Rojamuerte Quien tensa la cadena
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Quien tensa la cadena

QUIEN TENSA LA CADENA

Cargamos con Z’na fuera de La’Miel, los dos guerreros de Fel’nis han quedado tan mutilados como yo y apenas pueden ayudarnos.

El único que conserva los miembros intactos es Éomar, que hace lo imposible por no caer mientras cargamos con la guerrera; tiene la pierna tan machacada que la lleva arrastrando y resuena como el bastón de un chamán.

Hemos acabado con la mayor parte del culto, pero no tardarán en aparecer otros y nos queda una marcha imposible por las Sierras del Fuego.

No tengo ni idea de cómo vamos a conseguir llegar hasta el Antiguo Reino en estas condiciones, pero tengo el corazón henchido de una euforia que no permite que deje de sonreír.

Debe parecer que me he vuelto loco… Más loco, quiero decir.

—Un momento. —Me detengo a la entrada de las cuevas—. Tengo que probar algo.

—No hay tiempo, no sabemos si…

—Solo será un momento, Éomar.

—Hazte con el corazón de mi hermano —replica Z’na; es la primera vez que la veo conteniendo las lágrimas—. Quiero darle un entierro digno.

Me observan mientras vuelvo sobre mis pasos. Quiero encontrar el brazo que he perdido, para tratar de volver a colocármelo como en su día vi que hacía Shal’karath. Es posible que no funcione, pero tengo que comprobarlo.

Recorro las cuevas, observando la muerte que hemos dejado a nuestro paso.

Solo han quedado dos guerreros en pie de los treinta y siete con los que llegó U’zhen.

Ha sido una contienda digna de una gesta y La’Miel será su tumba, me pregunto qué cantarán los bardos.

Me pongo a revolver entre los cadáveres de las grutas que recuerdo haber recorrido, con la delicadeza de quien apila cajas en un almacén.

Hay tantas ratas que he dejado de contarlas.

El rostro desfigurado de Zaros Mor’fn viene a mi encuentro, lo tiene hundido de una manera que indica que murió a manos de Z’na, aunque puede que lo hiciese yo.

Eso que me llevo. Lo echo a un lado y sigo buscando mi ojo, con la vana esperanza de que no lo hayan pisoteado.

Recuerdo entonces que me lo arrancó Éomar y suelto una risita amarga, antes de volverme hacia U’zhen.

Le pido disculpas por lo que le hice a su hermano y por haberlo enviado con él.

Ya es tarde para confesiones, pero no quiero quedarmelo dentro.

Os he asesinado y me voy a salir con la mía, como siempre.

Es un pensamiento atroz, pero hallaré la manera de resarciros, en esta vida o en la otra.

Los círculos ya no resplandecen, pero los evito porque no estoy seguro de que no sigan funcionando como un torbellino que me llevará directo al Abismo.

Localizo mi brazo ennegrecido, que languidece cerca de una sima, y lo recojo, pensando en cómo hacer lo que me propongo.

Supongo que tendrá que ser como quien trata de unir dos palos entre sí; resbalará y quedaré como un capullo frente a los ojos nublados de Fel’nis.

Junto los huesos del codo y los mantengo quietos, hasta que una descarga helada me repta desde el hombro y provoca que mueva los dedos.

Me echo a reír y me vuelvo hacia mi compañero.

—¿Has visto eso?

De acuerdo, es posible que se me haya ido la olla del todo.

Abro y cierro la mano, con un hormigueo en la palma. Hundo una garra en ella, para cerciorarme de que siento algo. No se puede tener todo, Lazor, por lo menos no eres manco. Te parecerá que lo eres el resto de tu vida, pero podrás usarla.

Coloco a Fel’nis boca arriba y le doy las gracias por haberme salvado la vida, por haber muerto en nombre de una causa en la que yo ni siquiera creía y que hizo suya de todos modos.

El Antiguo Reino lo recordará también, nos encargaremos de ello.

Le pido disculpas por lo que estoy a punto de hacer y hundo las manos en su esternón, golpeándolo con la fuerza de la esencia de G’lar.

No me tengo que esforzar porque lo machacó bastante.

Me hago con su corazón con toda la delicadeza de la que soy capaz, porque no quiero dejarle ni un rasguño.

Cierro sus ojos después y deposito un sentido beso en su frente, luego susurro que su hermana sigue con vida y que no morirá mientras le recordemos.

Hago lo mismo con Mircea, porque pienso cumplir con la pro-mesa que no llegué a hacerle; la enterraré junto a Rona y danzará con las luciérnagas del Dios Muerto.

Beso sus labios y le paso los nudillos por las cicatrices de la mejilla, susurrando que la amo y que espero que por fin haya encontrado a su madre.

Tu padre no podrá seguir haciéndote daño, allá donde estés, te he vengado.

Quiero pensar que me perdonaste antes de tomar esta decisión, porque ante todo tenías un corazón compasivo, pero si no lo hiciste aprenderé a vivir con ello.

Hasta siempre, Mircea, nunca te habrás ido del todo.

Me llevo una mano a la oreja y descubro que sigo llevando su pendiente, se ha quedado conmigo como por intervención divina. Contaba con que me lo hubiesen arrancado. Puede que sea cierto que da suerte, que ha estado conmigo todo este tiempo y se ha encargado de protegerme.

