Las sendas en las que me odié
LAS SENDAS EN LAS QUE ME ODIÉ
Nos despedimos del clan Razaros a la mañana siguiente, para emprender la marcha hacia el Bosque del Draugr.
Éomar se queda abrazado a su hermana durante un rato, murmurando cosas en su oído y ronroneando cuando le acaricia la espalda.
Le ha prometido que volverán a verse muy pronto, que se reencontrarán en el Antiguo Reino y que hará lo posible por asistir al nacimiento de su hija.
Findar me despide con un firme toque en el hombro y me mira con fijeza.
—Ahora eres su compañero.
—Así es. —Le sostengo la mirada, aunque me cueste horrores.
—No se me dan bien estas cosas, pero creo que no me desagrada del todo.
—Suficiente es que no me hayas matado.
—Ayer hiciste algo muy valiente, lobo. La última vez que nos vimos eras una sombra solitaria, acosada por unos espíritus que no dejaban de susurrarte al oído, que te convencían de que no podías aspirar a ser nada más que un asesino. ¿No te notas más ligero?
—Indudablemente.
—Y todavía lo eres, pero lo has aceptado. Apuesto a que también sienta bien, mucho mejor que seguir huyendo.
—No diría que siente bien, pero sonreír cuesta menos.
—Sin miedo, Trueno Acechante, ahora y siempre. Mas si has de sentirlo, úsalo para algo bueno y no dejes que la pérdida vuelva a hacerte olvidar quién eres.
Juraría que este viejo sabe más de mí de lo que se atreve a confesar, los océanos de sabiduría que me escrutan se agitan con una certeza abrumadora.
Me dejan ir al fin y trastabillo al retroceder, comprendiendo por qué aterrorizaba a Mircea.
No creo que sea capaz de leerle la mente a nadie, pero interpreta a las personas como un mentor con un códice.
—Tiemblas y todo. —Éomar viene a mi encuentro, cuando entro en la galería por la que saldremos.
—Tu padre tiene algo de brujo.
—El combate te hace sabio.
—Todavía no me creo que se lo hayan tomado tan bien.
—Yo tampoco, palurdo, pero va a resultar que me quieren un poquito. —Nos damos la mano; el gesto se me hace un poco extraño porque nunca hemos caminado de este modo, aunque me agrade tanto como su expresión al mirarme.
Abandonamos Mirkel y rodeamos la muralla, ocultos bajo los nuevos abrigos con los que nos hemos hecho; ambos de cuero, siempre he querido uno de estos y mi maestro me felicita, diciendo que me sienta como un guante.
Dejamos atrás el bullicio de la entrada y al cabo de unas horas nos detenemos cerca del bosque para dar caza a un venado, divirtiéndonos tanto con la persecución que el pobre animal ya no sabe hacia dónde huir, cansado de que juguemos con él entre las colinas.
Éomar lo alcanza al fin y fingimos que nos peleamos por la presa cuando le da muerte; una excusa para acabar revolcándonos por la hierba, soltándonos leves mordiscos y llenándonos del barro que ha quedado tras las lluvias del día anterior.
Me acorrala entre los brazos, con la cara llena de manchas y echado sobre mí.
Empezamos a besarnos, olvidando al venado y al mundo entero.
—¿Lo sientes, Lazor? Casi somos libres.
—Como lo fueron Ridegar y G’rmera.
—Qué tétrico.
—¿Pero no es verdad? Hemos vencido al Abismo y ganado la libertad, mas tiene un precio. —Paso un nudillo por su sien, para retirarle un terrón de barro.
—Somos mucho más afortunados que ellos. —Me come a besos, dándome a entender que hablar no es lo que tiene en mente—. Olvida a los dioses, no podrán tocarte mientras estés conmigo.
El Dios Muerto nos recibe con una bandada de cuervos blancos, una vez entramos en su territorio.
Éomar los sigue con los ojos cuando emprenden el vuelo y se pierden entre las frondosas ramas.
Se ha encogido porque el lugar lo intimida.
El ente que todavía vive en este bosque odia a los guerreros por todo lo que sus antepasados le hicieron a sus protegidos.
Los malditos Años de la Sangre, la única alianza entre humanos y drazir que acabó con la extinción de toda una especie.
Pero está aquí por Mircea, a pesar de todo la sigue queriendo y necesita despedirse de ella.
Se me hace un tanto extraño recorrer estas sendas con él, lo siento como si mi vida anterior y la presente se uniesen en un sutil abrazo.
Ya no camino como Rojamuerte, ni siquiera pienso como él, pero se altera entre mis costillas y hace que me palpiten las sienes.
Me detengo junto al sendero que conduce al claro en el que perdimos a Rona y Éomar mira en la misma dirección.
