En este sueño vívido
EN ESTE SUEÑO VÍVIDO
Son mis dedos, los doblo y estiro para asegurarme de ello. Están llenos de una viscosidad negruzca, apestan a las muertes de las que me acusan. ¿Cuántas han sido? Las palmas me pesan como si cargase con todas ellas.
Es mi lengua y son mis cuerdas vocales; arden y escuecen, pero vuelven a ser mías. Suelto un quejido y me llevo la mano a la garganta, le sigue un ataque de tos.
Estoy prácticamente desnudo y no hay un resquicio de mi cuerpo sin una herida o una magulladura.
El dolor de los golpes me ataca con centenares de agujas y tengo que cerrar los ojos porque los colores me abruman.
Hay demasiada sangre. Demasiada. No me veo la piel, los tatuajes se han difuminado tanto que tampoco los distingo.
Ni siquiera sé cómo he vuelto, pero cuando fijo las pupilas en el cadáver de U’zhen y en los demás guerreros, me maldigo por haber invocado a Rojamuerte; su canto me sedujo y me convenció de que lo necesito, una vez más.
Me opuse al principio, pero una parte de mí siempre lo echó de menos.
Ha sido el mayor error de todos, aunque hayamos conseguido acabar con Shal’karath y el pequeño ejército que convocó para liquidarnos.
Éomar se está asegurando de que pueda seguir, me escuda con su fe ciega y trata de convencerlos de que no soy un monstruo.
No hay mayor lealtad, me quiebro más por el ímpetu con el que me protege.
El amor nos convierte en villanos, así lo dijo Mircea.
He vuelto al reconocer su rostro, al ver las lágrimas en los ojos de mi maestro…
Sí, ha sido eso, porque ha disipado la bruma carmesí.
Doy gracias a un dios que no siempre me ha escuchado porque Éomar no haya roto su promesa.
Me paso una mano por el pelo, que se ha convertido en una masa marrón que apesta tanto como mis manos. Se me pega a la cara y al cuello como una mortaja de la que no puedo librarme. Me lo arrancaría, puede que lo haga.
Contengo una arcada y acabo vomitando, postrado sobre manos y rodillas. Trato de vaciarme del todo, pero no lo consigo. Me esperan para acabar con esto, pero me golpeo el estómago como si al vomitar fuese a librarme de mi terrible alter ego.
Me pongo en pie al cabo de unos instantes y los sigo por el conducto, caminando a trompicones porque estoy seguro de que tengo una pierna fracturada. Es sorprendente que no me falte alguna parte del cuerpo, siento cómo me traquetean todos los huesos.
Éomar carga con el cadáver de Mircea y me mira de cuando en cuando para asegurarse de que los sigo, de que no me he desplomado por el desgaste de la masacre. Tengo que reponerme, pero apesto a lo que no consigo recordar, hasta lo saboreo.
«Lazor».
Me crujo el cuello, porque lo siento alojado tras el tímpano, así como en la nuca. Me hormiguea, me acaricia con su dedo gélido. Ya no sé si es Rojamuerte. Podría ser G’lar, tratando de manipularme para que no avance.
Nos hemos perdido, llevamos un rato dando vueltas y no me atrevo a decírselo, hasta que Fel’nis se detiene y bufa algo que Z’na secunda. Me miran y arqueo las cejas para hacerles saber que no los he oído.
—¿Lo percibes en alguna parte? —pregunta Z’na—. ¿Se nos está escapando algo?
—Rojamuerte lo encontraría enseguida, pero me temo que mis dotes de rastreador son más bien mediocres.
—Pero hueles a los tuyos.
—Ahora solo huelo a la gente a la que he asesinado, Z’na.
Pasamos por el hueco que se ha abierto en mitad de una gigantesca cortina de lava y hayamos otra cueva que resplandece con cientos de grabados que reptan por las paredes como un proyección fantasmal. Pongo una mano en el pecho de Éomar para que se detengan y señalo el suelo.
—¿Qué es eso?
—¿Un portal?
—No lo queréis ni tocar, se parece a su Castigo —contesto—. Lo rodearemos con mucho cuidado.
Observamos los círculos concéntricos que ocupan buena parte del suelo y entorno los ojos al reparar en el humillo tentacular que se desliza por el techo.
—Está cerca —lo señalo—. ¿Veis eso? Evitadlo también.
—¿El humo?
—No es humo.
—¿Y qué es?
—No lo sé, pero es parte de él.
Camino de lado, seguido de cerca por mis compañeros. Las pupilas fijas en el techo. Está siendo demasiado fácil, todo lo que hay en esta cueva indica que nos espera y que se ha propuesto atacar con todo lo que tiene. Lo raro es que no lo haya hecho ya.
El humo comienza a desprenderse en gotitas a medida que nos acercamos al conducto del lado opuesto y una de ellas se desliza por la mano de Fel’nis cuando estamos a punto de dejar la cueva, soy el primero en reparar en ello.
Gruñe y empieza a gritar cuando la gota le rodea la muñeca y le estira el brazo por encima de la cabeza, convertida en una lazo negro que se retuerce y chirría.
Trato de librarle de él y no lo consigo, se ha fundido con su piel como el hierro candente.
Los demás tiran también, tratando de meterlo en el conducto, pero solo conseguimos que se le desgarre la piel y que el nudo se endurezca.
—¡Arráncamela!
