El trato de la grulla #5
La niña frunce los morros y me mira por encima de su hombro, administrándome la dosis de culpabilidad que me falta para sentirme como un fracaso.
Le sonrío como puedo y me enseña los dientes, como si conociese nuestro secreto, como si me odiase por lo que está a punto de ocurrir.
Me digo que no es por eso y que simplemente le caigo mal.
Se descuelga de su padre cuando su madre le dice algo, dándome la tregua que desesperadamente necesito.
—¿Cuándo se lo diremos?
—Después del banquete —contesta Éomar, tan abatido como yo.
—Ni siquiera hace falta que lo hagamos, no antes de terminar el trabajito de La Grulla.
—Me haces repetirme como un maldito papagayo, ya te he dicho que estoy harto de esconderme.
—A tu padre le va a dar un síncope con tantas malas noticias.
—Que le jodan. —Cierra la mano con fuerza—. Que los jodan a los dos, Rhenara lo sabía y se lo calló.
—Tú también me odiabas por entonces, de no haberte enamorado de mí ni siquiera te sentirías así.
—Nunca te odié. —La honestidad de su tono me desarma, como cada vez que habla de lo que siente por mí—.
Me dabas pena y no confiaba en ti, pero no te habría hecho eso.
Mi padre se jacta de hacer siempre lo correcto, pero te ha vendido al hampa como si fueses un trozo de carne.
—Exhala largamente—. No debimos volver, tendríamos que haber ido derechos al Bosque del Draugr.
—Querías ver a tu hija.
—Sí, es cierto. —Mira de soslayo por encima de su hombro, como si no se atreviese a hacerlo del todo—. Y estoy a punto de perderla.
—Si no decimos nada, no la perderás.
—Si no decimos nada, seguiré siendo su esclavo, como ahora lo soy de La Grulla. Estoy harto de cadenas, esto se acaba hoy y si la pierdo… —se le rompe la voz— Si la pierdo…
Cojo su mano por debajo de la mesa y cuando me la aprieta me doy cuenta de que tiembla. Miro a mi nueva jefa y me aclaro la voz, proyectándola después para que me oiga.
—Puesto que el plan nos ha pillado por sorpresa, tenemos una petición.
Hace un aspaviento con la mano para que su gente calle y luego me dedica una floritura, animándome a seguir.
—Queremos ir al Bosque del Draugr por un asunto que tenemos pendiente.
—¿Qué asunto?
—Es personal.
—Los asuntos personales de mis hombres son también mis asuntos, así que…
—Queremos enterrar a una buena amiga.
Se lleva la mano al pecho, impostando una mueca afligida.
—No soy una desalmada, podéis ir mañana mismo. —Clava un dedo en la mesa—. Pero no quiero retrasos, os doy cinco días para que resolváis vuestros asuntos y luego iréis derechitos con Dedoslargos.
—Hecho.
—¿La de los dientes de conejo? —El Jefe de Asesinos hace un mohín.
—Sigue provocándome, figura.
—Haya puta paz, joder. —Grulla planta una mano en el hombro de su subordinado—.
Deja de tocarle los huevos al berserker, ya te ha dicho que no le gustan las preguntas.
Te juro que hay días en los que pienso que te has hecho tanto a la muerte que quieres encontrarte con ella, como uno de esos Guerreros Huérfanos de los que cacarea Calazar.
—Barre a los demás con un dedo—. Y lo mismo va por vosotros, nada de fanfarronadas con este pieza de aquí porque no me apetece despegaros del suelo.
No estáis tratando con cualquiera. Sed listos, coño, y empezad a tratarlo como a un león poco amaestrado.
¿Le metes la cabeza en la boca a un león? ¿A que no? Es bien simple.
La comparación me ha sentado como una patada en el culo, pero en cierto modo está diciendo que me respeta y que espera que los demás lo hagan, por lo que sonrío y doy las gracias, viendo que asienten como niños asustados y vuelven a sus conversaciones.
Éomar suspira y apoya los codos en la mesa, poniendo la cabeza entre las manos y pensando en la montaña de mierda que nos queda por escalar, afrontando otro pequeño infierno que nos separa de la libertad.
Los comensales han empezado a caer como moscas sobre la vajilla con detalles de oro y plata, sobre las jarras de al menos una mano de diámetro, sobre el mantel con motivos pintados de ninfas danzantes —que con el paso de las horas se han convertidos en demonios, debido a las manchas de grasa, sangre y vino que las deforman—.
Y coronando la madre de todas las siestas, a la cabeza de los restos de un banquete de reyes, ronca la jefa del hampa de Mirkel, con Dedoslargos a su vera; no se ha dormido y tiene una de esas borracheras que te hacen hablar por los codos con nadie en particular, sino contigo mismo.
Findar está a punto de retirarse con los demás y nos hace un gesto para que lo acompañemos.
Debo admitir que me he emborrachado también, porque no hacerlo en nuestras circunstancias sería una estupidez.
Éomar me ha seguido, es posible que haya bebido más.
Ahora nos encontramos dando tumbos por la plataforma de madera, apoyándonos el uno en el otro para no caer.
