Rojamuerte De dioses y accidentes
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De dioses y accidentes

DE DIOSES Y ACCIDENTES

¿Qué es la muerte, sino un regalo de los dioses para que apreciemos la vida? ¿Qué es la vida, sino un sueño que le robamos a Oniros? ¿Estamos despiertos realmente? ¿Alguna vez abandonamos su reino? Por algo es el padre de Los Oscuros, la muerte y los sueños son lo mismo.

El bosque llora conmigo, las lágrimas del Dios Muerto se unen a las mías en briznas plateadas.

Llevo un rato contemplando las flores, me he sentado entre ellas y la luz de su sol crepuscular me acaricia.

Esto es lo más parecido al Mar Áureo y pienso quedarme hasta que el aguijón de la melancolía se extinga.

Quiere que llore en su bosque, que recuerde a los míos entre los suyos.

Se parece al campo de cebada roja en el que jugaban mis hijos, en el que los concebí con Rossana. Sí, es mi Mar Áureo.

Éomar me mira de cuando en cuando, tiene una expresión muy parecida a la mía. Quiere compartir este dolor, aunque no pueda sentirlo. O puede que lo haga, puede que también esté recordando a los suyos, a la madre y al hijo nonato que le arrebató esta pesadilla de Oniros.

—A veces me pregunto por qué defendimos una mentira, su mentira.

Lo miro, distraído por mis propias cavilaciones, y un par de pétalos se unen a los que flotan en el aire cuando barre mi hombro con la mano. Se aclara la voz y continúa:

—Lo que le hicimos a esta especie, sabiendo que los humanos no tardarían en convertir la nuestra en el blanco de su odio, que seríamos los siguientes. ¿Tan ingenuos eran nuestros antepasados?

—Dímelo tú, tienes más en común con los Años de la Sangre que yo. ¿No fue el abuelo de Vientoblanco el que protagonizó esta gesta?

—No creo que les moviese la ingenuidad, sino una malsana y ciega ambición. Los humanos prometieron que este territorio sería nuestro, a cambio de nuestra ayuda para diezmarlos. Nunca tuvimos pruebas de que los draugr fuesen demonios, ¿sabías eso? —Asiento y esboza una mueca amarga—. ¿Cómo?

—Mi padre era muy crítico con el tema, se llevaba muy bien con los cronistas y sabes que éstos siempre han odiado lo que ocurrió.

—Pues a nosotros se nos educa sin pensamiento crítico, cuando se supone que somos los defensores del pueblo.

No hacemos preguntas, obedecemos por el bien de la patria.

Los humanos dijeron que eran una amenaza que se extendería por todo T’har Kul y los nuestros actuaron sin pensar, aunque es una forma muy optimista de verlo.

Fue un héroe el que mató a estos niños, respaldado por otros cientos.

—Acaricia las flores que tiene delante—.

Una por cada inocente que asesinaron los nuestros, por la promesa de una tierra que no les pertenecía y que no necesitaban.

Fue un héroe el que violó a sus madres, el que expolió sus lugares sagrados y llenó esta tierra de polvo de huesos.

—Recoge un puñado de briznas—. Mi padre me lo contó, cuando tenía trece años y dije que admiraba a Luz del Alba, por su faceta de conquistador.

Me reprendió y al ver que no lo entendía, dijo: « Conquista es el eufemismo favorito de los tiranos».

Creo que fue entonces cuando empecé a darme cuenta de lo delgada que es la línea que hay entre el deber y el fanatismo.

—Por eso no te gustan los héroes.

—El concepto de héroe del Antiguo Reino nació con los Años de la Sangre, cuando lo que hicieron se aleja mucho de toda heroicidad. Y aquí estamos, en la morada de un dios que se quedó sin pueblo y que no ha hecho más que acogernos en ella.

—Te recuerdo que casi me mata en Mirwood. Apenas nos deja comer nada de lo que hay en su bosque, no tienes ni idea del hambre que pasé.

—Te da la mano y le coges el brazo, mas te quejas por ello —ríe entre dientes—. ¿Te das cuenta? No tienes maña con los Celestiales. Debes sentirte dichoso por lo que ofrecen, cuando en verdad no te deben nada y mucho menos éste.

