Dragón rojo, dragón negro #2
Trastabilla al levantarse y por poco no vuelve a irse contra los guijarros; apenas siente el brazo en el que apoya el peso.
La pendiente no se lo está poniendo fácil con tanto resbalón, pero debe continuar, se ha preparado durante años para este momento.
La lucha asoma por la línea oscura de la pendiente, una algarabía de guerreros de Astharoth y de ratas que se mueven como el mar bravo y que a su vez tratan de evitar a los dragones que se retan y destrozan en su centro.
Piensa entonces en cómo ayudar al dragón rojo, ya que correrá el riesgo de que se vuelva contra él.
Fel’nis lo alcanza y se echa a la pelea con un grito fiero, para verse engullido de inmediato.
Éomar toma aliento y lo imita, desviando ataques y colándose entre garras y hachas, batallando contra los empujones que le acercan a los dragones.
Uno solo de sus golpes bastaría para separarle la cabeza del tronco, tal es la rabia con la que los esgrimen, tal es la potencia de los giros en los que se enganchan, que cubren a los demás con una tormenta de molestos guijarros y polvo, las garras clavadas en la carne del otro como ganchos de matadero.
Shal’karath ha dejado de jactarse hace un rato; ahora parece hasta preocupado, pues por más que golpea a su contrincante, solo sirve para motivarlo.
Tiene el cuerpo cubierto de dentelladas y las costillas le asoman por el lado izquierdo.
La sonrisa del oponente que trata de devorarlo vivo no desaparece ni por un latido, la tiene grabada a fuego.
El dragón rojo se aferra a los cuernos del dragón negro y dando un par de vueltas sobre sí mismo, consigue lanzarlo por encima de la muchedumbre; clava una garra en tierra, abre las fauces contra el cielo y salta por encima de la masa, para asestar más golpes contra el rival, que para entonces ya está muy aturdido.
Las ratas que acuden para socorrer a su líder se ven repelidas en sendos arcos sanguinos, hasta que dejan de acercarse, hasta que se forma un corrillo desordenado en el que Rojamuerte acribilla a su oponente.
Junta las garras hasta convertirlas en un puño enorme y las deja caer en su cara y su garganta, acompañándolas de una cacofonía de risotadas broncas.
El restallar de un látigo espinado se enrosca en su brazo, pero clava el peso en los talones para evitar que lo separen de su objetivo, hinchados todos los músculos del cuello como si el apéndice le importase tanto como la vida de los desgraciados a los que aplasta.
Tira con tanta fuerza que el brazo del acólito comienza a resquebrajarse también, pues se lo ha enrollado en la muñeca para evitar que se suelte.
Se tensa hasta que finalmente uno de ellos cede, no se sabe cuál hasta que un brazo de escamas verdes vira en el aire y desaparece entre el bullicio.
Rojamuerte se da un momento para observar a su antiguo líder, que suelta quejidos ahogados y no logra levantarse; se vuelve entonces, viendo que ratas y guerreros retroceden a una. Corre para encontrarse con ellos y se detiene en seco un par de veces, disfrutando con su terror, alimentándose de él.
Y la masacre sigue, con miembros cercenados volando en todas direcciones, de amigos y de enemigos.
Éomar trata de apartarse de su trayectoria, con la mala suerte de que tropieza con un par de cadáveres y da con el pecho en tierra.
Una punzada en el estómago, al girarse. La sangre que escupe vuelve a su cara.
El filo del hacha que tiene a un palmo pasa despacio frente a sus ojos. Las estrellas moribundas lo escrutan.
—Soy Éomar… Lazor… Soy…
—Me has tenido delante todos estos años.
Es la voz de Lazor, proyectada con unas cuerdas vocales que ya no le pertenecen.
Éomar se apoya en un costado y no se mueve, esperando el golpe de gracia, pero el dragón rojo gira sobre los talones y camina con parsimonia hacia el lugar donde ha dejado a Shal’karath; los demás se apartan como las moscas que pululan alrededor de un pastel.
El filo se inclina en su hombro derecho con la teatralidad de un bardo y la precisión de un arquero, antes de abandonar la mano nudosa que lo sostiene.
Gira y gira en el aire, para clavarse en el hombro de su antiguo líder, que trata de levantarse por enésima vez.
Vuelve a desplomarse, exento de fuerzas, y las garras del dragón rojo aterrizan en su pecho, atravesándolo y clavándolo al suelo.
Se revuelve con pánico, las fauces de su rival quedan tan cerca que le rozan la cara.
—Y ni por un latido has reconocido el rostro de La Muerte.
