En este sueño vívido #3
El muro de sombras cae con una larga exhalación y resbalo con mi propia sangre al intentar saltar sobre la corona de cuernos, de suerte no me ciegan por completo cuando una garra me perfora la cara y me estampa contra la pared, evitando que un tentáculo me retuerza el cuello.
—¡Yo me encargo, Lazor! ¡Tú solo…!
Un siseo acerado le corta la voz, estoy seguro de que era Fel’nis.
Quedo tendido de espaldas. El cuervo revolotea en un borrón rojo y apenas tengo fuerzas para alzar la mano. El zumbido en los oídos sofoca los gritos. Sé que están luchando, pero el mundo se ha enturbiado tanto que solo veo siluetas.
Tres siluetas empaladas.
Pestañeo y me alzo sobre el codo, la nitidez me golpea con la estridencia de la sangre que empapa el suelo, de las vísceras que se deslizan con un ruido blando por una estaca humeante.
Tardo unos latidos en reaccionar y un lamento escapa de entre mis dientes cuando me encuentro con el rostro contraído de Fel’nis; se niega a morir suplicando, a pesar de las espinas que le salen por el hombro y a cada lado de la espalda.
Estira los brazos tanto como puede y los descarga contra las sienes del nigromante, provocando que se tambalee, pero no lo suelta.
Rodea su corona con las manos y consigue mellar una punta.
G’lar suspira y sus ojos se entornan en una mueca melancólica.
Mira fugazmente el muro de sombras tras el que Éomar y Z’na se desgañitan.
—No tenía por qué morir más gente a la que amas.
Me arrastro con el brazo que me queda. Las palabras salen atropelladas y ni siquiera sé lo que estoy diciendo, solo quiero que lo suelte y que venga a por mí.
Un chasquido, tan abrupto que mi corazón se salta un latido.
Me he doblado sobre mí mismo al encontrarme con los ojos de Fel’nis, sus glaciares se convierten en una bruma blanca. Los pies descalzos del nigromante se detienen a un palmo y la sombra de su corona trepa por mi rostro cuando se inclina y cierra la mano en mi pelo.
—No tiene por qué ser así. —Me domina con su iris crepuscular—. Nunca ha tenido que ser de este modo y mi hija ha muerto porque te empeñas en complicarlo. —Su aliento gélido me acaricia la frente—. Abandona toda esperanza, pues mata más rápido que el acero.
¿Lo aprendí de él? ¿Hay algo en lo que crea que no haya implantado en esta mente fracturada? Lo ataco con los dientes, porque una parte de mí todavía no ha cedido. Una parte de mí recuerda el motivo por el que hago esto, una parte de mí recuerda que Fel’nis ha muerto protegiéndome.
La daga ha caído a un lado e impido que la recoja, descargando un cabezazo contra su corona y rodeándolo con las piernas.
Chilla y el mundo da vueltas cuando me estrangula y arrastra; meto los dedos bajo el lazo que me retiene, pero me estampa contra el suelo y noto algo caliente en los oídos.
El filo flamígero pasa frente a mis pupilas, de suerte que un tirón me aparta del mismo.
Una columna cede a mi impacto y los escombros me cubren.
El polvo se mezcla con las sombras y solo alcanzo a ver las siluetas borrosas de mis compañeros, parece que el muro ha caído y que atacan a la vez.
Tomo un par de bocanadas y toso, tanteando con el brazo para levantarme.
El fulgor de escamas candentes en el que Éomar gira y se dobla se ralentiza, los tentáculos lo acorralan.
Z’na lucha contra la masa de raíces que la ciñe al suelo, así como los dos guerreros de Fel’nis.
Me deshago de los escombros y me arrastro, pero es todo lo que puedo hacer por ellos. Hemos llegado hasta aquí para morir en el truculento éter de G’lar.
«Llévame con ella».
El nigromante no ha caído en la cuenta de que tengo al cuervo a dos palmos, ha sorteado la humareda y se ha acercado pegando saltitos.
El ojo que me escruta me recuerda al de Mircea.
Estiro una mano trémula y no se revuelve cuando la cierro en su pescuezo, sino que eriza las plumas y gorjea suavemente.
El vórtice tentacular en el que se ha convertido G’lar se libra de Éomar y se me acerca, el único miedo del nigromante manifestándose en el grito que se propaga por las entrañas de La’Miel, voraz y desolador.
G’lar se hinca de rodillas como si mis dientes se hubiesen clavado a su garganta, en lugar de al cuervo.
Por un momento pienso que se cortará el cuello con la daga.
