Rojo Manhattan 3 · Adrián
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3 · Adrián

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Adrián

Hale había elegido una suite en la planta cuarenta de un hotel donde las ventanas eran más altas que las ambiciones de la mayoría.

Manhattan ardía abajo, todo aquel dinero haciéndose pasar por luz.

Él estaba sentado de espaldas al ventanal, cómo no.

Hale no miraba las vistas. Las vistas eran para los que aún tenían tiempo que perder.

Yo llevaba con Hale más años de los que llevo con nadie, que en mi vida no es decir mucho.

No éramos amigos. Hale no tenía amigos; tenía activos, y yo era uno bueno.

Pero había algo cómodo en él, la comodidad de tratar con un hombre que nunca te miente sobre lo único que importa: que el día que dejes de ser rentable te soltará sin que se le mueva una ceja.

Con Hale siempre sabías dónde estabas. Estabas en una hoja de cálculo.

—Llegas tarde —dijo.

—Vengo desde Berlín. Donde, por cierto, dejé un cadáver muy ordenado. Gracias por preguntar.

—Ya te di las gracias por teléfono.

—Me gusta oírlo en persona. —Dejé la bolsa junto a la puerta y no me senté—. Es lo único que me llevo de este oficio. Eso y las millas.

—Siéntate. Esto es largo.

—Odio cuando dices "largo".

—Pues te va a encantar el resto. —Empujó una carpeta por la mesa. No la abrí—. Banco privado Sterling-Marchetti. Cuatro generaciones. Mueven el dinero de medio mundo. Y del otro medio que no sale en las fotos.

—Suena a clientela encantadora.

—Cárteles. Oligarcas. Tres gobiernos que no se hablan entre ellos pero comparten banquero. —Hale bebió—. Por fuera son una fundación benéfica. Galas, museos, niños enfermos en los carteles. Por dentro, la lavandería más cara del planeta.

—Y supongo que la familia es tan limpia como su dinero.

—Aurelio Marchetti lo construyó todo. Ahora se está muriendo, y sus dos hijos se reparten el cadáver antes de que enfríe. —Dejó el vaso—. Es el mejor momento para entrar en una casa. Cuando los de dentro están demasiado ocupados clavándose el cuchillo entre ellos.

—¿Y qué quiere Sabre de unos banqueros con malas amistades?

—Una cosa. La llaman el Rojo.

—Qué imaginación.

—Es una lista. —Hale levantó un dedo antes de que yo abriera la boca—. Y eso es lo único que vas a saber de ella por ahora. Quédate con esto: el que tenga el Rojo, tiene a todos esos clientes encantadores cogidos por el cuello. Cárteles. Oligarcas. Gobiernos. Todos a la vez.

—¿Dónde está?

—Dentro. Muy dentro.

—Eso no es una respuesta.

—Es la que te toca. —Me sostuvo la mirada—. Por eso no entra un equipo. Por eso entras tú.

Asentí despacio. Hasta ahí, todo bien. Hasta ahí, era mi clase de trabajo.

—Solo —dije—. Como me gusta.

—No del todo.

—Hale.

—La operación es conjunta. —Lo soltó rápido, igual que se arranca una tirita—. Con Meridian.

Me reí. No fue una risa bonita.

—¿Meridian? ¿La competencia? ¿Los mismos que el año pasado nos quemaron una red entera en Estambul?

—Los mismos.

En Estambul habíamos perdido a tres personas por una filtración que nunca se aclaró del todo, y todo el mundo en Sabre sabía, sin poder probarlo, que el agujero lo había abierto Meridian.

Que ahora me mandaran a dormir, comer y trabajar pegado a uno de los suyos durante meses no era una operación.

Era una broma de mal gusto con un sueldo detrás.

—Y ahora quieres que le dé la espalda a uno de los suyos en una sala llena de gente que mata por costumbre.

—Quiero que cumplas órdenes.

