5 · Adrián
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Adrián
A Hale le gustaban los sitios donde nadie elige estar.
Una cafetería de la Octava abierta toda la noche, fluorescentes que te dejaban cara de cadáver, café que sabía a la cafetera de ayer.
Ni cámaras, ni música, ni una sola persona con motivos para acordarse de nosotros.
Para una conversación que no había ocurrido, era perfecto.
—Pensaba que ya habíamos hablado —dije, dejándome caer en el reservado.
—Hablamos de la operación. —Hale empujó una taza hacia mí—. Ahora hablamos de lo otro.
—Adoro "lo otro". Siempre es mi parte favorita.
—Bébete el café.
Lo probé. Estaba a la altura de los fluorescentes.
Hale me miró beber con esa paciencia de reptil que tiene, la del hombre que ha enterrado a más gente de la que la mayoría conoce y que ha aprendido que las prisas son para los que todavía sienten algo.
Llevábamos nueve años trabajando juntos, si a lo nuestro se le puede llamar así, y en nueve años no le había visto perder los nervios una sola vez, ni alegrarse, ni dudar.
Hale era lo que le pasa a un hombre cuando lleva demasiado tiempo en esto y deja de fingir que hay alguien debajo del oficio.
—Las dos de la mañana, Hale. Si querías café malo en mi compañía, podías haber llamado a una hora decente.
—No quería café. Quería que esto no figurara en ningún sitio. Ni en una habitación de hotel, ni en un coche, ni en tu memoria si algún día alguien te la revuelve.
—Qué detalle. Una cita y todo.
—Meridian cree que esto es una operación conjunta —dijo Hale—. Que al final repartimos el Rojo como buenos socios y nos damos la mano.
—¿Y no?
—El Rojo sale de ese banco para Sabre. Solo para Sabre. —Removió el café sin echarle nada, porque Hale no endulzaba nada, ni el café ni las órdenes—. Tu mujer es de Meridian. Cuando tengas la lista en la mano, en la extracción, la cierras. A ella. Limpio. Y desapareces.
Me quedé con la taza a medio camino.
No fue la orden. La orden la había oído mil veces, con mil caras distintas, y jamás me había estropeado un café. Matar es matar. A esas alturas era casi lo único que hacía sin pensar.
Fue la forma.
—A ver si lo he entendido —dije, y dejé la taza—.
Me paso meses casado con esa mujer. Le abro la puerta del coche.
Aprendo cómo le gusta el café. Duermo a su lado, sonrío en sus galas, le sostengo la mano delante de gente que nos quiere muertos.
Y un día, cuando todo eso ya parece verdad, le meto una bala.
—Lo resumes muy bien.
—No es un trabajo limpio, Hale. Lo limpio es lo de Berlín: entras, sales, no había nadie. Esto es... —Busqué la palabra y no me gustó ninguna—. Esto es otra cosa.
Hale no discutió. Sacó del bolsillo interior un sobre y lo deslizó por la mesa pegajosa hasta dejarlo bajo mi taza, como quien reparte cartas.
—Tu otra cosa —dijo.
Lo abrí. Dentro, una vida entera fabricada en papel.
Julian Sinclair, treinta y ocho años, fondos de inversión, dinero viejo lavado en dinero nuevo.
Casado. Y la mujer: una foto a color, tomada con teleobjetivo en una calle que no reconocí, de alguien que salía de un coche sin saber que la fotografiaban.
Pelo recogido. Gabardina. Y una boca pintada de rojo, la única nota de color en una mujer que, por lo demás, parecía diseñada para no quedarse en la memoria de nadie.
Elena Sinclair. Mi mujer. La que tenía que enterrar.
Me quedé mirando la foto un segundo más de lo que un profesional mira una foto.
—Bonita —dije, porque decir cualquier otra cosa habría sido decir demasiado.
—No te pago para que te parezca bonita.
—Me pago yo. Tú me pagas por lo otro. —Cerré el sobre—. ¿Sabe ella ya cómo es mi cara?
—Desde esta mañana. Igual que tú la suya. —Hale se encogió de hombros—. Os han dado el mismo paquete a la misma hora. Es lo justo. A los dos os va a parecer que conocéis al otro antes de conocerlo. No te fíes de eso. Es papel.
—¿Y cómo se supone que lo hago? —seguí—. ¿La cierro yo, lo hace un equipo, monto un accidente?
—Tú sabrás. Te pago por improvisar.
—Improvisar sale mejor cuando no llevas seis meses desayunando con el objetivo.
—Pues no desayunes.
—Vivimos juntos. Voy a desayunar con ella te guste o no.
—Esto es el trabajo que te saca del trabajo.
—Hale apoyó los codos en la mesa—. ¿Querías un "después"?
El "después" tiene un precio. Y resulta que el precio es ella.
Una desconocida. Alguien que, si la cosa se cuenta al revés, te mete a ti la bala primero.
Porque te garantizo que Meridian le ha dicho lo mismo, palabra por palabra, de ti.
Ahí llevaba razón. Esa parte siempre me la creía.
—Seguro que sí —dije.
—¿Sabes cuál es tu problema, Cuervo? —Hale dejó la cuchara, que era lo más cerca que estaba de ponerse serio—.
Que llevas dos años hablándome de ese "después" como si fuera un sitio.
Una casa, una playa, no sé qué te imaginas.
Y el después no es un sitio. Es lo que queda cuando ya no queda nadie que te conozca.
Por eso es tan limpio. Por eso es tan tuyo. No hay nadie dentro.
No contesté. Porque lo feo era que tenía razón, y lo peor era que, por primera vez, no estaba seguro de quererlo así de vacío.
—Entonces deja de hacerte el sensible. No la conoces. Dentro de un mes la vas a conocer lo justo para que te dé igual. Es una cara en una foto.
Una cara en una foto. La boca roja. La astilla que se me había quedado clavada y que solo empezaba a doler ahora.
Me bebí el café de un trago, amargo, para tener algo que hacer con la boca que no fuera seguir hablando.
—Tienes razón —dije—. Una cara en una foto.
Y casi me lo creí.
—¿Cuándo la conozco? —pregunté.
Hale miró el reloj. Esa fea costumbre suya de mirar el reloj cuando ya sabía la respuesta.
—Dentro de nueve horas. —Dejó unos billetes sobre la mesa, los justos, porque Hale tampoco dejaba propina—. Mañana eres un hombre felizmente casado. Disfrútalo. No todo el mundo conoce a su mujer sabiendo ya cómo va a enterrarla.
Se levantó y se marchó sin terminarse el café.
Me quedé solo bajo los fluorescentes, con la taza vacía y nueve horas por delante.
Nueve horas para conocer a una mujer.
Y el resto del trabajo para fingir que no llevaba escrito, desde el primer apretón de manos, el día en que iba a matarla. Si ella no me mataba antes a mí.
Levanté la taza vacía hacia la ventana, hacia la ciudad que no me miraba, y brindé por nadie.
—Por el matrimonio —dije.