Rojamuerte El trato de la grulla #6
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El trato de la grulla #6

—¿Acaso me has visto, un solo día de tu vida, como lo que realmente soy?

¿Se te ha ocurrido mirar al hijo al que has moldeado para ser el héroe que nunca fuiste?

¿Se te ha ocurrido pensar por una sola vez que no quiero ser otro Vientoblanco?

¿Que no quiero cargar con el peso de tus crueles expectativas?

—Se apuñala el pecho con un dedo y empieza a gritar.

Los ojos le brillan con lágrimas de impotencia—.

¡Porque son crueles, todas y cada una de ellas!

¡Me han violado, me han humillado, me han hecho pasar por un tormento infinito y ni una sola vez me has protegido!

¡¿Se te ha ocurrido pensar en lo que yo quiero? !

Findar responde con una calma perturbadora, ha enfriado tanto sus emociones que parece mentira que estén discutiendo. Se parece más al distante trato que tendrías con un subordinado al que no conoces de nada, pero por lo menos ya no parece que lo vaya a partir en dos.

—¿Y qué quieres?

—Quiero…

Ya no lo mira, ha vuelto el rostro en mi dirección…

Así como su hermana, que ha reparado en que mis nervios no tienen nada que ver con la pelea, en que la expresión de Éomar refleja mucho más que la ebriedad del momento.

En que quiero ir junto a él porque no quiero que haga esto solo, porque no debería hacerlo solo.

La mano que mantiene en mi hombro empieza a aflojar y su mueca se torna inquisitiva.

—Es la primera vez que me lo preguntas, padre. Admito que me acabas de sorprender.

—Porque quiero saberlo, tu felicidad me importa tanto como el futuro de nuestro clan.

—¿Y si mi felicidad se interpone? —Baja la cabeza y el pelo le oculta la cara—. ¿Te seguirá importando?

Findar esboza una mueca de contrariedad, pero no contesta. Lhenara se acerca al ver que nos hemos calmado y su madre me suelta para agacharse junto a ella, porque ha empezado a gimotear y no entiende lo que ocurre.

—Durante toda mi vida, he sido lo que quieres que sea y no he sido feliz —continúa Éomar.

Todavía no ha levantado la cabeza—. Es más, muchas veces pensé en quitarme de en medio; la idea no me ha abandonado hasta hace poco.

Lazor me salvó la vida, de hecho. No soy un guerrero, aunque me he esforzado en serlo, y ahora que he estado a punto de morir, ya sea por mi propia mano o por la del culto, me he dado cuenta de que no he vivido en absoluto.

—Se le agita el pecho, está reprimiendo unos sollozos que seguro ofenderán a su padre—.

A riesgo de perder tu afecto, si alguna vez lo he tenido, debo aspirar a lo que me hace feliz para seguir viviendo.

Esto no quiere decir que no te ame, Rhenara.

—Levanta la cabeza para dedicarle una mueca implorante—.

Amo a nuestra hija también, pero lo nuestro… Nunca elegimos esto.

Rhenara asiente y acaricia la espalda de la niña, que ya no llora.

—Nunca lo hicimos.

—Y he tratado de ser el mejor compañero para ti.

—Lo has sido.

—Hemos tenido una historia preciosa, pero… —Coge aire atropelladamente y se muerde el labio.

—Sigue, por favor.

—Empezó a mis quince años porque se esperaba de nosotros, pero no te habría elegido y sé que te sientes del mismo modo. Sé que sabes que… —Sorbe por la nariz en otra intentona de serenarse—. ¿Recuerdas a Asteras, el hijo del cronista D’harmen?

—Recuerdo a Asteras —musita ella, igualando su voz rota—. Recuerdo el cariño que sentías por él y recuerdo lo mucho que lloraste la noche en que tú y yo… No lo entendí entonces, aunque una parte de mí…

—Basta. —Findar la interrumpe—. Quiere que lo escuchemos y eso haremos.

—Pero está diciendo que…

—Silencio.

Rhenara se encoge un poco, todavía abrazada a su hija. La inexpresividad de Findar es lo que más me inquieta, podría estar confesándole todo esto a una escoba y mostraría más capacidad de reacción.

—Sé que estoy escupiendo en las tradiciones, padre, sé que te estoy deshonrando.

No tengo palabras para expresar la decepción que siento al pensar que no estoy a la altura de tus expectativas, que ni siquiera ahora soy capaz de desear todo por lo que he luchado.