—Ahí es donde todo lo que fui empezó a morir —musito—. Donde me di cuenta de cómo giraba la rueda de la violencia, de cómo me atrapaba. —Señalo hacia el lado opuesto—. El hombre que la asesinó se encuentra ahí, ni quiera supe quien era.
—Quizás fuese cosa del Dios Muerto.
—No digas su nombre.
—Su nombre se perdió hace mucho, lo llamamos así porque también lo olvidamos.
—De cualquier modo, no quiero que…
—Sin miedo, Lazor —repite las palabras de Findar—. Puede que no os hayáis llevado bien porque no quisiste escucharlo.
—¿No te da miedo?
—Me inquieta, no hay duda, pero he llegado a un par de conclusiones.
—Estira el cuello y el techo de hojas baila en sus pupilas dilatadas—.
Creo que te quería ayudar a recordar, para que no siguieses destruyendo lo poco que quedaba de ti.
Lo que te pasó en Los Túmulos… Viste a tu Rossana, ¿no?
Cuando te negabas a recordar tu vida con ella, cuando todavía te aferrabas al embrujo de G’lar.
— Alza un dedo, señalando hacia arriba—.
Es posible que no te odie, que no sea el dios vengativo que siempre nos han hecho creer que es.
Los recuerdos eran una tortura para ti, cuando debieron ser lo que te motivaba a vivir.
Creo que lo sabía y que por eso te atosigaba.
—Si eso es verdad, es un tipo retorcido.
—Como todos. —Se encoge de hombros—. Pero el dios feérico es también compasivo, no me cabe duda.
—Nunca sabremos si lo hizo él, Oniros o Nimaendra. Creo que todos han jugado un papel en la proeza de volverme loco.
—¿Nimaendra?
—El Hado que tensa mi cadena.
Se barre la barbilla con los nudillos, pensativo.
—¿Por qué me suena ese nombre? Nimaendra, Nimaendra…
—Parece que te has propuesto provocarlos, deja de repetirlo.
—Es solo un nombre, Lazor.
—Y tiene un lugar dedicado a él y a sus hermanos, en este mismo bosque. Es amiguito del Dios Muerto.
—Están todos extrañamente conectados, cualquiera diría que podrían ser uno solo.
Pestañeo y echo la barbilla hacia atrás, porque no se me había ocurrido. No deja de sorprenderme, pienso mientras le pongo un brazo en torno a los hombros y lo guío por la senda que debemos tomar.
Un tronco gris y retorcido ha echado raíces en el lugar de descanso de Rona; se alza como una pálida mano de tres dedos, de la que brotan florecillas de pétalos argentados.
Nos saludan cuando una ligera brisa los mece y Éomar separa los labios, soltando un leve resuello.
La belleza del lugar es arrebatadora; una colina solitaria de briznas que refulgen con luz preternatural, que rivaliza con el frío candor de las estrellas.
Subimos por ella despacio y me arrodillo, para sacar el corazón de mi petate y desenvolverlo.
—Te la devuelvo, santurrona.
Lo entierro al tiempo que susurro mi afecto, sorbiendo por la nariz debido a las lágrimas que me resbalan por el puente.
Éomar permanece de pie junto a mí y le oigo formular una oración en el dialecto de Astharoth.
Lo hace en voz muy baja, como si no quisiera que lo oyese.
Sabe que ya no me molesta la devoción, pero puede que lo haga porque este momento es tan delicado para él como para mí.
—El amor no se va. —Las briznas decoran mi mano cuando la poso cerca del tronco, con la misma suavidad con la que acariciaba su rostro—.
El amor nunca se irá. Te dije que no lo quería, fueron de las últimas palabras que me oíste decir.
—Suelto un leve gemido, dando rienda suelta al llanto—.
Ojalá supiésemos cuando serán las últimas, pues de ese modo las despedidas siempre serían felices.
Pero quiero pensar que supiste que te seguía amando, pese a lo mal que lo hice.
Si Los Hados son clementes, volveré a verte y me oirás decir que eres la persona más valiente que he conocido, que te estoy muy agradecido por lo que viste en mí y que siempre me enorgulleceré de lo que tuvimos.
—Bajo más la voz, hasta convertirla en un murmullo—.
Déjame despedirme de ella como merece, Nimaendra, cuando me llegue la hora. ¿Me oyes? Déjame despedirme de ella.
Éomar me abraza al levantarme y apoya su cabeza en mi hombro, con las pupilas fijas en el tronco. Palpo el pendiente de oro que sigue en mi oreja y pregunta si se lo quiero devolver.
—Fue un regalo. Ahora las llevo conmigo, a ella y a Rona. Espero que se hayan encontrado en el Otro Lado y que me recuerden con el mismo afecto que sintieron por mí, en este bosque. —Me paso la mano por la nariz—. No creo que me lo quite nunca.
