Rojamuerte El trato de la grulla #2
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El trato de la grulla #2

—Sí, padre, ha terminado. Shal’karath y G’lar son historia y es gracias a la vida de nuestros compañeros. —Se golpea el pecho con el puño—. Podemos volver a nuestro hogar, lo hemos recuperado.

Una sonrisa comienza a dibujarse en el rostro del viejo, a la que acompañan las joviales carcajadas de los cronistas que aplauden nuestra proeza.

La reticencia con la que me miraban ha dado paso a una euforia explosiva, se abrazan incluso y palmean a Findar en el hombro.

El guerrero va al encuentro de su hijo y toma su rostro con firmeza, para mirarlo a los ojos.

—Ahora eres un héroe del Antiguo Reino, Ascua Danzante. — Mira a la niña, que no entiende lo que pasa e imita los botes de los cronistas, y luego a Rhenara, que reprime un sollozo—. Llora, hija mía, no hay lágrimas más dignas que las de la victoria.

Los observo en silencio, henchido del orgullo que me palpita por el cuerpo.

He ayudado a devolver la esperanza a esta gente y es todo lo que debe importarme en este momento, los lamentos por lo que nos proponemos pueden esperar.

Los cronistas hablan atropelladamente acerca de los preparativos para retornar al Antiguo Reino, se han unido a la familia en un coro de risas agudas.

Éomar extiende un brazo para que los acompañe y accedo con reticencia, pero Findar toma mis mejillas también y dice:

—Pensé que mi hijo se equivocaba contigo, pero has sido un regalo del mismísimo Astharoth. Pídenos lo que quieras y lo tendrás, Rojamuerte.

«Que no trates de asesinarme cuando tu hijo te informe de que no quiere ser un héroe y de que se quiere fugar conmigo, para esconderse del mundo en una choza».

—Ahora es Trueno Acechante.

—Es sin duda el nombre de un héroe —apunta Rhenara, mirándome con el mismo entusiasmo.

—Su nombre de héroe es Gruñidos —replica Éomar.

La drazir esboza una mueca jocosa y asiente.

—Hay que celebrarlo como corresponde, con un buen festín. —El cronista de escamas verdes mira a su compañero—. ¿Se nos ocurre cómo hacerlo posible? ¿Tiramos del contacto para emergencias?

—¿Vyraz, el viejo bobo? Desde lo del Dragón Cachondo está teniendo mucho cuidado.

—Pero hará hueco en su sótano para los héroes del Antiguo Reino, sin duda.

—No contaría con ello.

—¿Cómo están las cosas con La Grulla?

—Han vuelto a su cauce habitual —responde Findar—. Costó un poco, pero creo que nos debe un festín.

—Pues me pongo en marcha ahora mismo. —El cronista de escamas blancas va hacia la galería por la que entraron.

Me mantengo apartado hasta que llega la hora de reunirnos para el festín, porque quiero que Éomar disfrute de su familia; por otro lado, batallo con el miedo de que se eche atrás con su decisión, aunque no lo expresaría ni por todas las escamas del mundo.

La adversidad juega con la mente, es un hecho.

Puede que al volver se haya dado cuenta de lo mucho que lo ha echado de menos.

No me extrañaría, ahora que ha recuperado todo lo que le arrebataron y que no esquiva ni uno solo de los besos que le da Rhenara.

Me lee como un libro abierto, así que camina hasta el rincón en el que me autocompadezco y me da un toque en la rodilla, sirviéndose del pie.

—¿Qué pasa, Muecas?

Se sienta en la tubería y apoya los codos en los muslos, con una sonrisa que despejaría las tormentas del Mar del Silencio.

Clavo las pupilas en la niña y en Rhenara, se entretienen con una cancioncilla infantil mientras la primera hace cabriolas.

No estoy en condiciones para contestar, la sensación de vértigo me ha cerrado la garganta.

—Pídele que se calle, palurdo.

Esbozo una sonrisa torva y carraspeo para no contestar en un hilo de voz.

—¿A quién?

—A la vocecilla que te dice que me he arrepentido. —Se acerca más, hablando en tono confidencial—. No te vas a librar de mí, con todo lo que me ha costado convencerte para que te quedes.

El pelo le ensombrece la mitad del rostro y me contengo para no echárselo tras la oreja, algo a lo que ya me he acostumbrado y que añoro. Lo hace por mí.

—Decidas lo que decidas, no me voy a enfadar ni me voy a suicidar ni nada de eso. Me he convertido en el tipo que siempre has querido que sea y lo afrontaré con entereza. Sería una vida triste de cojones, pero la viviría hasta el último día y me emborracharía pensando en ti cada noche.

—Qué bonito.

—Lo aceptaré, como he aceptado lo que soy.

—Pero quieres salir huyendo, que es lo que haría el Lazor de antes.

—Me da un cariñoso empujón con el hombro.

Resoplo y me froto las manos, porque se me han entumecido. Suelto un suspiro ronco y me las paso por el pelo, con la cara cerca de las rodillas.

—Vale, reconozco que estoy cagado de miedo. —Levanto la cabeza y me acosa un mareo repentino.

Detiene mi rodilla, pues ha empezado a moverse de arriba abajo.

—Yo también, y necesito que uno de los dos se mantenga entero.

—¿Y si no se lo decimos? No hace falta, ¿no? Podemos hacernos los locos.

