Rojamuerte Quien tensa la cadena #3
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Quien tensa la cadena #3

—Astharoth Todopoderoso, te amo más de lo que jamás he amado a Rhenara y lo cierto es que me asusta.

Hay que ver lo cerca que he estado del síncope, sin moverme un centímetro. El cielo ha muerto y renacido en los cuatro latidos que ha durado su confesión y ni siquiera he pestañeado. Se me ha secado la boca, hasta me he mareado un poco, pero aquí sigo.

—Por eso dudas.

—Sí.

—La adversidad crea extraños compañeros de cama, pero yo dudaría también. Cuando un oniromante se mete en tu cabeza, dudas hasta de tu propio nombre. Conozco la sensación y no te lo reprocho.

Las estrellas se reflejan en sus pupilas y titilan cuando pestañea. Le paso un nudillo por la frente para apartarle un mechón de pelo.

—Pero quiero amarte, Lazor, sea o no verdad. Me salvaste la vida y viste algo en mí que ni siquiera Rhenara vio. No sé si quiero ser un héroe, le concederé eso a G’lar, pero quiero pasar contigo el resto de lo que te queda en el mundo.

Cojo aire y lo suelto, porque el diluvio está cerca. Llevo queriendo oír eso desde que dejamos La’Miel y he llegado a pensar que de hecho no lo haría. El miedo ha dado paso a una excitación peligrosa, quiero sentirle y las palabras no bastan.

—Admito que me he pasado de la raya al decirle a Z’na que acabaste con G’lar.

—No, qué va. Si no lo hubieses hecho me habría complicado las cosas, especialmente con mi padre. No quiero humillarlo, tome o no la senda que se espera de mí.

—No eres un guerrero mediocre, Éomar. —Uno mi frente a la suya y me contengo para no hacer más, porque me lo quiero comer a besos—.

No necesitas la aprobación de nadie, pero si confías en mí del modo en que sé que lo haces, debes creerme cuando te digo que eres la persona más especial de un mundo que no te merece.

Yo ni siquiera te merezco y aquí me tienes, creyendo en imposibles.

Se pega a mí en un beso ansioso y húmedo.

Meto una mano en sus cabellos cobrizos, amándolo bajo un cielo que pensé que no volvería a contemplar.

El héroe se queda con el monstruo y el monstruo aprende a ser lo que el héroe necesita.

El amor nos convierte en villanos, es cierto, pero también en esto, lo que sea que me haya ocurrido desde que lo conozco.

Me quita el abrigo en una diatriba de molestas hebillas y correas, para seguir con su peto y el mío.

Las estrellas centellean en sus escamas cuando se echa sobre mí y lo celebro con una risita áspera, ciñendo los dedos a los muslos que dobla a cada lado de mi cuerpo.

Se escupe en la mano y la sigo con los ojos, hasta que envuelve mi miembro y estiro el cuello en un ronroneo ahogado.

Su abdomen herido se tensa con su respiración irregular y sonrío al ver cómo le repican las escamas, señal de que quiere más.

Gime con los labios pegados a mi barbilla mientras se mueve en un vaivén lento.

Me roza la cara con el pelo al aumentar el ritmo y arruga el labio en un rictus que ya echaba de menos, cuando cierro la mano en su miembro e igualo su vaivén.

Gruñimos a la par. Le agarro de la nuca y pego mi nariz a la suya, estoy tan excitado que debería tratar de tranquilizarme un poco.

Pero no hay forma, no mientras me mire a los ojos.

No mientras me muerda la oreja y susurre mi nombre.

—Avísame —musita, como si me hubiera leído la mente.

—Pues te aviso ya.

—¿Ya?

—Mhm. —Me roza el hombro con la barbilla cuando lo muevo con más vigor, me hago sangre al morderme el labio—. Velo rojo.

—Mierda.

Se separa un poco y mi semilla le empapa la mano, saliendo en un pequeño arco que acaba en mi abdomen.

El delicado aleteo de mis escamas repica en su palma y la mantiene presionada mientras se muerde una esquina del labio, conteniendo las oleadas que quedan, disfrutando con mis suaves ronroneos.

Me besa mientras me vacío, saborea mi sangre y mueve las caderas, porque a pesar del éxtasis que me aletarga he seguido acariciándole.

Trata de contener los ronroneos que cada vez se vuelven más fuertes, para no despertar a los pocos que acampan con nosotros, que de hacerlo se encontrarían con una estampa curiosa.

No hemos sido discretos, pero estoy demasiado ocupado viendo cómo tiembla sobre mí, crispando las manos que apoya a cada lado de mis hombros.

Le falta poco, así que le presiono la punta y aumento el ritmo, viendo cómo se le tensan los músculos del cuello y de los hombros.

Jadea un improperio y me llevo la lengua al colmillo, dedicándole una mueca hambrienta, esperando al estallido.

Acerco los labios a su cuello y los poso con delicadeza en sus escamas erizadas, para lamer el arañazo que le hago con los colmillos y bailar en todo lo que siente por mí.

—Te amo —gruñe en mi oreja—. Te amo, joder. —Ahoga mis ronroneos con besos—. Eres lo mejor que me ha pasado en la vida, Lazor. —Se sacude con la primera oleada—. Eres… —Aspira entre dientes, cuando la segunda lo acomete—. Eres mi vida —musita con la tercera.