Quien tensa la cadena #2
—¿Es eso cierto, cachorro? —Z’na le lanza una sonrisa teñida de un intenso reconocimiento—. Y pensar que todo este tiempo estaba viajando con un héroe. Me disculparía, pero no quiero que se te suba a la cabeza.
—El auténtico héroe es Lazor.
—¿En qué quedamos?
—Ya sabes lo sentimental que es. —Le pellizco con la mano que he ceñido a la cintura de Z’na—. Ahora dirá que todos somos héroes. —Le doy otro pellizco, al ver que quiere protestar—.
—¡Joder, qué daño!
—¿Pero qué coño os pasa? ¡Me voy a caer!
Me he dado un momento para estar a solas una vez llegamos al campamento, porque la adrenalina me ha abandonado del todo y el peso de la ausencia de Mircea empieza a golpearme.
Ahora que por fin tengo tiempo para pensar en ello, que no tengo que librar una guerra, desearía seguir haciéndolo.
Con tal de no pensar, de no temblar como si me fuese a mear encima, de no asumir que no volveré a verla, de encarar que si hubiese hecho las cosas de otro modo, seguiría viva.
¿Y qué podría haber hecho, quedarme con ella mientras se convierte en un monstruo, en el monstruo que fui y que podría volver a ser?
¿Tuve opción? Estallo en sollozos al fin, porque seguía tan entumecido que no podía llorar.
Por lo menos no estoy desgarrándome la voz, por poco la pierdo al comienzo del día.
Oculto la cara entre las rodillas y cierro las manos en los gemelos, soltando gruñidos que empiezan a convertirse en gimoteos.
Ya no pienso que la seguiría si supiese que voy a encontrarla; las ideas suicidas me han abandonado porque hay una persona por la que merece la pena quedarse, a la que también amo con una fiereza aterradora y que por seguro piensa en lo que le dijo G’lar.
¿Me ama realmente? Era demasiado bueno para ser cierto, por algo no me lo creí cuando me besó.
Los tipos como Éomar no se enamoran de monstruos; los combaten, clavan sus cabezas en picas y van a por el siguiente.
Viene a mi encuentro, sus pasos se detienen a un par de metros y frunce el ceño al verme agazapado y en este estado. Se agacha después e inclina la cabeza para que lo mire.
—Lo sé —musita.
—Es solo que… —replico en un hilo de voz—. La dejé sola, en lugar de quedarme a convencerla de que era posible de otro modo.
—¿Lo era? —sigue hablando en un ronroneo muy leve, acariciándome con su calma—. ¿Qué te he dicho siempre de la culpa?
—Pero es mi culpa.
—Entonces estamos en el mismo barco, porque también le di la espalda.
—Pero tú… Tú no…
—¿Pero yo…? —Esboza una sonrisa amarga, echándome el pelo tras la oreja—. La quisimos mucho y dolía seguir queriéndola. Por eso nos marchamos, porque de quedarnos habríamos ardido con ella.
—¿Sabes que llevo pensando eso años, que todos los que se me acercan arderán? Y ahora lo dices de Mircea y siento que… —suelto un suspiro trémulo—. Siento que traicioné a quien realmente me comprendía.
—Que nos comprendan no quiere decir que sean buenos para nosotros o que nos quieran como merecemos.
Hay gente que nos amará más que al mundo consciente y que aun así sacará lo peor de nosotros; que nos herirá y moldeará en esas heridas hasta que olvidemos lo que somos.
Hiciste lo correcto al no querer ser parte de ello, y yo también.
—El amor violento tiene fines violentos —bufo—. Joder, ahora ni siquiera sé distinguir algo que he pensado de algo que G’lar me ha metido en la mente. —Doy una patada contra el suelo—. Ni siquiera sé si tú…
—¿Sí?
Me levanto y echo a andar, para fundirme con el horizonte negro y añil. Prometo que sonreiré mañana, pero necesito llorar y regodearme en la miseria. Soy un tipo de costumbres.
Tras una ardua y traqueteante marcha por el valle, Z’na decide que va a dormir tanto como le sea posible, que su pierna puede esperar a llegar hasta las hábiles manos de la curandera Thara porque solo tiene los huesos rotos.
Estoy seguro de que se arriesga a una infección apoteósica, pero he recuperado algo parecido al buen humor y no quiero discutir con ella.
En lugar de eso me tumbo junto a Éomar y nos quedamos contemplando las pocas estrellas que se cuelan entre los nubarrones de la estepa nevada.
Hemos conversado todo el camino y se me ha pasado el disgusto al ver que las cosas no han cambiado entre nosotros; esto no quiere decir que no me aterre pensar que de un momento a otro pueda acabar, pero he dejado al Llorica apartado.
Me digo lo mismo que me dije en la cueva en la que gané nuestra libertad: no sé si es real, pero voy a disfrutarlo.
—Le estás dando vueltas a algo —susurro, besando su sien.
—Obviamente, acabamos de cargarnos a los cabrones en los que no he dejado de pensar desde que nos echaron del Antiguo Reino. Ha ocurrido tan deprisa que me da hasta rabia, porque no lo recuerdo todo.
—¿Y qué recuerdas?
—Que llegado el momento de la verdad, soy un guerrero más bien mediocre.
—¿Pero qué coño dices? Eres el único al que no le falta una parte del cuerpo, pareciese que ni te han rozado.
—El boquete que tengo en el estómago opina lo contrario. —Se palpa la herida vendada—. No me sacaste las tripas de milagro.
—¿Cuándo hice eso?
—Fue muy rápido, creo que estaba huyendo de ti.
—Ojalá puedas perdonarme.
—Perdóname también por esto. —Roza la venda que me cubre el ojo—. ¿Te duele?
—No.
Me besa y se lo devuelvo con un brío desbordante, llevo todo el día pensando en esto.
—Pero mira qué estrellas tan bonitas. —Se aparta, dándome a entender que se está agobiando.
Quieto, Lazor. Vamos a tumbarnos y a mirar estrellas, porque parece que algo sí que ha cambiado. El silencio empieza a hacerse incómodo, por lo que digo lo primero que me viene a la mente, que es con toda seguridad una gilipollez.
—Toca noche de reflexiones.
Cierro los ojos, mortificado. Su réplica llega al cabo de veinte larguísimos latidos:
—¿Crees que G’lar dijo la verdad?
Más silencio. Me decido a mirarlo y mi tono se enfría hasta convertirse en un levísimo murmullo; una nubecilla de vaho acompaña a mi pregunta, que es a su vez una súplica vedada:
—¿No sabes si me amas?
Tarda un poco en contestar y frunce el ceño al reparar en lo fuerte que me late el corazón. Me pasa un nudillo por el pómulo y la barbilla, apreciando también que se me ha humedecido el ojo.