Dragón rojo, dragón negro
DRAGÓN ROJO, DRAGÓN NEGRO
La escalada de violencia se ha convertido en un cúmulo de gritos, berridos, gruñidos y siseos, en el que Éomar apenas puede distinguir su cuerpo del contrario.
Por cada enemigo que empuja y repele, aparece otro.
Se arraciman en cada flanco y salen de cada hueco y sombra que ofrece la cobertura de las rocas; gigantes brunos que presencian la mayor carnicería imaginable.
¿Dónde está Lazor?, se pregunta cada veinte latidos, pues el lobo es del todo necesario.
Hace un rato que ha perdido de vista a Z’na y a los demás, escabulléndose entre paredes de un codo de anchura y encontrándose con más al final de cada conducto.
La sangre resbala en regueros por su frente y le pega las pestañas entre sí, apenas halla un instante para frotarse la cara.
No se le pasó por la cabeza que el enemigo fuese a imitar sus métodos, mucho menos que contara con todos sus acólitos en un espacio tan reducido.
Lazor dijo que le daba mala espina, pero ni en mil años cabría esperar algo así.
Todavía cuenta con aliento para quitárselos de en medio, ¿pero por cuánto tiempo se repele una emboscada de traicioneras ratas que atacan como una, armadas con hachas de filo envenenado?
Sus fintas solo sirven para envalentonarlos, sus golpes y tajos para enloquecerlos.
Truenan con el fervor del Sin Dios que no tiene nada que perder.
Por cada vez que trata de encaramarse a la salvación de los gigantes que los flaquean, un nuevo tirón lo arrastra por el frío suelo y tiene que reptar, aprovechando su confusión, viendo cómo se hieren entre sí con la rabia ciega de la matanza desproporcionada. No son rh’zir, son demonios.
Una mano tan firme como un muro lo levanta del suelo, para verse amputada al instante.
El guerrero de Wyrran, cuyo nombre no recuerda, se ve engullido y lo sigue un barullo de vísceras y gruñidos guturales.
Éomar grita al tiempo que retrocede y esquiva un filo dirigido a su frente, para hundir la garra izquierda en las duras escamas de su oponente, para empujar con él a la marabunta de apóstatas que se apelotona para alcanzarlo.
El pelo se le pega a los ojos y no alcanza a retirarlo, de suerte no se abre la mejilla en el intento.
De pronto, un aullido, profundo y solitario.
Los adeptos alzan la cabeza a una, para admirar fugazmente a la sombra encrespada que se aposta en la roca más alta, que acecha con el brillo de una estrella muerta en los ojos.
«Astharoth Reencarnado», gritan, pero Éomar no lo entiende.
No tiene tiempo para entenderlo, trata de quitarse de encima a otros dos que lo tienen acorralado.
El aullido vuelve a propagarse por cada recoveco, se mete en cada poro.
Y el mundo rechina. Y la marea negra se agita. Y las ratas comienzan a huir en estampida.
—¡Z’NA! ¡FEL’NIS! ¡U’ZHEN!
¿Pero cómo van a oírle en esta estridencia de chillidos y golpes?
Se abre camino a garrotazos, viendo que huyen en la dirección contraria; apenas los esquiva para que no le pasen por encima.
Se pega a un pared y suelta el aire de golpe, piensa que le han abierto el abdomen en diagonal.
Cuando se dobla siente otro impacto y el mundo se funde en negro.
Más chillidos, más carreras. Otro aullido y un gorgoteo. La mano de Z’na en la garganta, arrastrándole lejos de la contienda. Su nuca da contra algo duro y tarda un par de latidos en abrir los ojos.
—¿Dónde están los demás? —susurra Z’na cerca de su cara, tan llena de sangre que apenas puede distinguir sus rasgos.
—¿No los has encontrado? —El miedo atenazándole la garganta, apenas puede contestar.
—¿Has visto lo que hay ahí fuera?
¿Ahí fuera? Mira hacia un lado, están en lo más profundo de un conducto sin salida. Los gritos llegan amortiguados, la oscuridad es casi total. Siente los jadeos de Z’na en la barbilla y por un momento da gracias a Astharoth porque siga viva. Por un momento, nada más.
—Debimos hacerle caso, cuando dijo que le daba mala espina.
—¿Y qué podíamos hacer, retirarnos sin más? —replica Z’na—. Se ha puesto peor, hay una cosa despedazándolos como si fuesen ramitas. No distingue amigo de enemigo, ¿te suena?
—Lazor.
—Rojamuerte. —La guerrera chasquea la lengua, mirando hacia un lado.
—Debemos quedarnos cerca entonces, facilitarle el trabajo.
—¿Y cuando se vuelva contra nosotros?