—¡¿Qué?!
—¡HAZLO!
Miro a Z’na y aprieta los labios, aferrada al cuerpo de su hermano.
La duda la frena hasta que pega un fortísimo tirón, descoyuntándole la muñeca.
El conducto nos devuelve el grito de Fel’nis y algo más, parecido a un suspiro.
Me vuelvo en cuanto lo oigo, mientras los demás atienden al coloso que se retuerce en el suelo.
Me parece ver sombras al otro lado, proyectadas por algo que arde y palpita.
El conducto se expande y contrae cuando doy un par de pasos, latiendo al ritmo de mi frenético corazón.
Ya no oigo a Fel’nis, solo queda el eco subyugante.
«En este sueño vívido, en el que tus recuerdos son todo lo que te queda, me pediste que me los llevase para que dejasen de torturarte. Te rompieron y mis sombras te abrazaron, te ayudaron a olvidar… Pero sufres porque están volviendo. ¿Me los llevo?».
—No.
«¿Me los llevo, Lazor? ¿No extrañas vivir sin culpa?».
Sacudo la cabeza y retrocedo despacio, pero Éomar me pone una mano en el hombro. El sudor se ha mezclado con la sangre que forma costras por mi cara, lo noto en los labios y el mentón.
—¿Qué ocurre?
«¿Me los llevo?».
—Son todo lo que me queda.
—¿Qué?
Giro la cabeza despacio y fijo mis pupilas en las de Éomar, que todavía carga con Mircea al hombro. G’lar juega conmigo, sabe que el peor enemigo es mi mente. La ha moldeado durante tanto tiempo que conoce cada recoveco, sabe cómo herirme con ella.
—Muéstrate, hijo de puta.
—¿Está aquí?
Me toco la sien y Éomar frunce el ceño, reparando en lo que trato de decir. Cierro los ojos y tomo aire por la nariz.
«No habrá nada que me hagas que no me haya hecho yo, G’lar. Devuélveme lo que me quitaste».
El agobio en la garganta y en el pecho remite.
He vuelto al campo de cebada roja que me acaricia con su oleaje.
Observo cómo sus cabecitas asoman entre las espigas, mientras juegan a perseguirse.
La línea ocre del horizonte moteado de nubes se torna rojiza, acompañando al sol que agoniza.
Me vuelvo al oír mi nombre, Rossana acaricia su vientre henchido con una mano.
Es hora de reunirse en torno a la Gran Hoguera, en la que mi madre toca el violín y mi padre evoca el camino, en la que juegan mis sobrinos.
La familia al fin reunida, las inquietudes del viaje que ha concluido palidecen en esta calidez que estoy a punto de perder.
El trueno restalla a su espalda y en su luz se recortan las siluetas de los intrusos que me lo arrebatan todo.
«No pudiste protegerlos, pero podemos hacer que lo olvides, Lazor.
Las risas que ahora son chillidos no volverán para herirte; los de tu esposa, los de tus hijos, los de tu padre, los de tu madre, los de tu hermano, los de todas las personas que te importan, sucumbiendo frente a tus ojos.
Entrégame una parte diminuta de tu alma y me los llevaré por siempre.
No conocerás el aguijón de la culpa, solo el de la rabia.
Ni siquiera recordarás nuestros rostros. Será nuestro regalo».
Me he arrodillado frente a mis demonios, apenas siento los labios de Éomar en mi sien cuando me insta a continuar.
Tira de mi brazo y me apoyo en su hombro, evocando todo lo que no quise recordar.
Los vi morir, a cada uno de ellos, y en mi cobardía supliqué para no recordarlo.
En mi cobardía y mi infinita ignorancia entregué mi alma a Los Oscuros para que el dolor no me matase, abrí mi mente al oniromante que sigue jugando con ella y me convertí en esto, movido por unos recuerdos ficticios.
No estaba de viaje cuando ocurrió y no fui en su busca; estuve allí mientras torturaban a mis padres y a mi hermano, mientras asesinaban a mis hijos y violaban a mi esposa, mientras me cubrían de cadenas y me obligaban a verlo todo, mientras me arrancaban las alas y las escamas.
Vuelve a mí como un puñal en la tráquea, por más que doy bocanadas no respiro.
Lo susurro en el oído de Éomar y se tensa, sosteniéndome.
Toma mi rostro, mientras me deshago en gemidos entrecortados.
—No hay hombre que no hubiese entregado parte de su alma para no recordar el asesinato de toda su familia —me consuela—. Un guerrero se compone de fracasos y victorias… Y no deja que los fracasos lo definan.
—Me convertí en esto. Si lo hubiese recordado, jamás me habrían manipulado.
—¿Sabías lo que ocurriría después, cuando te ofrecieron olvidarlo?
—No.
—Pues no dejes que te defina.
Me repongo poco a poco, sumido en la calma de su iris. Vuelvo a sentirme como Lazor, como la persona que soy cuando lo tengo cerca, y lo estrecho contra mí. Éomar, por ti existe un mañana. Los recuerdos duelen, pero no me matarán mientras me sostengas.
—Hay que seguir. —Z’na se acerca.
—¿Y qué hay de Fel’nis?
—Le hemos hecho un torniquete. Aguantará.
—Pero está perdiendo mucha sangre.
—Es un Reid, se llevará por delante al Abismo antes de que caiga la última gota.
—¿Preparado, Lazor?