El trato de la grulla
EL TRATO DE LA GRULLA
El peregrinaje comienza tras una parada en la aldea que ayudamos a reconstruir, para hacernos con una sustancia en la que meter los corazones de Mircea y de Fel’nis, elaborada por la curandera Thara, con el fin de preservarlos hasta que lleguen a su lugar de destino.
Éomar y yo nos dirigimos al Bosque del Draugr, para enterrar a Mircea junto a Rona.
Por otro lado, quiere que nos detengamos en Mirkel porque desea ver a su familia.
La decisión me altera un poco, pero quiero ayudar a apaciguar las inquietudes de mi compañero.
Z’na se separa de nosotros a mitad de camino, para dirigirse a su aldea con el corazón de su hermano.
Los guerreros que se quedan con ella no parecen en absoluto entusiasmados y se mantienen apartados mientras nos despedimos; les espera un camino arduo y no solo se debe a que tendrán que ayudarla a moverse.
Se las apaña bien con una robusta rama que encontramos en un bosquecillo y con las pociones de la curandera, pero sigue teniendo la pierna destrozada.
Le revuelve el cabello a Éomar y lo intenta conmigo, pero no me alcanza la coronilla.
Me agacho para concedérselo y se echa a reír.
—Os deseo toda la suerte del mundo, admito que hacéis buena pareja —farfulla lo siguiente, como si se le fuesen a caer los dientes—. Y piensa en lo que dije, Éomar.
—¿Qué? No te he oído.
—Me disculpé cuando…
—Creo que no lo recuerdo.
Lo recuerda perfectamente, pero está disfrutando de las mieles de la victoria sobre su ego.
—Siento lo que te hice, todo lo que te hice. Eres muy buen guerrero y espero que tu padre te reciba con los brazos abiertos.
—Gracias, Z’na.
—¿Has pensado en tu nombre de héroe? ¿Seguirás con «Ascua Danzante»?
—No lo sé, ya se me ocurrirá algo.
—¿Y qué hay de ti, Lazor? Ahora eres un héroe, también.
—A propósito de eso, lo de «Aurora Escarchada» viene por tu genio, ¿no? —pregunto con sorna.
Me da un puñetazo en el brazo y me lo froto.
—Sí, Fel’nis me ayudó a escogerlo. Al cabrón se le daba de miedo lo de los nombres, escogió hasta el de nuestro hijo.
—¿Estarás bien? —pregunta Éomar.
Lo mira con una ceja alzada, como si preguntar por la mitad del corazón que le falta fuese absurdo. Los ojos se le humedecen, pero se mantiene estoica.
—Claro que estaré bien, siempre estoy bien. De todos modos, Fel’nis no lo habría querido de otro modo. —Se barre el párpado con un nudillo—. Echo de menos hasta sus broncas.
—Era único echando broncas, calaban muy hondo.
—No eran tan estridentes como las tuyas, así que tenían más efecto —lo secundo.
—Pues no he terminado con vosotros, a partir de ahora os echaré la bronca por los dos —se le corta un poco la voz y se la aclara—. Vendréis a verme, ¿verdad?
—Es posible. —Éomar se encoge de hombros y se echa a reír al ver que le lanza una mirada heladora—. Hemos compartido mucho como para que todo quede aquí, aunque me hayas hecho odiarte con una pasión aterradora.
—Así empiezan las grandes historias, héroe.
—Qué raro suena eso en tu boca.
—El Nudo se volverá a reunir —asiento.
—Al menos, lo que queda de él.
—Bueno, ya está bien de mimitos. —Se apoya en la rama y empieza a dar la vuelta—. Buen camino.
—Buen camino, Z’na.
—¿A qué coño estáis esperando para ayudarme? —la oímos bramar mientras se aleja—. ¿Queréis que baje la pendiente rodando?
—Me pregunto cuánto tardarán en asesinarla.
—Les doy un día.
Miro a Éomar, que parece muy satisfecho por habérsela quitado de encima y por que por fin lo haya reconocido como a un igual, aunque no lo vaya a decir en voz alta.
Su iris naranja se encuentra con el mío y me obsequia con una de esas sonrisas que sonrojan a las novicias y pueblan los sueños húmedos de los aficionados a las gestas.
—¿Entonces puedo elegir un nombre de héroe? No me siento como tal, pero si te empeñas…
—Puedes hacer lo que te dé la gana, Lazor, no me voy a poner quisquilloso.
—Es que Mircea me puso uno, pero no suena bélico.
—¿«Gruñidos»? Me parece que ya no gruñes tanto, pero me gusta. No suena como «Vientoblanco» o «Trueno Acechante», pero no escogemos nombres por su belicismo.
—¿Y cuál escogerás para ti?
—Creo que le voy a decir a mi padre que ya no quiero ser guerrero.
Arqueo las cejas, dejando que apoye la cabeza en mi hombro.
—¿Estás seguro?
—Por primera vez, estoy escogiendo la vida que quiero. Voy a ser… simplemente Éomar.
—De acuerdo, Simplemente Éomar, ¿sabes cómo se lo vas a decir?
—Cómo se lo vamos a decir…
—Me va a partir por la mitad, por no hablar de lo que me hará Rhenara.
—Estoy orgulloso de ti y quiero que lo sepan.
Si de verdad me aprecian, lo aceptarán y sino…
¡Astharoth Todopoderoso, qué bien sienta esto!
