Rojo Manhattan 2 · Camila
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2 · Camila

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Camila

El rojo se llamaba Sang de Minuit. Lo había elegido por el nombre antes que por el color.

Me lo pasé por el labio inferior despacio, sin mirarme a los ojos en el espejo.

Los ojos no hacían falta. El rojo sí. El rojo era lo único que la gente recordaba después, cuando intentaba describirme a un dibujante y solo le salía "una mujer, los labios muy rojos", y se quedaba ahí, atascada, porque no le había dado nada más.

No era vanidad. Era una cortina. Detrás de una cortina lo bastante llamativa, nadie busca la ventana.

Cerré el pintalabios con un clic. Abajo, en el Vieux-Port, los mástiles de los veleros se mecían en la oscuridad como un campo de agujas. Conté hacia atrás. Costa subía del restaurante a su despacho cada noche a las once, solo, a contar lo que le quedaba de un imperio que ya no era suyo.

Le quedaban cuatro minutos. No lo sabía.

Lo esperé en su despacho, en el sillón que no era el suyo, con las luces apagadas. La puerta se abrió a las once y dos. Costa entró buscando el interruptor, lo pulsó, y se quedó clavado en el umbral.

Tardó medio segundo en entenderlo. Ese medio segundo le envejeció diez años.

—Ah —dijo.

—Ah —repetí.

Cerró la puerta él mismo. La gente hace cosas raras cuando lo entiende. Algunos rezan. Costa cerró la puerta, como si la intimidad fuera a servirle de algo.

—Tienes un precio —dijo—. Todo el mundo tiene un precio. Dime el tuyo y le pongo un cero detrás.

No contesté. Lo miré. Calculé: un hombre de su edad, de pie, dónde tenía el corazón, cuánto tardaría en caer, hacia qué lado. La geometría de un cuerpo es siempre la misma. Lo único que cambia son las excusas que pone antes.

—Dos ceros —dijo Costa.

El silencio lo puso más nervioso que cualquier amenaza. Los hombres como Costa no soportan un silencio: lo llenan, lo tapan, lo compran. Yo lo dejé crecer. El silencio era mío. Lo había traído conmigo, igual que la pistola.

—Di algo. —Le temblaba la voz—. ¿Sabes a quién conozco en esta ciudad? Una llamada y la que desaparece eres tú.

—Llama, entonces.

No llamó. La amenaza se le murió en la boca. Hasta él sabía que ya no le quedaba nadie a quien telefonear que no estuviera esperando su funeral.

—¿Quién te envía? —probó—. Dímelo y lo pago al doble. Sea quien sea, lo doblo.

—No funciona así.

—Todo funciona así.

—Tú ya no.

El móvil le vibró en la chaqueta. Lo sacó con la mano temblando y miró la pantalla. Dejó de ser un hombre rico y pasó a ser solo un padre.

—Es mi hija —dijo—. Por favor. Solo déjame contestar. Diez segundos.

—No.

—Es su cumpleaños.

Y ahí estaba. La grieta por la que yo había entrado mucho antes de cruzar su puerta.

No lo habían vendido sus socios ni sus cuentas.

Lo había vendido eso: un nombre en una pantalla, alguien por quien todavía le dolía algo.

Querer a una persona es darle a otra el mapa de dónde cortarte.

Costa había repartido su mapa hacía años. Yo no repartía el mío.

—Apaga el teléfono —dije.

Lo apagó. Hasta en eso obedeció, como si obedecer fuera a comprarle un minuto. Dejó el móvil sobre la mesa, boca abajo, con un cuidado absurdo, y se quedó mirándolo.

—¿Le dirás a alguien que no sufrí? —preguntó.

Fue lo único humano que me pidió. Y fue lo único que no podía darle, porque yo no iba a decirle nada a nadie.

Saqué la pistola. El silenciador alargaba la línea hasta volverla casi elegante. Costa cerró los ojos. Bien. Así salía más limpio para los dos, aunque solo le importara a uno.

Un disparo. Seco, apagado, del tamaño de una tos.

Cayó hacia donde yo había calculado que caería.

Me acerqué y le cerré los ojos con dos dedos. No por respeto. Los ojos abiertos de un muerto incomodan a quien lo encuentra, y un testigo incómodo recuerda mejor. Cerrados, Costa parecía dormido sobre sus papeles. Otro hombre rico al que se le había parado el reloj a deshoras.

Me levanté. En el cristal negro de la ventana, mi reflejo: una silueta, una boca roja, nada más. Exactamente lo que el mundo tenía permiso para ver.

La calle olía a sal y a gasóleo. El móvil —el mío, no el de un muerto— vibró antes de que llegara al coche.

—Hecho —dije.

—Lo sé, cariño. —Renata. Lo de "cariño" no significaba nada; era el azúcar que le echaba a todo para que bajara mejor—. Limpio y puntual, como siempre. Eres un lujo, Lince.

—¿Qué quieres?

—Que cojas un avión.

—Acabo de bajar de uno.

—Pues subes a otro. —Una de sus pausas, medida al milímetro—. Tengo algo para ti. Grande. Y antes de que digas que no, escúchame bien: vas a hacerlo de todas formas.

—Eso lo decido yo.

—Esta vez no del todo. —Y luego, con la misma dulzura con la que se le da una mala noticia a un niño—: Es una operación conjunta.

Me detuve junto al coche, con la mano en la manija.

Conjunta. La palabra me cayó dentro como una piedra en un pozo. Tardé en oír el fondo.

—Sabes que trabajo sola —dije.

—Lo sé. Es parte de lo que te hace tan buena. —Renata no se molestó en suavizarlo—. Y esta vez vas a tener a alguien pegado a ti, día y noche, durante meses. Alguien que va a aprenderse cómo respiras. Lo siento, cariño. Son las reglas.

—¿Con quién? —pregunté.

—Con alguien tan bueno como tú.

—Eso no es un nombre.

—No, no lo es. —La sonrisa se le oía en la voz—. No es de los nuestros. Es lo único que necesitas saber por ahora.

—No trabajo con gente de fuera.

—Con este sí. Órdenes de arriba, cariño; yo solo soy la que te las sirve con azúcar.

No eran las reglas. Eran las de Costa, las del hombre que se había quedado tieso sobre sus papeles por una llamada de cumpleaños. Dejar que alguien se acercara hasta aprender a leerme era darle un cuchillo y enseñarle dónde tengo la piel más fina.

—¿Dónde? —pregunté.

—Nueva York. —Sonó complacida, como si ya hubiera ganado—. Te va a gustar. Es una ciudad preciosa para esconderse.

Colgó.

Me quedé mirando el puerto, los mástiles, las agujas. Pensé en el cristal negro de la ventana de Costa y en lo poco que mostraba de mí.

Iba a tener que dejar que alguien me leyera entera. Durante meses.

Y nunca, ni una sola vez, había sobrevivido del todo a que alguien me conociera.