Rojamuerte El trato de la grulla #4
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El trato de la grulla #4

Es obvio que sus días como mercenario han quedado atrás, no me lo imagino pegando saltos de tejado en tejado. Mordecai aprieta los labios y asiente.

—Cuéntale algo de ti, Mor, hagamos esto bien.

—Pues a ver… Puedo meterme el puño entero en la boca y se me da muy bien la pesca.

He combatido en las Islas del Invierno. Es posible que no te diga mucho si no tienes nada que ver con el que era mi gremio, pero entre nosotros es una proeza porque son una hijoputez; los Karls de por allí guerrean como demonios y no te pagan si no lo haces igual. Soy de Mizhak, en el Gran Océano.

—¿Oyes, Rojamuerte? ¡De Mizkah, ni más ni menos! ¡De una isla por y para mercenarios!

—Nos confundes con los Guerreros Huérfanos de Zaratra, que nacen mercenarios y mueren mercenarios, pero lo hace todo el mundo, así que no me molesta.

—Mordecai se encoge de hombros—. Nuestra Orden no está compuesta por gatos callejeros sin nada que llevarse a la boca, somos guerreros bendecidos por Las Ocho Tempestades.

—Los Guerreros Huérfanos siguen el culto de La Amante, surgió en Zaratra y la inventaron los mercenarios —apunta Lunar en la Frente—.

No hay cosa más sombría, eso de ser el novio de La Muerte y recibirla con los brazos abiertos, lo de amarla más que a la propia vida porque sabes que lo más probable es que mueras en cualquier momento. Uf, se me ponen los pelos de punta.

—Y este sabiondo que habla para el botón de su camisa es Calazar Bane… ¡Continenti y paladín de Iwa! Ahora convertido en Jefe de Comercio. Pregúntale lo que quieras, que tendrá una respuesta.

—¿Lo que quiera? —Los barro con los ojos—. ¿Aprueba Iwa que trabajes para la jefa de los bajos fondos?

Arquea las cejas con un respingo y frunce los labios, dejándome ver que lo he puesto en un brete. Se da un par de toques en la barbilla y contesta:

—Mi señora Iwa condena algunos de los negocios que hago y halaga otros, como haría con cualquier otra ocupación. Trato de mantener la balanza equilibrada y creo que con eso bastará, de momento.

—No imagino qué negocios vería con buenos ojos.

—El de conseguirle trabajo a la mayoría de niños que viven en las calles, por ejemplo. El de vestirlos y mantenerlos alimentados, también. Acabamos de pasar un invierno muy duro y han tenido un lugar al que volver.

—Qué altruista —siseo con sorna.

—Se hace lo que se puede con lo que se tiene.

—El retaco que hay junto a Mordecai es Gundar El Azorado, caballero juramentado de la casa Horn de Llanura Lluviosa. También del Nuevo Continente, como Calazar aquí presente. —Hace una floritura con la mano—. Adelante, sir Gundar.

—Al gracioso de Dedoslargos le gusta hacer eso, en lugar de simplemente decir que soy un bastardo de un señor de Llanura Lluviosa —resopla Gundar —. Mi madre era una de sus criadas, la echaron después de que uno de esos cerdos la violase.

—¿Y qué haces aquí?

—Soy Jefe de Estrategia y Relaciones de Su Excelentísima La Grulla —contesta con afectación, aunque no tengo manera de saber si lo está impostando—.

Sé hablar doce idiomas, entre ellos los de la gente del norte de las Tierras del Hielo y más allá.

En efecto, mi sombrío camarada, sé hablar como hablaban los primeros hombres de La Creación: el idioma del Viejo Continente.

Suelto un silbido y ríen a coro. Lo cierto es que empiezo a sentirme algo cómodo y aunque puede que se deba al vino, ya no me dan ganas de escupirles a la cara.

—Muy bien. —Dedoslargos le palmea el hombro y me apunta con su tenedor—. Te toca.

—¿Es ahora cuando nos cogemos las manitas y cantamos una canción?

—Porfa. —Hace un mohín y da un saltito, dejándome ver lo borracho que está.

—Pues me llamo Lazor. —Jugueteo con un plato vacío—. Y no me gustan las preguntas.

—¡Vamos, vamos! Pasaremos mucho tiempo juntos, no querrás que simplemente te conozcan como «Berserker».

—No me desagradaría.

Éomar frunce el ceño, sentado a mi lado. Nos ha estado oyendo y con cada palabra lo frunce más.

—Solo una cosa. —Mordecai estira índice y pulgar, formando un espacio entre ellos—. Una cosita diminuta.

Suelto un suspiro muy ronco y muy largo, porque los ojos de Éomar han empezado a aguijonearme y la curiosidad en los de los demás me irrita del mismo modo. Me siento como una diana.

—Era cuentacuentos.

—¿Cuentacuentos, un tiparrón como tú? No quiero imaginar la de calzas manchadas que debió dejar a su paso. Yo no lo dejaría con mis hijos para que los entretenga.

«No siempre fui así», me gustaría contestar.

Hubo un tiempo en el que no llevaba la melancolía grabada a la línea de la boca, en el que mi ceño apenas se alteraba, en el que me halagaban por mi sonrisa a diario.

