Rojamuerte En este sueño vívido #2
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En este sueño vívido #2

La mano de Éomar envuelve la mía y me da un apretón, esperando que se lo devuelva. Esbozo un sonrisa torcida y lo sigo junto a los demás, hasta que nos detenemos en el umbral del otro extremo del conducto.

Hay más surcos circulares a unos cuatro pasos, grabados en el suelo con la hoja flamígera que sostiene una figura ataviada con una sotana.

El nigromante.

Fel’nis se ha detenido a mi lado y lo observa con el rostro arrugado, crispando la única mano que le queda. La sangre gotea por su otro brazo, formando un charquito, y tiene la mandíbula tan tensa que le chirrían los dientes.

Sus siseos reptan por mi oído en frías oleadas, cuando vuelve la corona de cuernos hacia mí y sus escamas se retuercen en una sonrisa tan insidiosa como la de mi alter ego, llena de dientes negros.

No estaba preparado para volver a verla y un temblor recorre la pierna que al parecer me han roto, me cuesta sostenerme sobre ella y me apoyo en Éomar.

La cola de su sotana lo sigue como un río negro, cuando se detiene al otro lado.

La personificación de un Oscuro. Parece que está hecho de humo, que la penumbra de la cueva respira con él.

Señala el círculo con un movimiento horizontal y la palma vuelta hacia arriba.

Sus ojos púrpura, propios de los hechiceros, se clavan en Mircea, cuando Éomar la deja en el suelo.

—El amor violento tiene fines violentos, Lazor.

¿Lo dijo un poeta o lo dijo él? Presiono la lengua contra los dientes, dejando que vuelva la rabia.

Es todo lo que necesito ahora, no puedo dejar que me siga manipulando y mi culpa es su sustento.

El aleteo del cuervo me distrae un instante; se posa en el saliente de una pared que hay a su espalda y me obligo a no mirarlo más, porque es la única baza con la que contamos.

Que hayamos eliminado al resto no quiere decir que este monstruo no pueda asesinarnos en un suspiro.

Las sombras que reptan por toda la cueva se mantienen tan alerta como él. Nos atacarán en cuanto demos un paso.

—No os mováis —prevengo—, está esperando a que lo hagamos para matarnos.

—No tiene por qué morir más gente a la que amas, lo único que debes hacer es entrar en este círculo. —El nigromante no se da por vencido, su sonrisa se ha tornado tan amarga como sus palabras—. Y te prometo que todo acabará. No habrá más culpa, ni más dolor.

—De acuerdo.

Éomar me lanza una mirada confusa y cuando se dispone a protestar esquivo su brazo y el de Z’na y salto hacia un lado, quedando a poca distancia del círculo. Me doblo un poco y casi pierdo el equilibrio, por la puta pierna que apenas me sostiene.

—Confía en mí, Éomar —suplico, viendo que me seguiría al fin del mundo.

Toma aire y lo contiene, sus ojos me dicen que se está empleando a fondo para no avanzar. Pone una mano en el hombro de Z’na y Fel’nis sacude la cabeza para que sus guerreros no se muevan.

La neblina oscura que cubre el suelo caracolea por mis pies y tobillos, su caricia se me antoja hasta agradable.

Miro a G’lar y asiente con los labios apretados, como si le acabase de invadir un ramalazo de orgullo paternal.

He sido su instrumento favorito durante un tiempo, su perro fiel y obediente; me lo hace saber con el gesto que me dedica.

Señalo a Mircea con un movimiento de cabeza, las sombras la envuelven con su manto humeante.

—Se ha quitado la vida para escapar de ti, y tu esposa hizo algo parecido. La historia se repite y sigues sin aprender nada.

La amargura en la expresión del nigromante da paso a una ira dormida, su iris centellea como la plata y sé que he dado en el clavo. Solo tengo que distraerlo un poco más.

—Soy un cobarde, un hipócrita, un capullo arrogante que se autocompadece y lloriquea, pero por lo menos sé que mis razones nunca han sido nobles.

No me he molestado en pensarlo, ni una sola vez, ni siquiera cuando cazaba humanos para ti.

No me engaño pensando que no merezco un castigo por todo lo que he hecho.

— Señalo el círculo—. Y tú te jactas de mover los hilos cuando solo eres otra marioneta, cuando tu causa solo los beneficia a ellos.

No te devolverán a la mujer que se suicidó para huir de ti, que buscó a tus enemigos de La Torre para morir en paz, porque les importas tanto como yo, como el alma de todos los malnacidos que te siguieron.

¿Por qué se suicidó, G’lar? ¿Por qué escapó de ti?

¿Qué hiciste para que alguien que te amaba prefiriese morir a seguir haciéndolo?

La expresión socarrona con la que me mira se intensifica y las llamas que se extienden por el filo de su daga bailan en la mejilla que vuelve hacia mí. Si me hiere con eso…

—¿Eso te contó mi hija?

—Reconozco el remordimiento en los ojos de otro loco, por mucho que te afanes en esconderlo detrás de esa sonrisa. Es lo mismo que he estado haciendo durante cinco años.

Silencio, parece que sopesa lo que digo.