Me dirijo hacia la salida, pero un vendaval ignoto me golpea y me hace retroceder.

—Lazor.

Reconozco esa voz. Solo la he oído una vez y fue hace dos años, pero se me ha erizado el vello como entonces.

Justo cuando pensaba que nada se puede llevar esta sonrisa, la que esgrimo se está convirtiendo en una mueca de pánico.

No me atrevo a volverme, me mearé encima si lo hago.

El círculo ha vuelto a iluminarse, sus destellos reptan cerca de mis pies.

—Contempla mi rostro, hijo mío, pues nada has de temer.

—No eres mi padre —balbuceo, encogiéndome en la sombra de sus alas.

—Soy el padre de todos.

—Eres la voz que susurra mi nombre, ¿verdad? Siempre has sido tú.

—Sí.

—Pues te voy a pedir que me dejes en paz, hasta que me llegue la hora.

—¿Será entonces cuando te recibiremos en nuestros salones?

—¿Y me lo preguntas tú? —No he querido sonar impertinente, pero estoy muy nervioso.

—Sería más fácil si no te negases a ver lo que tenemos planeado para ti.

—Me niego, sea lo que sea puede esperar.

—¿Nunca te has preguntado por ese velo rojo, ese impulso único que te hace perder el control? ¿No querrías ponerlo a tu servicio, dominarlo? ¿Imaginas el poder del caos en la palma de la mano?

—No quiero saber nada de eso.

—Si te dejo marchar ahora, ¿aceptarás tu cometido de buena gana?

—¿Por qué esa fijación conmigo?

—Porque el agujero de tu desdicha se parece al mío, tenemos la misma quemazón en el pecho. No remitirá, por mucho que trates de paliarla.

—Ignoraba que los semidioses sintiesen dolor.

—Nuestro dolor es eterno, por siempre latente, por siempre lacerante. Sufrimos por todas y cada una de nuestras criaturas.

—Iré a vuestros salones, lo quiera o no. No necesitas convencerme de nada, estoy atado a vosotros desde el momento en que acepté la esencia. Pero si pudiese pedir algo…

—¿Sí?

—Dile a tu abuelo que me deje en paz también, no quiero más pesadillas.

—Mi abuelo no tiene querella contra ti, Lazor.

Río entre dientes, porque decir que Oniros no me la tiene jurada es del todo imposible.

G’lar no me habría estado torturando de no ser por él y aunque ha muerto, no estoy seguro de que el dios haya terminado conmigo.

Tendré que fiarme de lo que dice y esperar a visitar su morada, aunque no tengo esperanzas de que la palabra de un semidiós sirva de algo.

Agita un poco las alas, antes de plegarlas; son gigantescas, la sombra abarca toda la cueva.

—¿Alguna otra petición?

—¿Cómo…? —Me aclaro la voz— ¿Cómo te llamas, Hado?

—Nimaendra. ¿Por qué quieres saberlo?

—Quiero ponerle nombre a quien tensa la cadena.

—No es una cadena, son las alas que te faltan.

Doy un respingo al sentir que me toca las astillas que asoman por mi espalda, lo hace tan despacio y con tanta delicadeza que no parece que quiera hacerme daño. Tiemblo al notar algo parecido a unos labios, posándose entre mis omoplatos.

—Volverás a ser hermoso, hijo mío. El más hermoso de todos los dragones.

La sombra crece cuando bate las alas y contengo el aliento hasta que se extingue. Corro por las cuevas como si todavía lo tuviese detrás y cuando salgo me apoyo en las rodillas. El aliento me quema y celebro que estoy vivo con una risita nerviosa.

Z’na suelta un agudo quejido, sus ojos clavados en la mano que abro y cierro.

Me cubre de insultos, diciendo que los malditos no merecemos tanta suerte.

Le guiño el ojo y me sirvo del brazo que he recuperado para que cojee apoyada en mi hombro.

Tengo que volver la cabeza del todo para mirarla porque sigo tuerto, pero nunca me he alegrado tanto de tenerla cerca.

Envolvemos los corazones de Fel’nis y de Mircea y los metemos en una bolsa que perteneció a uno de los desgraciados que matamos en la entrada.

Éomar pregunta dónde enterraremos a Fel’nis, pero se abstiene de preguntar por el otro corazón.

—En nuestra aldea, ahora que por fin podemos volver a ella. Descansará con nuestros ancestros.

—¿Cuánto creéis que tardarán en darse cuenta de que se han quedado sin líderes? —pregunta Éomar.

—¿Los pocos que queden? Lo único que importa es que las ratas abandonarán el barco que hemos incendiado —bufa Z’na, profiriendo gruñidos por el esfuerzo—. Y sino, las seguiremos persiguiendo. Con lo que ha pasado, se nos unirán todos los guerreros.

—¿Con una pierna? —Éomar contiene una risotada.

—¿Te cachondeas? Pues es gracias a la pierna que me falta que éste se encontró a Shal’karath tan cansado. —Me señala con la barbilla—. Por cierto, ¿cuál de los dos asesinó a G’lar? No imagino que haya sido Lazor, estaba hecho papilla.

—Éomar, por supuesto —me apresuro a contestar, viendo que mi maestro se decantará por una sinceridad que no le conviene.