Pasamos junto al grupo de matones de las distintas facciones de la compañía, que se apresuran a cerrar las puertas para que nadie perturbe el sueño de los cabecillas.
Éomar se parte de risa contra mi cuello y soy el único que se da cuenta de que el gesto resulta un tanto cariñoso para quienes nos toman por maestro y aprendiz, por lo que lo aparto un poco y veo que hace un mohín; se da cuenta de por qué lo he hecho y vuelve a reír.
Los cronistas deciden quedarse para seguir con la fiesta en las plantas inferiores, donde la bebida no deja de correr y las mujeres tampoco, así como otros placeres que harían palidecer a un marinero nunnatí. Por lo menos no tendremos público, me digo, todo quedará en familia.
El semblante adusto de Findar no augura nada bueno, está esperando a que nos alejemos del territorio de La Grulla para preguntarle a Éomar qué coño tiene en la cabeza, por lo que camino más despacio, tan despacio como puedo para alargar la espera.
Tampoco es que pueda hacerlo de otro modo, estoy empezando a ver doble.
Rhenara mantiene a la niña apartada de los bandazos de su padre.
Estamos dando un espectáculo lamentable y no tiene pinta de que vaya a terminar pronto.
Éomar se detiene en una zona que me resulta más familiar y suelta un suspiro cargado de la frustración que se esfuerza en reprimir, observándolas mientras se alejan y planteándose quizá si volverá a verlas.
La mano de Findar lo agarra del peto, de forma tan repentina que no me ha dado tiempo a reaccionar.
Ni siquiera me he dado cuenta de que lo teníamos detrás.
Éomar estalla en risitas al verse sujeto contra la pared de ladrillo y el rugido de su padre no sirve para apagarlas.
Me acabo de llevar tal susto que se me ha pasado la borrachera de golpe, al menos la mayor parte.
—¡Dime ahora mismo a qué ha venido todo eso, necio!
—Debería preguntarte lo mismo.
—¿Este es el héroe en el que te has convertido, Ascua Danzante? ¿En un borracho soez que hace el ridículo frente a su familia?
—Siempre he hecho el ridículo, pero sí que es la primera vez que me ves borracho.
Lo estampa contra la pared contigua y trato de acercarme, pero me encuentro con la mano de Rhenara en el hombro, sólida y amenazante. Sus ojos me advierten de lo que ocurrirá si intervengo, pero también está pendiente de la niña que los observa con el labio tembloroso.
—¡Dime por qué has decidido abandonarnos y abandonar la revolución que tanto te necesita! ¡Quiero una explicación para tu deslealtad y tu desacato!
—¿Deslealtad? —ríe una última vez y tensa los músculos de la cara, en una mueca de rabia ebria—. ¿Y qué hay de lo que le has hecho a Lazor? ¡Lo has vendido a esa gentuza, con todo lo que ha tenido que pasar para convertirse en…!
—¿Y qué hay de lo que nos hizo él? —lo interrumpe, señalando en mi dirección—. ¿Tienes idea de lo que podría haber pasado si no hubiese cedido? Parece que tu amigo tiene más honor en un solo dedo que tú en todo el cuerpo. Ha cumplido mientras tú lloriqueas y te revuelves.
—¿Honor? ¿Hablas de honor? ¡Hoy me he dado cuenta de que todo lo que he aprendido de ti no vale una mierda! —Se zafa de sus manos y lo empuja—. ¡¿Cómo pretendes que lidere una revolución cuando todo lo que me has enseñado se desmorona?! ¡Todas tus lecciones, todas y cada una de tus nobles palabras!
—¡¿Y esta es tu forma de vengarte?! —Se encaran otra vez—. ¡La vida de un asesino no vale más que la de toda tu familia! ¡Se ha redimido y admito que no suele ocurrir, pero no me arrepiento de habernos protegido!
—¿Y quién decide eso? —sisea Éomar, henchido de desdén—. ¿No queda en mano de los dioses decidir si una vida vale menos que otra? ¿Eres un dios, Findar Cabeza de Hierro, o un puto villano? ¿Le estoy tomando el relevo a un hipócrita?
—Una palabra más y…
—¿Una palabra más? ¡Es la primera vez que hablo como Éomar y no como la quimera que me has obligado a ser! —Lo vuelve a empujar y trastabilla hacia un lado—. ¿No te das cuenta?
—¿De qué?
Se pasa la mano por el pelo para despejarse y mantiene la palma contra la frente, mirando a su padre con una sonrisa que no deja de crecer. La risa le vuelve a salir en tandas, erguido en una postura que en otra situación resultaría cómica.
—¿Y bien, ya lo has dicho todo? —escupe Findar.
—¿Todo? Nooo.
—Rhenara, llévate a la niña y…
—No, quiero que lo oiga. Si uno de los dos se atreve a decirte lo que piensa, quedará esperanza para el otro.
—Basta de acertijos, Éomar.
—Soy un acertijo… Y solo porque has querido que lo sea.
Deja caer el brazo y se queda mirándolo largamente, luego chasquea la lengua y dice: