Rojamuerte El puño de astharoth #4
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El puño de astharoth #4

Corto un par de cabezas, pero doy con cuellos tan robustos como troncos o no cuento con tiempo para hacerlo bien.

Las hachas no tardan en aparecer e imagino que también tendrán el filo envenenado, por lo que sigo esquivando y conteniendo tajos.

Veo cómo se hieren entre sí al tratar de atraparme, mientras salto y me doblo, mientras me engullen y salgo a la superficie. Una y otra vez.

Rojamuerte me suplica que lo suelte, pero el cerco se cierra más y apenas tengo margen para defenderme, mucho menos para abrirle el esternón a uno.

Me cuelo entre unas piernas y una garra me atrapa el tobillo y tira, por lo que giro mientras me arrastra y se encuentra con el hacha clavada a la frente.

Lo levanto y lo lanzo contra otro; el cerco se abre cuando caen juntos.

Salto y aterrizo sobre pies y manos, para emprender la huida hacia las rocas en las que combaten mis aliados.

Tengo que alejarme de ese cerro todo lo que pueda y rujo de impotencia al pensar que es ahí donde encontraré a G’lar.

Zaros corre a mi zaga, sus jadeos ásperos y los del Cometripas confirman que Shal’karath no se quiere arriesgar a encontrarse con los guerreros.

Me encaramo a un saliente y luego a otro, emprendo la subida de roca en roca mientras tratan de seguirme el ritmo y gritan mi nombre, proclamando que soy un cobarde.

La pequeña marea negra los sigue, despuntando en la línea irregular por la que trepo con una mano, porque sigo sosteniendo el hacha.

Ya los oigo, estoy cerca. Me detengo un momento y se me corta el aliento.

Hay cientos de ellos, pululando entre columnas como ratas sobre la basura de un callejón.

Mis compañeros también llevan sotana, por lo que me es muy difícil distinguir el brillo de sus escamas del de los demás, pero me encorvo y calculo la caída, preparado para lanzarme a la contienda con fe ciega o un intenso deseo de muerte.

El filo del hacha de Zaros chirría contra el mío, por poco se me clava a la nuca.

Hago una finta y esquiva mi garra izquierda, pero no es capaz de eludir el tajo ascendente que le amputa la oreja.

Aspira entre dientes y ataca con todo lo que tiene, pero su equilibrio no iguala al mío y se tambalea hacia un saliente cuando lo hiero en el hombro.

El pomo del hacha gira en mi mano para contenerlo un par de veces más y finalmente cae.

El cielo se ha oscurecido tanto que se funde con el fondo y no consigo ver más.

Mierda, necesitaba tu corazón.

Cometripas ha olvidado el hacha, pero las garras vienen hacia mí en un torbellino nacarado, de suerte que las esquivo y ruedo por su espalda.

Me lo va a poner mucho más difícil que Zaros, es más rápido y liviano y se le da de miedo hacer saltar tripas; de ahí su predecible apodo.

Rozo su mandíbula con la esquina de un filo y salto hacia arriba, pero se libra a tiempo del tajo y me asesta uno en el cuello.

Siento la quemazón del veneno al instante, burbujea como el ácido y se me aloja en el tímpano.

Me doblo hacia atrás y le clavo el mango en el pecho, para girar el hacha al tiempo que retrocedo.

Se hunde en el mismo punto. El cabrón ni se tambalea, sino que se sacude y me la arranca de las manos, dirigiendo un garrotazo a mi cara.

Lo esquivo por muy poco. Retrocedo y describimos un semicírculo, escupiendo hacia los lados y sosteniéndonos la mirada.

Detengo dos tajos horizontales y le clavo los dientes en la cara, aprisionando sus brazos bajo los míos.

Le sigue un cabezazo y una risotada, proferida por mi petulante alter ego.

Me lo devuelve y empezamos a destrozarnos la frente, el uno contra el otro, al tiempo que trata de zafarse de mi abrazo.

Suelto con el último cabezazo, doblo una pierna y le meto las garras por la boca del estómago, dejándome llevar por el velo rojo que ha caído, por la dulce caricia de un monstruo que se ha cansado de esperar.

Siento sus garras en los costados, trata de empujarme y el horror le deforma la boca mientras me abro paso con el ingenio de la necesidad.

Me ciño a su cuello con la mandíbula, rebuscando, quebrando.

Ya casi lo tengo. No me detendría ni el mismísimo Astharoth.

Palpita en mi mano, ya lo tengo. Un tirón y se vacía con un corto estertor.

«Lazor».

Me lo acerco a la boca y contengo el aliento. Correoso, pero tierno. Ácido, pero dulce.

El velo rojo se colma de vísceras.

El Iniciado que nos ha seguido el rastro no predice la garra que se clava a su sien y tampoco ve lo demás que le hago, cuando la extraigo y le arranco la cara. Le vacío el pecho y hago lo que mejor se me da.

Me tomo mi tiempo porque voy a disfrutarlo.

El infinito conglomerado de monolitos negros me devuelve la cacofonía de mis risas, mientras me despido de Lazor y lo encadeno para que no moleste. Empieza la caza de los indignos. El mundo tiembla y zumba, gozoso de recibir a su carnicero más devoto.

Me acerco al saliente. Tantos corazones que palpitan tras mis sienes, implorando que los libere.

Soy el puño de Astharoth.

Soy la sombra de sus alas.

Regocijaos.