
—Reglas —dije, cerrando la caja—. Las dejamos claras ahora, antes de empezar, para no discutirlas muertos de sueño a las tres de la mañana.
—Me encantan las reglas. —Se apoyó en la encimera, de brazos cruzados—. Dispara. Es un decir.
Lo miré bien por primera vez con luz y sin público.
En la foto del piso franco parecía solo un hombre guapo y peligroso, que es la combinación más aburrida que hay.
En persona era otra cosa. No paraba quieto del todo nunca —un pie, un dedo, la mandíbula—, y no por nervios: era un hombre que mantenía el cuerpo caliente por si tenía que usarlo.
Y tenía los ojos de los que escuchan de verdad, que en mi oficio es lo más peligroso que le puedes encontrar a alguien, porque la gente que escucha es la que te lee. Decidí, ahí mismo, no dejarme leer.
—Una. Esto es un trabajo. No es otra cosa, y no va a serlo. —Clavé cada palabra como un tornillo—. Dos. En público somos los Sinclair y nos adoramos. En privado, ni te acercas. Hay una línea en mitad de esta casa, y los dos sabemos dónde está.
—¿Y la tres?
—Tres. No me preguntas por mi vida y yo no pregunto por la tuya. Nada de confidencias a medianoche. No somos amigos. No vamos a serlo.
Me escuchó con esa media sonrisa que ya empezaba a odiar, la que parecía saber algo que yo no.
—Cuatro —dijo.
—No hay cuatro. Las reglas las pongo yo.
—Cuatro: delante de gente que mata por deporte vas a tener que mirarme como si te gustara. Y mirar a alguien así, durante meses, tiene una manera curiosa de... —dejó la frase colgando, solo para fastidiar— complicarse.
—No para mí.
—Ya. —No discutió. Fue peor que si lo hubiera hecho—. Lo que tú digas, cariño.
Le enseñé la casa, porque la había recorrido entera al llegar, contando salidas, como en Tribeca. Tres dormitorios. En dos, despachos de mentira. En el principal, una cama.
Una.
—Hay tres habitaciones —dijo Adrián, asomándose.
—Y la asistenta viene tres días por semana. Y el edificio tiene conserje. Y los Marchetti mandan flores y gente a husmear. El matrimonio Sinclair duerme junto. Si alguien encuentra dos camas deshechas en cuartos distintos, se acabó la coartada. Y nosotros con ella.
—Entonces compartimos cama.
—Tú duermes en el sofá. Lo recoges por la mañana antes de que llegue nadie.
—¿Por qué yo?
—Porque llegué primero.
—Eso no es una razón.
—Es la única que vas a oír.
Adrián midió la cama con la mirada, como quien tasa un terreno.
—¿Sabes lo que pienso? Que esa cama es enorme. Que cabríamos los dos con un desierto en medio. Y que me mandas al sofá no porque haga falta, sino porque ceder, aunque sea un sofá, te suena a perder.
Tenía razón, y eso me molestó más que la cama.
—El sofá —repetí.
—El sofá. —Levantó las manos, rindiéndose sin rendirse—. Pero que conste que la cobardía la has puesto tú.
—No es cobardía. Es jerarquía.
—Por supuesto. —Sonrió—. Buenas noches, jefa.
Esa noche me acosté sola en una cama hecha para dos, con un hombre durmiendo al otro lado de la pared —de la línea— que tenía orden de matarme, igual que yo a él. No me quitó el sueño. Esas cosas no me lo quitan.
Lo que no me dejó dormir fue el anillo.
En la oscuridad seguía apretándome el nudillo, medio número de menos, un aro de oro que no había elegido y que no podía quitarme, porque la asistenta llegaba a las ocho y una mujer casada no se descalza la alianza para dormir.
Lo giré una vez. Dos. No cedía. Seguía ahí, ajustado, tibio de mi propio calor, repitiéndome con cada vuelta que ahora pertenecía —sobre el papel, solo sobre el papel— a alguien.
Nunca había pertenecido a nadie. Era casi mi mayor orgullo profesional: no tener a quién llamar, no tener foto en la cartera, no tener un cumpleaños que a alguien le importara.
A una mujer que no le pertenece a nadie no hay por dónde agarrarla el enemigo.
Y aquel aro barato, de atrezo, puesto por una agencia para una farsa, me apretaba el dedo como si el universo hubiera decidido gastarme una broma muy pesada justo la noche antes de empezar.
Me dije que era la talla. Que por la mañana buscaría un joyero y lo abriría medio número.
Pero llevaba toda la vida durmiendo con un arma bajo la almohada y nunca me había estorbado el peso. Y aquel anillo, que no pesaba nada, no me dejó pegar ojo.
Algo tendría que haberme dicho eso.
No quise escucharlo.