—Cinco años muy bien aprovechados, Lazor, porque eres el regalo que les prometí.

—¿Qué?

—¿No te lo contó Mircea? Puede que no lo supiese, es mi secreto mejor guardado.

—Se encoge de hombros—. Los Hados esperan una contribución muy especial por mi parte, es por eso que os someto a mis rituales.

Confieso que me di cuenta demasiado tarde, ya te había entregado a la Inquisición.

Ya ves que la compasión es el mayor obstáculo de todos.

—¿Compasión?

—Compasión, porque podría haberte aplicado el Castigo.

—Hace un aspaviento con la mano que le queda libre, decidiendo que no quiere entretenerse con explicaciones—.

Eres el monstruo que moldearán a su voluntad una vez te encuentres en su divina presencia.

Regocíjate, pues no hay mayor honor. El propio Shal’karath te envidiaba.

—¿Por qué?

—No quiero chafarte la sorpresa, podrás preguntárselo en un rato.

—El filo flamígero me señala—. Camina, bestia de Los Hados, te prometo que tu dolor dejará de existir una vez los aceptes.

Es todo lo que siempre he querido para ti.

Te prometí venganza y la tendrás. Te prometí que el dolor se iría y ni siquiera recordarás este mundo y este tiempo.

Y vaya si camino, pero no en la dirección que espera. El tajo que lanzo le roza el pómulo que ilumina la daga flamígera y un lazo negro y espinoso me atrapa el brazo, para alejarme de él y arrastrarme hasta el círculo.

Las manos de Z’na se cierran en mi abdomen y tira entre improperios ahogados.

La carne del brazo se me desgarra, pero le pido que siga tirando.

Me lo parte y no se detiene hasta que queda unido a la otra mitad por una tira de músculo.

Otro tentáculo me rodea el cuello. Oigo los quejidos de Éomar a mi espalda y su garra me ciega al metérseme en el ojo, no sabe cómo librarme de la soga que ha dejado manco a Fel’nis.

G’lar es apenas una silueta. Ha levantado un muro de sombras entre nosotros.

—El cuervo —gruño por una comisura, esperando que pueda entenderme.

Las pupilas de mi compañero se clavan en la bestia que gorjea en el saliente, la sombras de G’lar no la han ocultado.

Le pido que siga tirando, apretando los dientes con tanta fuerza que me muerdo la lengua, cercenando la punta.

El brazo se me desprende a la altura del codo, rociando el aire en un arco de sangre parda mientras gira y gira; rebota en un extremo del círculo, estallando en llamas al cabo de un latido.

El portal lo escupe y nos lo lanza; ya no arde, pero parece una rama ennegrecida cuando rueda hasta detenerse cerca de las rodillas sobre las que me desplomo.

Me llevo una mano al muñón sanguinolento y me quedo mirándolo con el único ojo por el que veo.

Éomar pasa junto a mí y se encorva, enseñándole los dientes a la silueta sonriente.

—Por fin ante mí, Esperanza del Antiguo Reino. Reconozco que pensaba que eras más alto.

—Jamás he visto sonreír así, cuando la muerte está tan cerca. Realmente debes creer en ese Inframundo ficticio, en el que te recibirán con honores.

—El infravalorado hijo de Findar, el héroe al que nadie necesita. Qué solito te debes sentir.

Mi maestro camina para acercarse al muro humeante, con un cauto juego de pies.

El nigromante no se mueve, parece que le divierta que vayamos a seguir intentándolo; nos observa con la convicción de un hombre que no tiene nada que perder, aunque haya puesto todas sus esperanzas en el cuervo que tiene detrás.

—Te has metido en mi cabeza.

—En la de toda tu cuadrilla, Éomar. ¡El Nudo del Antiguo Reino! Os he estado esperando con suma impaciencia, tenía muchas ganas de conocerte.

—En algo estamos de acuerdo.

—¿Te gustaron mis visitas? Procuré no toquetear mucho, no quería molestar. Veo que me hiciste caso en un par de cosas, aunque estoy seguro de que creerás que todo fue idea tuya.

—No me has manipulado.

—Tal y como sospechaba, siempre tan predecible. Lamento decepcionarte, pero hasta lo que sientes por Lazor ha sido cosa mía. Tu vida no es tuya, ni siquiera ahora.

—Un sabio dijo que no hay que atender a la lengua de las serpientes.

—¿Por qué si no ibas a acompañarlo, cuando lo más importante para ti son tu Rhenara y tu hija? Tenía que sacarte de las cloacas, tenía que traerte hasta este preciso instante. Nunca has querido ser un héroe, mas lo has deseado con todo tu corazón, y se debe a mí.

La duda de Éomar se refleja en la tensión de su mandíbula y la dureza de su mirada se enturbia, pero no la pierde, no se altera, no replica.

Asumo el golpe con un nuevo gemido, al tratar de levantarme.

No le escuches, Lazor, céntrate en el puto cuervo.

¿Cómo llego hasta él? Fel’nis y sus guerreros han rodeado el círculo por el lado opuesto, encontrando un hueco por el que colarse; se lanzan con el arrojo de las Nueve Furias y no pienso quedarme atrás.