—Claro que sí, seremos los amigotes que viven apartados del mundo y que son solo amigotes. Nadie es tan tonto como para creerse esa treta.

—No lo sabemos, habrá que ponerlos a prueba.

—No me voy a seguir escondiendo y tú vas a dejar de huir. Ya no somos esas personas. —Se levanta y me ofrece la mano—. Han vuelto, los oigo.

—Mejor no me des la manita. —Me levanto con brusquedad y me ajusto el tiro de los pantalones—. Espera a que estén borrachos.

—Me enterneces cuando te pones nervioso, me recuerdas a un cachorrito muy grande. Creo que por eso te adopté.

—Es mi encanto natural, ese y el de destrozar familias.

El mundo subterráneo del hampa me impresiona.

Debo admitir que se las han apañado muy bien para establecer un pequeño reino en el alcantarillado de la ciudad, lleno de plataformas de madera que rodean las cámaras y aprovechan la altura de las más profundas para dividir su base de operaciones en cuatro plantas, por las que pululan asesinos, rateros, putas, alcahuetes y todo tipo de ciudadano de mal vivir.

Algunos se dedican a su oficio sin pudor alguno; he perdido la cuenta de la cantidad de borrachos que se desfogan a la vista de todos, con una puta trabajándoles la entrepierna.

Un par de niños se me han acercado haciendo uso de una inocencia que perdieron hace tiempo, con intención de vaciarme los bolsillos; me conformo con gruñirles y no parece que los haya intimidado, pero me dejan en paz.

La desmadejada población de La Grulla se echa a un lado al ver a Findar y a sus hijos, como si los conociesen bien y prefiriesen no cruzarse en su camino, aunque percibo alguna que otra mirada de intenso respeto, mientras recorremos las plataformas para llegar hasta una tabla muy empinada que conduce a la más alta.

Han colgado tapices tan caros como el rescate de un rey en las vigas que sostienen la estructura, a modo de cortina.

Las alfombras que pisamos son de hilo dorado, aunque han quedado muy desvaídas por la constante ida y venida de pies embarrados.

Un grupo de matones nos corta el paso cuando llegamos a una suerte de umbral con puertas dobles, que vigilan como si se tratase de la entrada a un templo.

Se adelanta uno con una cicatriz en la mejilla, que algún desgraciado le cosió de mal modo y que le cruza un párpado en el que bulle un iris claro y con muy malas pulgas.

Lleva unas botas cojonudas, con tacón y punta de acero.

Caigo en la cuenta de que nos hemos visto antes: es el asesino que me prometió que lo nuestro no acabaría, el día que conocí a Éomar.

—Muy buenas —saluda con desenfado, echándose el abrigo hacia un lado para que veamos la ristra de cuchillos que pende del cincho que le rodea el torso—. Está reunida.

—Pues esperaremos —contesta Findar.

—Coño, tu cara me suena. —Cicatriz me señala—. O lo que queda de ella. —Se señala un ojo, indicando que ha reparado en mi parche de cuero—. Eres el buscalíos al que perdonamos la vida.

—El mismo.

—Nunca me quedé con tu nombre.

—¿Y por qué querrías?

—Trueno Acechante —interviene Findar, dándole a entender que también se está cabreando—. Es uno de los nuestros.

—¿Y dónde te has dejado a la chavala con dientes de conejo? Sí, hombre, la que iba contigo. —Cicatriz lo ignora y sigue mirándome—. Ya ves que tengo buena memoria.

—Te presento a Dedoslargos, Jefe de Asesinos de Su Excelentísima Grulla. —Findar suspira, volviéndose hacia mí—. Debí suponer que esto era inevitable. —Mira al Duque Cuchillos—. ¿Se quedará en un par de pullas?

—Si mi señora dice que lo deje estar, lo dejo estar. Soy manso y obediente como un corderito, aunque me joda que se cargase a mi mejor hombre.

—¿Cuál de ellos era? —pregunto— Porque no eran nada del otro mundo.

—Imagino que para un berserker debió ser como un paseíto por el parque —sonríe al ver mi reacción—. Sí, mi señora ha hecho los deberes y lo mismo tiene una oferta para ti y todo. —Se lleva un dedo a los labios y me guiña un ojo—. Pero no lo has oído por mí.

Éomar es el único que parece inquieto; tal vez se deba a lo que acaba de sugerir, pero lo tomo por otra bravata de este excéntrico personaje y sonrío.

Las puertas se abren y un hombre que va mejor vestido que cualquier tipo de la nobleza pasa junto a nosotros, seguido por una diatriba de matones que ni por asomo visten como él.

La llamativa pluma de su sombrero de ala ancha se aleja dando botes y me inclino para susurrar en el oído de mi maestro:

—¿Es de alta alcurnia?

—Ninguno lo es, pero admito que tienen buen gusto para la ropa. —Ríe un poco, pareciendo más relajado—. Ese es Sandan Methren, gobierna el hampa de Garmont.

—Mi señora Grulla os recibirá ahora. —Dedoslargos estira un brazo con aire ceremonioso—. Ah, y enhorabuena por la victoria. Estaréis muy contentos de poder volver a casa y de la celebración que mi patrona ha montado para vosotros. —Me mira—. Nos veremos luego, Rojamuerte.

—La madre que lo parió, lo tomé por un matón más —mascullo, caminando junto a Éomar.