—Se muerde el labio, con la vista fija en los riscos que se extienden frente a nosotros—.
El mundo está lleno de posibilidades. Cuando recuperemos el Antiguo Reino podremos construir una cabañita donde queramos y ser lo que queramos.
—Entorna los párpados, pensativo—. ¿Qué seremos?
—Me gustaría retomar lo de cuentacuentos y ser algo parecido al Lazor de antes. Seré Gruñidos y seré Lazor, creo que los necesito a ambos.
Me besa y nuestros cabellos se mezclan con un jirón de viento, el fuego y las ascuas bailan y se entrelazan en una promesa muda que ni Los Hados podrán romper. Me quedo contigo y me quedo conmigo, porque amo todo lo que soy a tu lado.
Y ojalá que sea por muchos años, Nimaendra.
Por complacido que me sienta al regresar a Mirkel, no celebro el modo en el que volvemos a entrar en la ciudad, a través del conducto pútrido y fangoso que nos escupió la última vez.
Éomar no ha perdido la sonrisa casi infantil que lleva esbozando desde que me comunicó su decisión; parece que camina por la prístina alfombra de la corte de un Regente, hasta los brazos se le balancean con brío.
Me encuentro tenso, tanto que la mandíbula me molesta, pero no es nada comparado con lo que siento una vez llegamos a una galería que se bifurca con la que debemos tomar para dar con su gente.
Nota que llevo un rato sin saber qué hacer con las manos y se detiene, para atrapar mi pulgar con el suyo y acercarme a su cara.
—No te preocupes —digo—, solo me estoy preparando para que me rompan todos los huesos.
—Ocurra lo que ocurra, te protegeré.
Me da una palmada en el brazo y le revuelvo el pelo, imitando el desenfado con el que se expresa.
No pasa nada, es muy posible que de aquí a una hora me hayan descuartizado, pero qué bien lo hemos pasado cazando nigromantes y follando.
Caminamos el uno junto al otro y nos detenemos cerca de la cámara en la que me recibió Findar la primera vez.
Éomar se lleva un dedo a los labios y señala.
Sigo su garra con las pupilas y curvo la esquina de la boca al ver a su hija, entrenando con su abuelo.
Parece que están jugando y puede que sea así, pero cuenta con todas las bases de un entrenamiento.
Le está enseñando a mantener el equilibrio y no se le da nada mal.
Una mezcla de orgullo y melancolía embarga los ojos de mi maestro, hasta se ha mordido el labio.
Lhenara gira como un resorte al percibir la inconfundible esencia de su padre y chapotea hasta nosotros, a una velocidad nada desdeñable; sorprendentemente, Findar ha tardado más que ella en darse cuenta y lo atribuyo a los achaques de la edad o a que estaba muy concentrado en su nieta.
—¡Papá!
Pega un bote y se le cuelga del cuello, para cubrirle de besos. Reparo en la lágrima que se le ha escapado a mi maestro, amenaza con ser la primera de muchas y no deja de pestañear. Rhenara entra corriendo en la cámara y suelta una aguda exclamación, mirando a su padre después.
—Estás… Astharoth Todopoderoso… Estás…
Éomar se le acerca, con la niña todavía en el cuello, esquivando besos para poder mirarla. Rhenara los envuelve en un fortísimo abrazo, dando gracias a Astharoth porque hayamos vuelto.
Decido que me voy a quedar en el umbral del conducto.
Por nada del mundo quisiera perturbar el encuentro con mi sonrisa torcida, provocada por todas las dudas que me asaltan.
Lo que está a punto de ocurrir se hará infinitamente más difícil ahora que he visto esto.
Comparto un leve asentimiento con Findar, que ha empezado a acercarse, y vuelvo a hacerlo cuando dos de los cronistas que viajaban con Z’na se unen a la comitiva de bienvenida.
—Te he echado mucho de menos, papá.
—Y yo a ti, mi vida.
—No debí despedirte de ese modo, lo he estado lamentando a cada latido —susurra Rhenara—. Cuando dejamos de recibir noticias pensé lo peor, después de que llegaseis a Satirican…
Éomar le pone una mano en los labios y sacude la cabeza, después la desliza hasta su vientre.
—¿Cómo estáis?
—Estamos bien, creo que va a ser niña.
—¿Otra niña?
—¿Te disgusta?
—Me encanta.
Lo besa y la corresponde con fervor, uniéndose al gozo de haber vuelto.
Una punzada me atraviesa desde la coronilla; no son celos, sino algo peor.
Soy el intruso que viene con las peores noticias imaginables.
El bonito momento que hemos compartido en el acantilado palidece y me obligo a mantener la cabeza baja para que no vean que arrugo el gesto.
Findar todavía no ha hablado, a todas luces espera que le informemos de lo ocurrido.
Tu hijo acaba de volver con vida, no te mataría un puto abrazo.
Éomar se gira hacia él y lo saluda con un asentimiento, al dejar a la niña en el suelo.
—¿Dónde están los demás? Nos llegaron noticias de que U’zhen, Wyrran y Thyn se os unieron con sus guerreros, así como Fel’nis y U’hrk —rompe el hielo, inexpresivo como una pared.
—Los perdimos, salvo a Z’na. Se dirige en este momento al Antiguo Reino, para enterrar el corazón de su hermano.
—¿Se dirige al…? —Findar comparte una mirada con los cronistas—. ¿Eso quiere decir que…?