4 · Camila
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Camila
Renata servía el té como si tuviéramos todo el tiempo del mundo y ninguna razón para no tenerlo.
Dos tazas, un piso prestado en el Upper East Side, cortinas de seda y ni un papel a la vista.
Meridian nunca dejaba papeles. Renata llevaba la operación entera en la cabeza, igual que llevaba el azúcar: la cantidad justa para que algo amargo bajara sin que lo notaras.
—¿Una o dos? —preguntó.
—Ninguna.
—Cierto. Siempre se me olvida. —Me tendió la taza de todos modos, con su gota de leche, como le gustaba a ella y nunca a mí—. Te sienta bien Nueva York. Tienes mejor cara que en Marsella.
—Estuve en Marsella ocho horas.
—Y aun así. —Se sentó frente a mí, cruzó las piernas, sonrió—. Hablemos de tu marido.
—No estoy casada.
—Lo estarás el viernes. Sobre el papel. —Bebió—.
Banco Sterling-Marchetti. Ya has leído lo que había que leer, así que te ahorro el cuento.
Una pareja recién casada, dinero nuevo y sucio, un banco que no hace preguntas.
Os abrís paso hasta el corazón de la familia y sacáis lo que hemos venido a sacar.
—El Rojo.
—El Rojo. —Lo dijo como quien nombra un postre—. Lo demás te lo iré dando por capas, cariño. Tú ocúpate de entrar. De entrar sabes.
—¿Y el marido? Has dicho que es de fuera.
—De fuera. Sabre. —Algo le brilló en los ojos al decirlo, una vieja cuenta sin saldar—.
No es de los nuestros, pero es bueno. Casi tanto como tú.
Trabajaréis pegados, día y noche, durante meses.
Vais a compartir cama, apellido y coartada.
Va a aprenderse cómo respiras. Y tú la suya.
Cogidos de la mano, mirándoos como si os hubierais elegido vosotros, durmiendo bajo el mismo techo. Lo normal en un matrimonio.
No dije nada. Por dentro se cerró algo, una puerta que llevaba años cerrada y que alguien acababa de empujar para ver si cedía.
Compartir una cama no me asustaba. Las camas son trabajo. Lo otro sí: que un hombre estuviera meses tan cerca como para aprenderse mis silencios, mis costumbres, el lado por el que duermo. Eso era entregarle un mapa. Y yo no repartía mapas.
Mi soledad no era un castigo; era un sistema de seguridad.
Había visto caer a operativos buenos —mejores que yo— porque alguien les había aprendido una costumbre, un horario, una cara que les importaba.
El cariño, en mi oficio, es una superficie por la que te entran.
Yo no tenía superficies. Llevaba doce años lijándomelas una a una.
Y Renata, con su gota de leche y su sonrisa, acababa de decirme que durante seis meses iba a tener que dejar que un desconocido me las volviera a dibujar.
Pero eso no se dice. Así que pregunté lo que sí se pregunta.
—¿Cómo se llama?
—Lo sabrás cuando lo conozcas. —Empujó una carpeta fina por la mesa—. De momento, una cara.
Saqué la foto. Un hombre. Mandíbula de anuncio, ojos que en la foto parecían reírse de quien la hubiera hecho. Guapo de los que lo saben y lo usan. Le calculé la altura por el marco de la puerta a su espalda, el alcance por los hombros, dónde tendría el corazón debajo de aquel traje caro.
No supe su nombre. Supe cómo caería.
Es lo primero que hago con una cara nueva, antes incluso de pensar si me cae bien o mal: la desarmo.
Le busco el punto. No por crueldad —no hay crueldad en ello, igual que no la hay en un cerrajero que mira una cerradura y ve por dónde se abre—.
Es economía. Si un día tengo que matar a este hombre, no quiero estar calculando ángulos con prisa.
Quiero tenerlo ya hecho, guardado, frío.
Así que lo calculé. Mandíbula, hombros, corazón. Y pasé a la siguiente pregunta.
—Le gusta mirarse, ¿eh? —dije.
—Le funciona. La gente que sonríe así consigue que no la miren las manos. —Renata me dejó estudiar la foto un rato. Le gustaba verme mirar; decía que era cuando mejor trabajaba—. Hay una última capa. La que no está en ninguna carpeta.
—Cuenta.
—Sabre cree que esto es una operación conjunta. Compartir el Rojo, repartir el mérito, todos amigos. —Removió el azúcar despacio—. No lo es. El Rojo sale de ese banco para Meridian. Solo para Meridian.
—¿Y el socio?
—El socio es de Sabre. Sabe demasiado y, al final del trabajo, va a saber aún más. —Levantó la vista de la taza. La dulzura seguía intacta, y eso era lo más frío que tenía—. Cuando tengas el Rojo en la mano, en la extracción, lo cierras. A él. Limpio, como sabes. Y vuelves a casa.
No pregunté por qué. El "por qué" es para quien todavía cree que las razones cambian algo. Pregunté lo que cambia algo.
—¿Antes o después de que él intente cerrarme a mí?
Renata sonrió, y por una vez fue una sonrisa de verdad, casi de orgullo.
—Por eso te quiero a ti, Lince. Cualquier otra se habría escandalizado. Tú ya estás contando.
—Es mi trabajo.
—Es tu trabajo. —Alzó su taza, como en un brindis—. Y nunca, jamás, me has fallado.
—¿Cómo lo quieres? —pregunté—. ¿Que parezca cosa de los Marchetti? ¿Un accidente? ¿Una desaparición?
—Tú decides sobre el terreno. Me fío de tu gusto. —Renata dejó la taza—. Solo una regla: primero el Rojo, después él. En ese orden. Si lo cierras antes de tener la lista y algo se tuerce, nos quedamos sin las dos cosas.
—Primero la lista. Después el hombre.
—Esa es mi chica.
Lo decía como un premio, y a mí, doce años atrás, me habría sabido a uno.
Renata me había sacado de un sitio muy malo y me había convertido en algo muy bueno en lo único que se me daba bien, y por eso le debía lo que se le debe a quien te hace útil: todo, y nada que se parezca al cariño.
Ella lo sabía. Por eso endulzaba el té. El azúcar es lo que le echas a una correa para que no sepa a correa.
Bebí el té que no quería. Demasiado dulce, como todo lo que me daba Renata.
Volví a mirar la foto antes de guardarla. La mandíbula. Los ojos que se reían de quien tuviera delante. Un hombre al que iba a aprenderme entero —cómo miente, cómo encanta, cómo respira— por una única razón: para saber, llegado el día, dónde poner la bala sin un titubeo.
—Quédatela —dijo Renata—. Vas a verla mucho.
Me la guardé en el bolso, junto al pintalabios.
Un rostro más. Una cuenta más por abrir y por cerrar. Todavía no tenía nombre, y yo ya sabía cómo iba a terminar.
No me tembló la mano al cerrar el bolso.
Nunca me temblaba.