Si otro hubiese nacido en mi lugar te sentirías orgulloso, pero las cosas no han sido así, para tormento de los dos.

Te juro que no ha habido día en que no lo haya deseado, cada vez que me obligaba a cumplir con mis obligaciones me decía que dolería un poco menos, pero siempre empeoraba.

—Se pasa las manos por la cara, retornando al Éomar lleno de remordimientos que se viene abajo frente a su familia—.

Esto es lo que soy y siempre he sido. El motivo por el que me uniré a Lazor…

—exhala, no se atreve a seguir—. Quiero seguirlo porque…

—La vida sin el otro es un castigo —intervengo en un hilo de voz y doy un paso. Bendita borrachera. Me mira y asiente, dando otro par de pasos—. No nos separaremos hasta que nos llegue la hora y ojalá sea por muchos años. —Estiro una mano y Éomar la coge—. Empezando hoy mismo.

Rhenara se ha levantado y esboza una sonrisa amarga, con la cara de la niña oculta en el hombro.

Findar no se ha movido y observa nuestras manos enlazadas durante ocho eternos latidos.

Soy incapaz de predecir lo que ocurrirá a continuación, pero no pienso soltarlo, lo dejo muy claro en la mueca que le dedico.

—¿Puedo hablar, padre? —Rhenara se vuelve hacia él y continúa al ver que asiente—.

No encontrarás oposición ni rencor en mí.

Me siento honrada de haber parido a nuestra hija y sé que te sientes del mismo modo.

—Acaricia la coronilla de la niña—. No hay deslealtad en nada de lo que dices, sino todo lo contrario.

Te has mantenido leal hasta romperte. Me enojé contigo de una manera infantil, porque pensé que te hacía ilusión ser el compañero de Z’na, porque yo también me engañaba.

Ahora entiendo que lo que te hacía ilusión era alejarte de nosotros.

No albergo más dolor que el de haber ayudado a hundirte en ese pozo.

Findar aprieta la mandíbula, sopesando las palabras de sus hijos. La niña estira los brazos y Rhenara se la entrega, musitando algo que no alcanzo a oír. Sirve para ablandarlo, porque sus facciones se relajan y profiere un largo suspiro.

—¿Qué clase de padre he sido?

Se pasa una mano por la boca para quitarse restos de sangre y Lhenara le ciñe los brazos al cuello, para que la acune. La risa le sale tan áspera como un filo herrumbroso y no nos mira, parece que habla consigo mismo o con la niña contra la que aprieta la mejilla.

—No he sido buen padre, porque soy un guerrero de Astharoth.

La felicidad de la que hablas me ha sido desconocida la mayor parte de mi vida…

Mas la he hallado en vosotros, al tiempo que os la arrebataba.

—Éomar aprieta mi mano con fuerza, pero no contesta—.

Estoy orgulloso de ti, aunque no te lo haya hecho ver.

Y claro que hay afecto, sois todo lo que tengo.

—Deja a la niña en el suelo y le pasa la mano por la cabeza—.

Mente antes que corazón, decimos, mas sin esto no seríamos nada.

—Ciñe un pulgar al pecho y mira a su hijo—.

Y tienes el corazón más grande de todos, Éomar.

Tu madre lo sabía, tu hermana lo sabe y yo lo sé.

Está desperdiciado en nuestra Orden, pero ahí fuera…

—Vuelve a suspirar, mirando hacia arriba—.

Ahí fuera florecerá y hará del mundo algo mejor.

Tomes el camino que tomes, antepondrás el corazón como lo has hecho para acabar con la tiranía.

Todo lo que hemos recuperado se debe a ello.

Tienes mi bendición. Toma la libertad de la que te he privado en mi infinita ignorancia y si decides no perdonarme, lo aceptaré.

Éomar se cubre la cara con las manos, sofocando el torrente del que se avergüenza y que ya no puede controlar.

Su padre no se mueve y no parece que vaya a hacerlo, así que me digo que soy todo lo que necesita en este momento y en todos los que vendrán.

Que lo sostendré sobre el Abismo del modo en que me sostuvo a mí.

Hago ademán de abrazarlo y me tambaleo hasta la pared cuando Findar me empuja y lo abraza en mi lugar, dejando que llore contra su hombro, ofreciéndole el afecto que nunca ha sentido y en el que ahora se desgarra.

No ha perdido un ápice de estoicismo y a su vez susurra con una ternura sobrecogedora.

—Esto es todo lo que he querido —musita Éomar—. Lo que siempre he querido.