—Nos pusieron en el mundo que crearon para vernos sufrir, lo mínimo que espero es que me faciliten las cosas.

—A estas alturas estoy convencido de que somos un accidente que tratan de subsanar a machetazos.

No son perfectos y no son infalibles, debe cansarles mucho que los veamos como lo contrario.

—Imposta una voz sobria y ominosa—. «¿Pero qué coño quieren ahora estos pequeños accidentes y por qué son problema mío?

Eh, Astharoth, ¿por qué se matan entre ellos y en tu nombre?

». Se tienen que estar cachondeando mucho ahí arriba.

—Vaya, se parece al discurso de un apóstata. ¿Quién eres y qué has hecho con Éomar?

—Este es el Éomar que se ha sacudido de encima el fanatismo del deber y todas esas monsergas que se supone que nos convierten en mejores personas, cuando todo lo que consiguen es limitarnos y hacer que acabemos por tirarnos por un acantilado.

Viví mi vida en nombre de lo que otros pensaban de Astharoth y de sus Setecientos Salmos, pero estoy seguro de que al Altísimo le importaba un carajo.

—Mira hacia arriba—. Si me hubiese hecho mierda contra las rocas ni habría levantado una de sus magnánimas cejas.

No me malinterpretes, me cae bien, pero por otros motivos.

—¿Cuáles?

—Pues… —Se lleva la lengua al labio superior, al tiempo que entorna los ojos—.

Sus Setecientos Salmos son un listado de buenas intenciones y lealtad para con el prójimo, aunque insista en que no debemos dejarnos pisotear, en que seamos inflexibles con quienes alteran el orden del mundo.

Creo que no pensó que sus seguidores deformarían lo último para respaldar actos crueles y que además se radicalizarían cuando las cosas salen mal.

—Me da un codazo y me echo a reír—. Por desgracia no vamos a poder preguntarle qué piensa, pero no creo que le parezca bien.

—Nimaendra me dijo algo que…

—¿Sí?

—Dijo que sufren junto a sus criaturas o algo parecido.

—Teniendo en cuenta que es hijo de los dioses que no han dejado de intentar diezmar a toda la población del mundo, me lo creería más bien poco. Siempre me he preguntado qué tienen Los Oscuros en nuestra contra.

—G’lar decía que son los únicos que se preocupan por nosotros y los que más se nos parecen. Que entienden la pérdida y el dolor mejor que ningún Celestial y que los Salones del Olvido son su regalo.

—Era un fanático, Lazor, todos los nigromantes lo son porque sin Los Oscuros no serían nada. Su magia solo tiene fines egoístas y crueles. Florece en la destrucción y el deterioro, se alimenta de la desesperación hasta dejarte sin nada.

—Supongo que lo descubriré cuando me llegue la hora, Nimaendra dijo que me convertiré en el dragón más hermoso de todos.

Enarbola una ceja en una mueca de disgusto, que rápidamente disfraza con una risita dulce.

—¿Y estás seguro de que no te estaba tirando los tejos?

Lo pellizco en un costado y me devuelve un puntapié.

—Por inexplicable que encuentre el éxito que he tenido últimamente, no creo que un semidiós del Inframundo estuviese pensando en eso cuando lo dijo.

—Astharoth dijo que el Final de los Tiempos vendrá con un dragón que enviarán Los Oscuros. Tapará el sol con sus alas y nos extinguirá con una sola llamarada. —Vuelve a fingir un tono ominoso, crispando los dedos frente a la cara—. ¿Eres ese dragón?

—Lo dijo el Profeta Rawraq, el dragón del mago Aodh.

—Vaya, así que sí conoces los Setecientos Salmos.

—No nací apóstata, Éomar.

—Pues recuerdas lo más tétrico de sus predicciones.

—Era la parte que más me gustaba, especialmente cuando quería ver el mundo arder.

Reímos, pero hay un deje nervioso en las burlas. Me digo que hay que creer en ello para que nos asuste y que ya hemos tenido suficiente de dioses para toda una vida, así que lo estrecho contra mí y contemplo cómo el sol muere en las escasas escamas de su rostro.