Me acerqué a la mesa y apoyé las dos manos.

—Escúchame. En esto solo hay una regla que importe de verdad. La persona que te cubre la espalda es la que mejor puede meterte una bala en ella. Siempre. Y lo único que lo frena es haber elegido tú a esa persona. Yo no he elegido a nadie.

—Esta vez no eliges.

—Entonces esta vez no voy.

Hale ni se movió. Esa era la diferencia entre los dos: yo me movía cuando me cabreaba; él se quedaba tan quieto que dabas por hecho que llevaba razón.

—Adrián. —Bajó la voz, y eso siempre era peor—. ¿Cuántos llevas ya? ¿Treinta? ¿Treinta y uno?

No contesté.

—Este es de los que cierran la cuenta. El Rojo vale tanto que, cuando salgas con él, puedes salir del todo.

La casa en ninguna parte. Ese "después" del que no hablas nunca y al que le das vueltas en cada avión.

—Se encogió de hombros—. O sigues contando muertos hasta que te toque ser uno. Tú decides. Eso sí lo decides.

Aparté las manos de la mesa.

Lo odiaba por saber dónde apretar. Lo odiaba más porque funcionaba.

—¿Cómo se entra "muy dentro" en una familia así? —pregunté.

Hale sonrió. Sabía que ya me tenía.

—Por la puerta principal. Del brazo de tu mujer.

—No estoy casado.

—Lo vas a estar. —Abrió la carpeta él mismo, por fin, y sacó una hoja—. Sobre el papel. Una pareja recién casada. Dinero nuevo, sucio, buscando un banco que no haga preguntas. Los Marchetti adoran el dinero nuevo. Se muerde más fácil.

—¿Y mi mujer es...?

—La agente de Meridian.

Me quedé mirándolo unos segundos, por si la cosa mejoraba. No mejoró.

—Déjame ver si lo he entendido —dije—. Voy a meterme en la boca del lobo fingiendo querer a una desconocida que casi seguro lleva las mismas órdenes que yo de pegarme un tiro si esto se tuerce. Y voy a hacerlo durante meses. Sonriendo. En galas. Cogidos de la mano.

—Exacto.

—Es la peor idea que he oído en mi vida.

—Por eso te pago bien. —Hale empujó una última cosa por la mesa. Una foto, boca abajo—. Tu mujer.

Le di la vuelta.

Una mujer. Pelo oscuro, recogido. Pómulos de los que cortan. Una cara que no me decía nada, que no había visto en mi vida, que podría haber sido la de cualquiera de las mil mujeres elegantes que cenaban esa noche en esta ciudad sin saber que el hombre de al lado les mentía.

No reconocí la cara.

Pero la boca. La boca era de un rojo que no se elige por gusto. Un rojo que tapa algo. Un rojo que yo, en otra vida y en otro idioma, habría sabido leer.

—¿Tiene nombre? —pregunté, sin apartar los ojos del papel.

—Lo tendrá cuando lo necesites. —Hale se levantó y, por una vez, miró por la ventana—. Descansa. La conoces en dos días.

Dos días.

Volví a mirar aquella boca roja. Seguía sin reconocer la cara. Pero algo en ese rojo se me quedó clavado, como una astilla que entra limpia y solo empieza a doler al día siguiente.

No sabía por qué. Era una foto. Una boca pintada como se pintan mil bocas en esta ciudad para una cena.

Me había pasado la vida leyendo caras —es la mitad de mi trabajo; la otra mitad es lo que viene después de leerlas— y aquella no me decía nada y, a la vez, me decía algo que no supe traducir.

Lo aparté. Un buen operativo no se queda mirando una foto.

Me quedé mirando la foto.

Iba a fingir que quería a esa mujer.

Y ya, con solo una foto en la mano, no me fiaba de ella ni un pelo. Eso, al menos, era un buen comienzo para un matrimonio.