En el que era alegre e incluso coqueto; me estoy acordando también de las riñas que tenía con mi esposa por sus celos, totalmente infundados porque solo tuve ojos para ella.

En el que fui padre de dos muchachos que en absoluto me temían, mi orgullo y mi razón de ser.

En el que fui Lazor, sin asomo de esta sombra de culpa.

En el que los días jamás perdían su luz y las noches venían teñidas de una pasión que jamás volveré a sentir, al cobijo de los brazos de mi Rossana.

Cinco años después me hallo recordándola, entre criminales frente a los que me habría meado encima cuando fui su Lazor.

Enamorado, es cierto, pero anhelando su calor como el primer día.

Dedoslargos se ha dado por vencido y ha vuelto a enfrascarse en una conversación con La Grulla. Calazar se inclina en mi hombro, cuchicheando:

—Creo que nos vas a caer bien.

—Hasta hace nada me queríais muerto.

—Fueron órdenes, lo cierto es que los tipos que te cargaste caían peor que tú. —Gundar mira a Dedoslargos de soslayo—. Ya verás que los suyos son un tanto especiales. Te va a tocar los huevos, sobretodo al principio, pero si lo dejas estar te irá bien.

Éomar se ha disgustado mucho, ni siquiera lo disimula cuando su hija le dice algo y trata de meterle un trozo de carne en la boca. Los planes se han ido un poco al traste, pero le doy un apretón en el muslo para que me mire.

—Será por un tiempo —susurro—. Sabes que trabajo rápido.

—Con unas compañías que ya empiezan a venerarte por lo que no eres, por lo que he tratado de alejar de ti —musita, mirando a Mordecai—. Ni de coña te dejo a solas con ellos.

—Aprovecha este tiempo para disfrutar de tu familia, sé que quieres hacerlo.

—Solo y a su merced, justo lo que necesita el monstruo para hacerse contigo de una vez por todas.

La Grulla se levanta y da unos toques en su jarra con el cuchillo, interrumpiéndolo y llamando la atención de todos.

Luce una pluma de águila tras una oreja, adornando el burdo recogido que se ha hecho en la nuca.

Sus pupilas se pasean con parsimonia por los presentes y le guiña un ojo a la niña que la observa mientras se llena la cara de vísceras.

—La larga estancia de Findar Cabeza de Hierro toca a su fin y la Compañía de La Grulla se enorgullece de todos los negocios que han salido bien.

Porque han salido bien todos —mueve la jarra en mi dirección—, incluso los que empezaron regular.

—Risitas de sus hombres, que me miran como lobos hambrientos—.

A su vez os deseamos toda la suerte del mundo en vuestro viaje de vuelta al Antiguo Reino.

Que tengáis mil años más de prosperidad en las tierras que os arrebataron los… ¿Cómo coño se llaman? —Mira a Calazar.

—Rh’zir.

—… Que os arrebataron los razif. Me complace anunciar también que tenemos un nuevo fichaje.

—Señala a Éomar con otro golpe de jarra, a punto de derramarla sobre una empanada a medio acabar—.

Ascua Danzante se nos une para dar caza a los…

—Mira a Calazar, que musita la palabra que no recuerda—.

Razif que andan metiendo las narices en nuestro negocio.

Te los devolveremos a la mayor brevedad posible, Findar, sabes que siempre cumplo con mi parte de lo acordado.

Me giro hacia Éomar como un resorte y se mantiene firme, con los ojos fijos en La Grulla.

Por otro lado, parece que Findar se acaba de enterar de esto, por cómo hincha los carrillos y mira a su hija.

Si me quedaba alguna duda de que es mi último día en el mundo, se acaba de esfumar, porque las noticias no terminan de empeorar para él.

La Grulla alza su jarra para que la imitemos y lo hacemos con el entusiasmo de una puta con el último cliente del día.

Se sienta después, para volver de lleno a su conversación con Dedoslargos.

—No me has consultado esto —farfullo.

—Como tú no me consultaste, antes de acceder.

—No tenía opción y tú sí.

—Te equivocas. Cualquier opción lejos de ti no es una opción, sino un castigo —gruñe, arrojando un hueso contra el venado—. Y sí que la tenías.

—¿Y cuál era, salvo la de masacrar a toda esta gente para salir de aquí, arriesgando la vida de tu hija?

Asiente y juguetea con otro hueso.

—Terminaremos con esto juntos, por poca gracia que me haga que los problemas no dejen de llegar.

—La choza en la que seremos felices no queda lejos, confía en mí.

Nos miramos a los ojos y su expresión se suaviza, lo suficiente como para que asome un amago de sonrisa. La niña se le cuelga del cuello y apoya la barbilla en su hombro, oculta tras su espalda.

—Te quiero, papá.

—Y yo a ti. —Besa la manita que apoya en su brazo—. Es más, no hay estrellas en el cielo para compensar lo mucho que te adoro.

—Ya no te vas a ir, ¿a que no?

Se da un momento para contestar y muere la sonrisa que por fin me dedicaba.

—Papá se tiene que ir otra vez, me temo.

—¿Con Lazor?

—Con Lazor.