—Me habría encantado conocer a Rona, por cómo hablas de ella sé que nos habríamos gustado.
—Eso seguro, eres igual de santurrón.
El viento se levanta y percibo su esencia en él, me abrazan en un torbellino plateado. Melocotón y menta. Alzo la cabeza, cierro el único ojo que me queda y me dejo envolver por sus caricias.
Vuelvo a bailar con Rona en un campo de flores rojas, salpicado por la nieve del Dios Muerto. Vuelvo a verme reflejado en los ojos de Mircea, su corazón retumba contra el mío y somos uno.
«Verás como empiezas a crees en algo, Lazor».
Me ayudasteis a creer en mí mismo, recorriendo las sendas en las que me odié con un ímpetu atroz.
Si sigo vivo es por vosotras, disfrutando de un tiempo robado con alguien que te gustaría mucho, Rona.
Tenéis un alma parecida, encuentra el modo de ver lo mejor en los demás y disipa todas las sombras.
¿Lo pusiste en mi camino? Puede que sí, siempre te sales con la tuya.
—¿Quieres volver a intentarlo, hablar con tu esposa en La Sangre Derramada? Ya ves que está siendo bueno con nosotros.
—Deberías hacerte clérigo, se te dan muy bien los dioses —suelto una risita débil.
—Ya no soy paladín de Astharoth, pero nuestro antiguo patrón es bien celoso.
—Creo que lo voy a intentar, ocurra lo que ocurra te tendré a mi lado. Pero está a un día de camino.
—Me encanta caminar contigo.
—Y no vamos a poder cazar más allá, tendremos que llenarnos bien antes de seguir.
—Sobreviviremos.
Recorremos el sendero de plata que divide el ondeante prado carmesí.
Éomar camina frente a mí, sobrecogido por su belleza y soltando pequeñas exclamaciones.
Es la primera vez que lo visita y estoy seguro de que se lo imaginaba de otro modo; las canciones de nuestro pueblo lo describen con la misma siniestralidad con la que los humanos retratan a los draugr.
¿Cómo me sentí, la primera vez que vine?
Sus colores me resultaron hasta estridentes mientras avanzaba a trompicones; las lágrimas que me ardían en los ojos sacaban destellos irritantes de los pétalos que flotan en el aire, que vienen al encuentro de la mano que extiendo a un lado.
La sensación que ahora me embarga es distinta; tengo la mente tan despejada que me noto liviano y un tanto eufórico, se asemeja a la ebriedad de una buena jarra de cerveza especiada.
No he venido a morir, sino a reconciliarme con lo que me afané en olvidar.
Me arrodillo en la senda, levantando un cúmulo de briznas aceradas, y cuando veo que hace ademán de dejarme a solas cierro la mano en su brazo.
Que no tenga miedo no quiere decir que no necesite sentirlo cerca.
Curva una esquina de la boca y se arrodilla también, para juntar las manos y cerrar los ojos.
Lo imito y tomo aire por la nariz, muy despacio, llenándome del aroma de las flores.
—Sangraste por mí y he seguido tu rastro, amor mío —musito la oración que la atraerá, notando el cosquilleo de mis cabellos en los labios—.
Son muchos mis pecados y el Mar Áureo me ha sido vedado, pero permite que vea tu rostro una última vez.
—El cosquilleo se propaga por mi nuca—. Cruza El Velo y ven a mi encuentro, te lo ruego.
El aroma se torna tan dulce como la miel, como el sabor de la sangre que añoro; me danza en la lengua y en el paladar. El fulgor ocre de La Gran Hoguera nos baña y el aire se estremece. El leve roce de unas yemas en los párpados, invitándome a abrirlos. Sus yemas.
—Lazor.
Un iris verde me escruta, tan cálido como el follaje veraniego.
—Rossana.
Hundo la mano en sus ondas, inclina la cabeza para apoyar la mejilla en mi palma.
—No podré seguirte —digo.
—Nunca me he ido.
Barro sus pecas con el pulgar, recogiendo una lágrima diminuta. Ahí está, la calidez por la que quise devastar el mundo. Acaricio cada ángulo de su rostro con los dedos, quiero recordarlo durante los años que me queden de vida.
—Te amo.
Nadie me ha besado así ni lo hará. Dulcísimo aliento, no me abandones.
—No te vayas —suplico.
—Nunca me iré. Nunca.
Retorna el aroma de las flores, así como el viento que me mece y me cosquillea en la cara. Suelto un sollozo agudo, señal de que estoy en mi cuerpo, de que se ha esfumado, de que El Velo nos separa. No se ha ido, pero no volveré a verla.
—Éomar…
—Estoy aquí —susurra con delicadeza—. Lo sé. —Posa los labios en mi frente—. Lo sé.