Rojamuerte El trato de la grulla #3
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El trato de la grulla #3

—Es lo que tiene ir mirando a todo el mundo por encima del hombro —contesta a mi espalda, demostrando que también tiene el oído fino—. ¡Gloriosa victoria la tuya, berserker, pero no te alejes mucho!

Los salones de La Grulla parecen sacados de la pomposa pintura de la alcoba de un Regente; hay molduras de pan de oro por todas partes y me pregunto cómo lo han hecho, teniendo en cuenta que es otra de las muchas cámaras de las que se compone el submundo.

Una de las paredes está cubierta de más tapices y la otra exhibe un retrato al que han clavado numerosos cuchillos, imagino que se tratará de un competidor que le saca de quicio o de un viejo amante.

Me quedo a la zaga de la comitiva, admirando el mobiliario y las alfombras; cuenta hasta con una cama de postes altos y cortinas de terciopelo.

Intuyo que se acaba de levantar hace un rato, porque sigue deshecha y un bostezo recorre la estancia, invitándome a mirar en su dirección.

La Grulla nos espera al otro lado de un lustroso escritorio de madera rojiza, lleno de papeles y frascos de tinta.

Su mano descansa junto a un manojo de hierba que se parece mucho al zesk y el dorso de la otra sostiene su barbilla, que cuenta con un pronunciado hoyuelo.

Estimo que rondará los cincuenta años o que ha tenido una vida muy dura, por las arrugas que le rodean la boca y los ojos, que no enturbian lo que sea que me atrae de ella.

No es guapa, su nariz ganchuda y torcida desentona como una pincelada díscola, pero cuenta con el atractivo de una mujer que lo tiene todo y que gobierna con brazo de hierro.

Siempre he tenido cierto gusto por ellas.

Se rasca una mata de cabello moreno y ensortijado, que muestra señales de que en efecto se acaba de despertar; puede que no estuviese reunida en el más estricto sentido de la palabra, aunque me pregunto qué hacía aquí tanto matón mientras se follaba a Lord Pomposo de Garmont.

Dejo de preguntármelo porque el pensamiento me causa bastante grima, por atractiva que me esté resultando la puesta en escena que ha orquestado la mujer que trató de asesinarme hace unas semanas.

Bosteza otra vez y no se molesta en ocultarlo tras la mano, ha sonado tan furioso que por seguro lo han oído fuera.

Despega los labios un par de veces, como si paladease algo, y mira a Findar con una sonrisa torcida.

—Enhorabuena.

—Muchas gracias.

—No veo al otro. —Se inclina hacia un lado y hace un gesto con la mano—. Acércate, que no muerdo.

Doy unos pocos pasos y me sitúo junto a Éomar, con una mueca displicente. Me la devuelve y empieza a llenar su pipa con la hierba.

—Lazor Rojamuerte, ¿me equivoco?

—¿Qué tal si lo dejamos para luego? —Findar trata de parar lo que sea que está ocurriendo, empieza a darme mala espina.

—Sois mis invitados, así que se hará cuando yo quiera. —Lo señala con la pipa—. Me gusta quitarme las cosas de encima tal cual van llegando, para que no se me acumule el trabajo. —Me barre con sus ojos claros—. Findar no te ha contado nada, imagino.

Lo miro y resopla, porque su hijo también acaba de fulminarlo. Rhenara mantiene la vista en el suelo, sosteniendo la mano de su hija, y los cronistas la imitan al cabo de unos instantes. Me temo que los únicos sorprendidos somos mi maestro y yo.

—¿De qué?

—Llegamos a un trato para que mis chicos te dejasen en paz y no los echasen de las cloacas. —Echa mano de un yesquero, para encenderse la pipa—. No pensarías que todo quedó en una palmadita en la espalda y adiós muy buenas, ¿no?

—Lo cierto es que sí.

—Me gusta mantener buenas relaciones con mis socios y suelo dar el brazo a torcer, pero también lo mantengo firme para que recuerden con quién tratan. Findar me habló de quién eres y averigüé lo demás, no me costó mucho.

—¿Quieres que me convierta en tu matón?

—No tengo vacantes abiertas para el primer carnicero que se cruza en mi camino, así que digamos que será una cosa temporal y luego ya veremos.

—Fuma y deja que el humo escape por sus fosas nasales—.

Quiero que te encargues de un grupito de mestizos que me viene tocando el coño desde hace cosa de un año, a mí y a Su Excelentísimo Sandan Methren.

Teniendo en cuenta lo que acabas de hacer con el culto de Shal’karath, no te supondrá mucho problema.

—He dejado eso atrás.

—Lo ha dejado atrás —secunda Éomar con un rugido corto.

—Pues no haberte puesto a matar a mi gente nada más llegar a mi ciudad. —Se encoge de hombros y vuelve a fumar—. Controla a tu chico, Findar, no me está gustando la carita que me pone.

El anciano le coloca una mano en el hombro a modo de advertencia, pero Éomar se la aparta de inmediato. Suspiro y compartimos una mirada breve, cargada de rabia y una intensa decepción. Sacude la cabeza porque intuye lo que voy a contestar.

—Necesitaré más información.

—¿Quién diría que vuestra especie fuese a montárselo como nosotros fuera del Antiguo Reino? Se están haciendo grandes en Mezeen. Y pensaréis: «Eso está al otro lado de T’har Kul, ¿por qué se preocupa?».

