Rojamuerte Dragón rojo, dragón negro #3
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Dragón rojo, dragón negro #3

Obedece sin abandonar una sonrisa que es a su vez una sentencia de muerte, y la guerrera cae con las manos en la garganta, luchando por respirar.

Avanza hasta Éomar con el lomo crispado, tomándose su tiempo como ha hecho en el cañón; pero se detiene, al no reconocer el miedo en los ojos del hijo de Findar.

Repara entonces en las lágrimas que perlan sus pestañas y en el cuerpo que sostiene.

Parece por un momento que batalla consigo mismo.

—Estás haciendo esto por ella, Lazor, por nosotros. ¿La recuerdas? ¿Me recuerdas?

Se lanza como un alud y Éomar esquiva su agarre. Se tambalea hacia un lado para evitar un tajo, aferrándose a la mujer para que no se le escape, para que no la mutile. Sigue sollozando y retrocediendo. Se le hace muy difícil repelerlo, pero no la suelta.

—Soy yo, Lazor —declara con voz ahogada, recordando lo que solía decir Mircea—. El amor no se va… ¿Recuerdas?

Z’na carga contra él y la envía al otro lado de la cueva con lo que se asemeja a un furioso bofetón, jamás la ha visto tan debilitada y sus esperanzas menguan cuando Fel’nis imita el ataque y rueda desmadejado.

Gime en respuesta, no puede soltar a Mircea para defenderse y no quiere salir huyendo.

Se lo debe a Lazor. Le recordará, no acabará así.

Rueda por el suelo con la siguiente embestida, logra apoyarse en los brazos para rodar una vez más y quedar boca arriba.

La sombra del dragón lo domina, sus ojos muertos se entornan cuando clava una garra junto a su cara y le dedica una risotada áspera, encorvado sobre él.

Éomar no se mueve, le sostiene la mirada al Abismo. Devuélvemelo, Astharoth.

—El amor no se va, Lazor.

La garra se detiene en su mejilla y contiene el aliento, viendo que recoge sus lágrimas en lugar de herirlo.

El dragón ladea la cabeza, emitiendo un gorgoteo largo y sibilante, y se pasa la lengua por los labios para recoger un rastro de sangre.

Mira entonces a la joven que yace junto a él.

Acaricia su frente, retira las ondas que le rozan los labios y las cicatrices que se asemejan a escamas.

Las estrellas moribundas dan paso al fulgor de la mañana y su iris se torna granate.

Une la frente a la del guerrero y recupera el tono ahumado con el que lo consolaba, al susurrar:

—Éomar.

El brazo de Fel’nis impacta contra su sien como la mano de un dios, enviándolo cerca del borde de la sima; poco falta para que caiga por él.

Éomar se levanta de un salto y empuja a Fel’nis para que no siga atacándolo, se encara con él y tira un par de tajos para hacerlo retroceder.

Lazor no se mueve, con la espalda vuelta hacia ellos.

Teme lo peor al acercarse, se deshace en un sollozo ronco.

—Lazor.

Se arrodilla y comprueba que todavía respira, se abraza a él. Lazor lo mira fijamente cuando se separa un poco, con una confusión atroz.

—Has vuelto.

Le tiende la mano para ayudarle a levantarse y éste contempla su obra con ojos desorbitados, el turbio legado de su amnesia homicida.

Repara en las heridas de sus compañeros y en las tripas desparramadas de U’zhen.

Se lleva las manos a las sienes y se queda muy quieto, presa de temblores y de un grito que no termina de escapar de sus castigadas cuerdas vocales.

—¿Lazor? —Z’na da un par de pasos, sosteniéndose en Fel’nis—. ¿Sigues con nosotros, camarada?

Mira a Éomar y luego a ella. La sangre todavía gotea por su mentón.

—¿Dónde está…?

—¿Shal’karath? Lo has destrozado, solo lo reconocerás por los cuernos que no le has arrancado.

—¿Ya está?

—Ya está.

—¿Y G’lar?

Z’na señala hacia un lado, indicando un conducto estrecho y humeante, y gruñe órdenes para los cinco guerreros que quedan y que lloran la pérdida de su líder.

Fel’nis comparte una mirada esquiva con el hombre que ha estado a punto de asesinarlos momentos antes y se detiene junto a U’zhen para formular una oración que apenas pueden oír.

Lazor da un respingo al sentir la mano de Éomar en la espalda, porque no puede dejar de mirar al águila, preguntándose quizá si es obra suya.

—No lo has hecho tú —musita Ascua Danzante, acercándose a su sien—. ¿Me oyes? No has sido tú, no te hagas esto.

—¡¿No ha sido él?! —Fel’nis estalla—. ¡Díselo a U’zhen!

—Tienes que calmarte.

—No le quites eso a los caídos, Éomar. Ha sido un puto infierno del que Lazor no se acordará y del que es responsable, así como nosotros. Vive Astharoth que no parece una victoria y lloraremos su muerte como tal.

—No ha sido Lazor, él ni siquiera quería. Lo hemos obligado.

—Mente antes que corazón, hermano —Z’na secunda a Éomar—. Lo obligamos a sacar a Rojamuerte y aunque el fin es amargo, es una victoria. U’zhen entendía esto y sé que tú también.

Fel’nis se deja caer de rodillas y musita algo más en el dialecto de Astharoth, apoyando la mano en la espalda de su amigo. Y por primera vez, lo ven llorar. Z’na lo rodea con los brazos y posa los labios en su nuca, arrodillada también, y por primera vez ven el tierno afecto que se profesan.

—Volveremos a verlos —susurra la guerrera—. Te lo prometo, volveremos a verlos.