—Ya veremos, pero es cuestión de tiempo que lo reduzcan y es nuestra mejor baza.
Se ajusta el abrigo, convertido en jirones.
Ya ni siquiera cuenta con correas. Se lo quita y suelta un fuerte suspiro, preparándose para volver al infierno de hachas y garras.
El peto con el que lo vistió su padre casi ha corrido la misma suerte.
Z’na le da un par de golpes con la palma, en el pecho, infundiéndole del aplomo que necesita para continuar.
Casi la odia, pero es la mejor amiga con la que puede contar en ese momento.
Se encamina hacia la estrecha salida, pero se encuentra con la mano de Z’na en la muñeca. Sus pupilas reptan por ésta y se detienen en los glaciares de su iris.
—Por si no sobrevivimos… Lo siento, Éomar.
—¿Eh?
—Me estoy disculpando por todo lo que te he hecho. No hay tiempo para explicaciones, pero…
—Si piensas en dar explicaciones, entonces no es una disculpa.
—Suenas como tu jodido padre, pero tienes razón. No hay cabida para excusas en una disculpa.
—Andando. —Se suelta con un tirón. No hay tiempo para lisonjas.
—¿No me perdonas?
—Quien se disculpa debe asumir que no siempre hallará el perdón.
—De acuerdo, Findar, puedes irte a tomar por culo.
—Bien.
Esquiva la embestida de otro grupo de sotanas que huye en un vocerío ininteligible, de la sombra encrespada que repta por el suelo, recortada en la plomiza luz de la mañana.
Por lo menos ha clareado un poco, lo suficiente para ver hacia dónde se dirigen y lo que deben evitar, que gatea sobre pies y manos y mengua a medida que se acerca a un saliente.
Ya no es Lazor, sino un monstruo que no deja de sonreír y carcajearse, su cara retorcida en una mueca grotesca por la que de vez en cuando asoma una lengua ensangrentada.
Su cabello granate se mezcla con las vísceras que le cubren los hombros y la pulpa que se le pega al torso, brillando como el guerrero que se unta en grasa previo a un combate.
Sus músculos se contraen y estiran como cuerdas entre los cortes y laceraciones que debilitarían al combatiente más dedicado, con unos jadeos tan profundos como el maldito Abismo al que pertenece.
Sostiene un corazón amputado en su garra derecha, mientras que el hacha centellea en su izquierda.
El Empalador de Palerma en carne y hueso, escrutando a las hormiguitas que se propone aplastar en cuanto termine el aperitivo.
Las canciones no le hacen justicia. Es el verdadero rostro de la Muerte, que ahora vuelve hacia Éomar. Mierda.
Se mezcla con la diatriba vociferante que se atropella para pasar por los estrechos conductos, abriendo gargantas a su paso y lanzándolas hacia los lados.
Z’na lo apoya en su flanco izquierdo, reventando cráneos en un ciclón de chasquidos.
El oso y el león, huyendo del dragón que no los reconoce y que se carcajeaba a treinta latidos.
Éomar salta por encima de nucas y espaldas, alejándose como puede de la embestida acerada que sucede a las risas.
Distingue entonces las escamas de Fel’nis, que resiste junto a U’zhen y no espera el chirriante oleaje que lo aplasta sin remedio.
Echan a correr también, sin entender el terror que deforma la boca del enemigo.
—¡Hay que llegar a La’Miel! —brama Z’na, quitándose de encima a otro acólito—. ¡Todos a La’Miel!
El cielo se abre para ellos al cabo de unos instantes y se desparraman por el amplio sendero, para seguir lidiando con las ratas que se apiñan, desorientadas y enfurecidas.
Y el águila vira entre ellas, soltando tajos tan rápidos como letales.
Y el oso las reduce a astillas. Y el león las cubre de cortes envenenados.
Y el dragón gira sobre sí mismo bajo una lluvia carmesí, con las palmas vueltas hacia arriba y los ojos cerrados en una mueca de gozo exacerbado.
Pero otro dragón se une a la lucha, bramando contra los infelices que se desperdigan como miguitas. Lanza su garra gris hacia el costado de Éomar y apenas logra esquivarla. El aire se colma de chispas y una patada lo envía contra Fel’nis.
Caen rodando por una pendiente como peleles desmadejados, a tal velocidad que el horizonte se ensancha y amenaza con engullirlos.
Nota una mano en la coronilla y un tirón tan fuerte que piensa que se acaba de quedar sin cuero cabelludo, luego otro que le hace dar con la cara en los guijarros.
Se incorpora sobre unos brazos temblorosos y ve el acantilado a un par de palmos, así como a su compañero, tendido de espaldas y resollando como un toro.
—Shal’karath…
—Sí, dame un momento —gime Fel’nis.
—No hay tiempo.