—Efectivamente.

—Por dos motivos: uno es que tendéis a radicalizaros y no quiero otro culto de nigromantes.

—No nos radicalizaríamos si nos trataseis como a personas.

—Y el otro es que me están jodiendo los negocios, porque se dedican a vender su sangre y sus escamas, sin intermediarios. Se han convertido en muy buenos competidores y no me gusta.

—Prefieres dar caza a drazir para venderlas por tu cuenta.

—El negocio de sangre y escamas lo tenemos con una cartera de donantes amplia y muy servicial, a los que no torturamos ni asesinamos.

—Hace un movimiento cortante con la pipa—.

Quiero que vuelva a mis manos y a las de Sandan, así que vas a ser mío hasta que los devolvamos al Antiguo Reino.

Toma en cuenta esto que digo: mío. No responderás ante nadie más, en caso de que Sandan se crea con derecho a usarte.

—¿De cuántos estamos hablando?

—No es un grupo grande, imagino que serán unos cien. El problema está en que saben esconderse y en que Mezeen es ahora suya, por poquitos que sean.

—Así que quieres una orgía de sangre, en la ciudad con más efectivos de la Inquisición.

—Evita a la Inquisición, por favor. Que sea discreto. Con que te hagas con la cabeza de su líder y se la enseñes a los demás, quedará claro quién controla el negocio. Seguro que han oído hablar de ti, juega con ese terror y venceremos.

Mi maestro arruga la cara como si fuese a abalanzarse sobre su padre, que hizo el trato a nuestra espaldas y puso en juego mi pellejo a cambio del de su familia.

Teniendo en cuenta la persona que fui, habría hecho lo mismo en su lugar.

¡Qué coño!, causé el problema, lo mínimo que puedo hacer es enmendarlo.

Me paso la lengua por las encías y asiento, viendo que la Grulla extiende una mano para que cerremos el trato.

Hago lo propio y suelta una risita cascada, para celebrarlo con una nueva calada.

—Bienvenido a la familia, Rojamuerte.

—Soy Trueno Acechante.

—Me gusta más Rojamuerte, así que te quedarás con ese.

—Has dicho que será temporal.

—Todo en la vida lo es. —Se vuelve hacia los demás y extiende los brazos—. ¡Vamos con ese festín, me he despertado con un hambre de reyes!

Hay que reconocerle algo a La Grulla: sabe cómo compensar un momento tenso y potencialmente desagradable.

Nos hemos sentado a una mesa larga que nos acoge a todos y se nos han unido sus cabecillas.

Llevo un rato tratando de ignorar las incisivas miradas que me echa Dedoslargos, porque se está regodeando en una victoria cuyas mieles terminarán empalagando, hasta convertirse en un buen trago de brea.

Un venado recién cazado ocupa el centro de la mesa y se han dispuesto otros manjares a su alrededor para los que gustan de no comer carne cruda.

La Grulla nos encabeza y Findar se sienta en el lado opuesto; jefa de los bajos fondos y héroe caído se miran a los ojos de cuando en cuando, dándose a entender que no correrá la sangre tras lo ocurrido.

Éomar se sienta a mi izquierda, junto al resto de su familia, por lo que los matones quedan a mi otro lado.

Me doy cuenta de que se han convertido en mis nuevos camaradas y hago un esfuerzo por no gruñir cada vez que se dirigen a mí.

—¿Cómo es eso de ser un berserker? —pregunta uno con una barbilla muy redonda, tanto que parece que no tenga.

—Dicen que danzáis con La Muerte en la espalda —añade otro con un lunar muy grande en la frente, que se rasca a menudo—. Hemos oído las historias.

—Y yo que me alegro.

—De cómo empalabas a gente con tus propias manos, uno a uno hasta llenar su aldea.

Dicen que a veces los colocabas aquí y allí como si todavía estuviesen vivos, mirándose cara a cara, como si charlasen.

—Sin Barbilla se estremece—. Joder, nunca me he sentado a la mesa con alguien como tú, estás como una puta cabra.

No sé qué me enerva más, si sus risitas o el tono de admiración que me dedica cuando enumera mis atrocidades. Cierro la mano en la mesa y fuerzo una sonrisa conciliadora.

—No todo lo que se oye es cierto.

—Los modestos son los más peligrosos —replica uno muy bajito, que ha necesitado un par de cojines para que la mesa no le quede a la altura del cuello—. Os digo que este tipo va a dar que hablar, no se atreverán ni a respirar en nuestra presencia.

—Y se lo debemos a la jefa, que siempre ha tenido buen ojo —lo secunda Sin Barbilla.

—¿Habláis de mí? —La Grulla pincha un trozo de la empanada que tiene delante y empieza a picotear de ella, girando el tenedor que la sostiene—. ¿Cómo te desenvuelves, Rojamuerte? ¿Te caen bien mis chicos?

—Me temo que no hemos hecho las presentaciones.

El Jefe de Asesinos hace honor a su nombre y extiende sus largos dedos —joder, son muy largos— para señalar a sus socios. Empieza por Sin Barbilla, que también tiene tres papadas.

—Este es Mordecai Sith, ex soldado de fortuna y Jefe de Espías.