Rojo Manhattan 6 · Camila
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6 · Camila

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Camila

El piso franco estaba en un cuarto de Tribeca sin nombre en el telefonillo, de los que Meridian y Sabre alquilan a través de tres empresas que no existen. Subí por la escalera, no por el ascensor. Quien sube en ascensor anuncia a qué planta va.

La puerta estaba entornada. Mala señal, o una invitación, que en este oficio es lo mismo.

Él ya estaba dentro.

Sentado en el alféizar de la ventana, una pierna colgando, como si el sitio fuera suyo y la visita fuera yo.

Había elegido el único punto de la habitación desde el que se veían las dos puertas y la salida de incendios.

Lo primero que pensé no fue "qué guapo".

Eso vino después, a regañadientes. Lo primero que pensé fue: ha contado las salidas antes que yo.

Y ese detalle, esa tontería, me molestó más que si me hubiera apuntado con una pistola.

Porque contar las salidas de una habitación antes que yo no lo hace casi nadie.

Lo hace la gente de mi nivel. Y yo llevaba doce años acostumbrada a ser, en cualquier sala, la única persona de mi nivel.

Aquel hombre, sentado en una ventana con una pierna colgando, me acababa de avisar sin decir palabra de que esta vez no iba a serlo.

—Llegas tarde —dijo.

—Llego cuando quiero. —Cerré la puerta. Eché el cerrojo—. Tú llegas pronto. Eso es de gente nerviosa.

—O de gente cuidadosa.

—En tu caso, ya lo veremos.

Se bajó del alféizar sin prisa. Alto, como había calculado por la foto. Se movía con economía, sin un gesto de más. Un hombre que sabía en todo momento dónde tenía las manos. Eso lo hace muy poca gente. El resto es la gente a la que esa poca gente mata.

—Así que tú eres mi mujer —dijo, y me repasó de arriba abajo sin disimulo, midiéndome igual que lo medía yo.

—Sobre el papel.

—Es un alivio. Te confieso que esperaba a alguien menos... —buscó la palabra— afilado.

—Y yo esperaba a alguien que no se sentara en las ventanas como un gato. Los dos vamos a tener que tragarnos la decepción.

—La decepción se me da bien —dijo—. Llevo en esto desde los diecinueve años. Si algo he aprendido, es que la realidad siempre llega peor vestida que el informe.

—Diecinueve. —Archivé el dato sin querer; es lo que hago—. Empezaste joven.

—Empecé sin alternativa, que no es lo mismo. —Lo dijo ligero, de pasada, pero debajo había algo que no era ligero, y yo, que reconozco una herida vieja porque tengo el mismo tipo de colección, decidí no tocarla. Todavía.

—¿Sabes lo que más me gusta de esto? —Dio una vuelta lenta por la habitación, tocando las cosas como si las tasara—. Que durante seis meses voy a poder presentar a mi mujer como la persona más peligrosa de cualquier sala. Y no estaré mintiendo.

—No te emociones. La más peligrosa de una sala no es la que presentan. Es la que decide quién sale vivo de ella.

—¿Y eso lo decides tú?

—Siempre.

Sonrió. Tenía una sonrisa de las que abren puertas y cuentas bancarias. La conocía, esa sonrisa. No de él. De su clase. Y aun así me rozó algo, muy abajo, que aplasté antes de que llegara a ningún sitio.

—Dejemos una cosa clara desde el principio —dije—. No me cubres la espalda. Te quedas donde yo te vea. Si en algún momento dejo de verte, asumiré lo peor.

—Qué romántico. —Ladeó la cabeza—. ¿Siempre eres así de confiada, o es solo conmigo?

—Es con todos.

—No te creo. Conmigo es personal.

Dio un paso. Y al darlo cargó el peso en la pierna izquierda antes que en la derecha, una costumbre que se le notaba poco y que yo había visto una vez, hacía tres años, en una azotea de Viena, a través de una mira, con su cabeza quieta en el centro del retículo y el dedo en el gatillo, durante un segundo que se me hizo eterno y en el que, por una vez, no llegué a apretar.

Cuando reaccioné, el hombre había desaparecido del tejado de enfrente.

Me quedé muy quieta.

—Viena —dije.

Algo le cruzó la cara. No fue sorpresa. Fue reconocimiento, devuelto.

—Viena. —Lo repitió despacio, saboreándolo—. Así que eras tú la del tejado de enfrente.

—No disparé.

—Lo sé. —Y por primera vez no sonreía para vender nada—. Llevo tres años preguntándome por qué sigo vivo.

Nos miramos en aquel piso vacío. Dos personas que ya habían intentado matarse una vez sin conocer siquiera la cara del otro, y a las que ahora pagaban por dormir en la misma cama.

Tres años. Yo también los había contado, aunque no se lo dije.

Tres años con una pregunta clavada que ningún manual me sabía contestar: por qué no había apretado.

Había repasado aquel segundo de Viena cien veces, buscando la excusa técnica —el viento, el ángulo, un reflejo— y no la había encontrado, porque no la había.

Lo tuve en el retículo, quieto, sin viento, y mi dedo, que nunca duda, dudó.

Tenerlo ahora delante, vivo, respirando mi mismo aire prestado, era como mirar de frente la única decisión de mi vida que no había sabido explicarme.

—Bueno —dijo él al fin, y la sonrisa volvió, distinta, con filo—. Esto promete ser un matrimonio muy sano.

—No es un matrimonio.

—Díselo a los papeles.

Señaló la mesa. Había una carpeta que yo todavía no había abierto. La abrí.

Dos pasaportes. Dos alianzas en una bolsita de plástico, como pruebas de un delito que aún no habíamos cometido. Y un certificado, con un sello de verdad y dos nombres que no eran los nuestros.

Julian Sinclair.

Elena Sinclair.

Marido y mujer.

Pasé el dedo por el nombre. Elena. Una mujer que no existía, casada con un hombre que sí existía, al que tenía orden de matar y que —ahora lo sabía— llevaba tres años deseando ponerle cara a la persona que casi lo mató.

—Elena —dijo él, leyendo por encima de mi hombro, demasiado cerca. Olía a algo caro y al frío de la calle—. Te pega. Suena a mujer que no perdona.

—No perdono.

—Lo sé. Viena. —Su voz, en mi pelo—. Por suerte para mí, también fallas.

Me giré. Quedamos a un palmo. Ninguno de los dos retrocedió, porque retroceder es perder, y los dos llevábamos toda la vida sin perder.

—No suelo fallar dos veces, señor Sinclair —dije.

—Cuento con ello, señora Sinclair.

Y en aquel piso prestado, con dos alianzas sobre la mesa y una orden de muerte cada uno, guardada donde no se ve, nos sostuvimos la mirada como se sostiene un cuchillo: con cuidado, y sin soltarlo.