Shal’karath grita por última vez, cuando una garra que ha crecido un palmo le atraviesa la frente. Sigue moviendo los labios, aunque solo emite un gorgoteo.
Éomar cuenta con estómago para mucho más de lo que pocos guerreros pueden soportar, pero no está preparado para lo que sigue.
La mandíbula de Rojamuerte se abre de una forma imposible, tanto que le recuerda a la de las lamias de las leyendas que solía contarle su padre, y envuelve la cara de Shal’karath con un ruido hueco, semejante al del chasquido de una rama.
Solo queda un agujero en su lugar, pero no parece que haya terminado con él.
Las fauces vuelven a cerrarse en su cuello y lo que queda de su cráneo sale volando cuando el dragón rojo menea la cabeza.
La moral de las ratas mengua como la llama de una vela agonizante, el arrojo con el que luchan se reduce a una intentona miserable y no tardan en huir en todas direcciones. Muerto su líder, ahora solo queda enfrentarse a la deidad macabra que vuelve a reír contra el cielo plomizo.
El problema radica en que sus aliados también tendrán que hacerlo.
—¡Corred! —grita Z’na por encima de la histeria—. ¡Todos a La’Miel!
El dragón rojo se lanza en su persecución, mas Éomar se cuela entre las rocas porque recuerda la promesa que le hizo a Lazor.
Por suerte no lo sigue, le tientan más las multitudes.
El hijo de Findar colma el cañón con sus jadeos, tratando de recordar el lugar en el que dejó el cadáver de Mircea y sorteando los restos de la contienda.
Cae de rodillas al encontrarlo, sepultado por la carnicería, y no puede evitar romper en sollozos.
No sabe por qué lo hace, pero se dobla sobre sí mismo y da rienda suelta a la melancolía que hasta entonces ha sido su más ferviente enemiga.
Tiene miedo, formula una pregunta muda al tiempo que acaricia la mejilla de Mircea.
No ha reconocido a su amante en la mirada que le dedicó hace un rato, cuando pensó que le clavaría el hacha en la cara; cuando pensó que pese a todo lo que han compartido, no lo recuperará.
Que pese a todo lo que ha sufrido para convencerlo de que se quede, de que comience a ver la vida que podrían tener juntos y a desearla, lo perderá.
Éomar no se ha permitido sentir esto por nadie porque el miedo a la decepción y al escollo era más fuerte que sus convicciones y ahora que por fin se atreve a hacerlo, lo perderá.
Ahora que por fin empezaba a sentir la dulce caricia de la libertad, se esfumará y el sentimiento de vacío volverá, la vida que se mueve por inercia y que se sufre a cada latido.
Los ojos de la Caminante suplican que la lleve junto a él, que confíe en su palabra. Lazor nunca falta a su palabra y aunque no parecía convencido de que vaya a funcionar, aunque Éomar se esté aferrando a un imposible… Se levanta y se echa el cadáver al hombro, porque los imposibles son su reino.
El Abismo no se lo arrebatará, el destino no los unió para que su historia acabe así y ni el propio Astharoth, que ahora asoma a los ojos de su compañero, lo convencerá de lo contrario.
El interior de La’Miel titila como una hoguera por la lava que fluye en las profundas simas que flanquean las cuevas, que repta en ríos espesos que a menudo se convierten en peligrosas cascadas.
El calor irritante golpea a Éomar, mientras sigue la cacofonía de gritos y se convence de que los encontrará a tiempo, antes de que consiga acabar con todos sus amigos.
Son muchos los conductos que recorre sin rumbo, sirviéndose del rastro de muerte que dejan a su paso, hasta que da con una cueva más amplia que las demás y los encuentra.
U’zhen yace boca abajo y no parece que todavía respire, las tripas le asoman por un costado y tiene la cara vuelta hacia el lado opuesto.
Fel’nis se apoya en una pared y gime entre dientes, con la mano cerrada en un brazo que no le responde.
Z’na gira en una vertiginosa corriente de golpes y patadas, haciendo lo posible por repeler al aluvión rojo que la debilita.
Los pocos guerreros que quedan la ayudan con maniobras fútiles, pues cada vez que los alcanza acaban en el interior de una sima o con la garganta arrancada.
—¡ROJAMUERTE!
El dragón gira la cabeza con un chasquido y sus ojos se encuentran por segunda vez, mientras se acaricia un canino con la lengua. Detiene a Z’na y la levanta del suelo sin dejar de mirarlo, recibiendo golpes como si no fuese capaz de sentirlos.
—¡Suéltala y ven a por mí!