—Tranquilo. Lanzaré mi llamarada muy lejos de nuestra choza, para que no te quemes.

—Cuento con no estar vivo para entonces, Lazor, pero muchas gracias.

—¿Cómo que no?

—Moriremos viejos y arrugados, posiblemente a la vez.

—No te tenía por un romántico, pero me gusta.

—¿No? ¿Y entonces qué he estado haciendo todo este tiempo, besando el suelo que pisas?

—Se te ha dado bien esconderlo, por cierto.

—No tanto, U’hrk me lo notó una vez.

—¿Cómo no? Al águila no se le escapaba nada. ¿Qué ocurrió?

—Me puse un poquito celoso la última noche que pasamos en Satirican, cuando tú y Mircea os fuisteis a dormir. Quise atribuirlo a que era época de apareamiento, pero lo cierto es que me jodía que no estuvieses haciéndome lo mismo, después de todas las palabras bonitas que me acababas de dedicar.

—¿Te refieres a cuando dije que me gustaba más el Éomar del acantilado?

—Me dejaste alucinado.

—Es cierto que te quedaste sin habla.

—Y luego en Urrik se me ocurrió que era buena idea tratar de decírtelo. No sé qué coño quería conseguir, pero no me aguantaba las ganas. El bueno de U’hrk me interrumpió, menos mal que lo hizo.

—Si me lo hubieses confesado entonces se habría liado buena, en menudo triángulo amoroso nos habríamos metido.

—Y luego hicimos el amor frente a Mircea, no me puedo creer que para entonces ni siquiera te dieses cuenta.

—No hicimos el amor, solo…

—Lo hicimos, fue una unión drazir en toda regla.

—Pensándolo mejor, sí que es cierto que follamos sin que me diese cuenta.

—Ella lo sabía, que me sentía así por ti.

—El secreto que no le contaste y que adivinó.

—Y al hacerlo no se enojó, sino todo lo contrario.

—No había nada que la pusiese celosa. —Sonrío—. ¿De ahí el abrazo que te dio, cuando elegimos el nombre para la cuadrilla?

—El abrazo que te volvió loco, me lo contó después.

—Creo que estás siendo un poco injusto, hasta entonces fuisteis muy discretos y no tenía ni idea de lo que ocurría entre vosotros. En mi defensa diré que se quedó ahí, ni siquiera te molesté para preguntarte qué narices te pasaba.

—Se te están escapando unos gruñidos muy cucos.

—Y no me molesta que tuvieseis esa complicidad, pero habría estado bien que me hicieseis partícipe.

—No te lo quisimos contar precisamente por esto.

—Me palmea la rodilla—. Y no sé por qué me dio ese abrazo, imagino que me notó melancólico, pero me ayudó mucho.

Daba unos abrazos maravillosos, por eso le hablé de cosas que no me atrevía a contarle a nadie.

Empezó en Satirican, con esa borrachera que me soltó la lengua y me hizo tontear contigo.

—Ahí sí que me di cuenta, pero pensé que me tomabas el pelo.

—Y tuvimos conversaciones larguísimas, todas en susurros, cuando me quedaba cuidándola y dormíais. —Se vacía con una exhalación—. Fue una buena amiga.

—Y yo poniéndome celoso por las esquinas.

—Eres muy territorial.

—¿Te molesta?

—No, pero si hubieses reparado en una sola de las miradas que te echaba… —Estira un dedo con vehemencia.

—Pues estaba convencido de que me mirabas con amor fraternal, hasta el beso que me diste en mi escondite de borracho.

—Eso no tuvo nada de fraternal, me tuve que contener para no arrancarte el labio.

—Y ni siquiera entonces me lo creí.

—Porque no me viste mirándote cada vez que te desnudabas o cada vez que simplemente respirabas, con esa cara de perdonavidas comeniños. Mente antes que corazón y esas cosas.

—Pérfido criajo.

—Palurdo.

Me lanzo a sus labios y un torbellino de pétalos nos envuelve cuando quedo tendido sobre él. Suspira y me echa el cabello tras la oreja, contemplándome con la misma devoción. Ni los propios Celestiales han gozado de tanta.

FIN