Este último acto de compasión, en el que libero a la madre de Mircea de su cáscara terrenal, tiene notas de menta y ron.
G’lar lo contempla con un lamento ronco y pausado, vaciándose de sí mismo.
La daga cae cerca de sus rodillas y se balancea, su fuego extinguiéndose como una vela en la ventisca, sus sombras deshaciéndose y formando motas luminosas que se esfuman en el aire.
La capa de Mircea se agita entre los túmulos del Dios Muerto y unas ondas tan negras como las suyas la cubren en un sentido abrazo.
Puede que sean los sueños de un moribundo, provocados por lo que languidece en mi lengua, pero su reencuentro me saca un sollozo.
No sé qué la arrancó de los brazos de su hija, qué pudo ser tan terrible como para dar la espalda al afecto con el que la envuelve, pero he acabado con su agonía.
Se esfuman y solo queda G’lar, con las pupilas fijas en el vacío sobre el que oscila.
Estira la mano en mi dirección y forma una súplica con los labios.
Me arrastro hasta él y ni siquiera forcejea al sentir mi mano en el cuello.
Musita el nombre de su hija y de su amada, piensa que se reunirá con ellas.
Casi me das pena porque quieres que acabe, estoy viendo al hombre y no al nigromante.
Podría ser clemente con las últimas palabras que te dedico, pero no soy un héroe.
No hallaré la fortaleza para perdonar a mis enemigos, no soy el deslumbrante paladín de un dios.
Solo soy el hombre al que despedazaste y que te mira a los ojos mientras dice:
—No volverás a verlas, G’lar. La calidez que extrañas no volverá, no sentirás lo que sentiste cuando lo tenías todo. Mi destino es el tuyo, me lo dijeron Los Hados.
Ahí está, el terror que enciende su iris por última vez. La sangre le borbotea en la boca cuando le hundo la nuez, tentándome, retándome. Sigo apretando mientras me acerco a sus labios. Siento sus latidos en la palma, rotundos y muy lentos. No lo hagas, Lazor. Detente, no la necesitas.
Me uno a él en un cruento beso, me estremezco con el latigazo que me perfora la lengua.
Ya ni siquiera respira, estoy tragando sangre muerta y aún con eso es más potente que cien corazones juntos.
Me ciño a su cuello y me tenso. Gimo, despierto con el arrojo de un gigante.
Inundo la cueva con el aleteo de mis escamas y el mundo se difumina durante siete latidos.
Tan solo alcanzo a oír mis jadeos desesperados, mi ansia húmeda.
Y ahí queda todo. Rojamuerte me ha permitido saborear esta victoria sin amnesia, sin remordimientos, sin su gélida caricia. No sé por qué lo ha hecho, pero estamos en paz.
Lo suelto al tiempo que profiero un suspiro de gozo, rociando el aire con gotitas negras. Dos chasquidos secos, ni siquiera miro lo que hago.
—Lazor.
Me levanto con la cabeza del nigromante, sosteniéndola por un cuerno, y veo que Éomar se acerca con las manos alzadas.
Le hago un gesto para que recoja su trofeo, lo extiendo frente a él con el entusiasmo de un niño que ha ejecutado su primera pirueta.
No parece tan contento como yo; me mira como si no me reconociese, así que me relamo y contengo la euforia para no asustarlo.
—Soy yo, Éomar, puedes acercarte.
—La esencia de G’lar…
—Ha muerto, así que ya no me afecta como antes. Eso creo, al menos.
Toma el trofeo y se queda mirándolo, pareciendo que todavía se debate entre salir corriendo o quedarse.
—¿De verdad ha terminado? —le tiembla la voz.
—Y le contaremos a todo el mundo que lo hiciste tú. Serás un héroe del Antiguo Reino.
—No sé si es lo que quiero.
—Pues lo decidiremos juntos.
Se lanza a abrazarme y ciño mi único brazo a su espalda, apoyando la frente en su hombro.
No sé si está llorando o riendo, pero es la mejor recompensa.
Todavía me queda un tiempo a tu lado, en el mundo al que me enfrenté durante cinco años.
Los Hados me reclamarán, me uniré a mis verdugos en el Otro Lado, pero haré de esta tierra el paraíso que voy a compartir contigo.
No sé si es verdad que G’lar te manipuló para que pienses que me amas, pero disfruto del primer abrazo que nos damos sin la sombra de su yugo.
Nos volvemos con el grito de Z’na. Se apoya en una pared y clava las garras en la roca.
—Pero ayudadme, hijos de la gran puta —musita antes de desplomarse.