Rojamuerte El puño de astharoth #3
85%

El puño de astharoth #3

—No le he dado la espalda, te lo puedo asegurar. Se muere por saludarte.

—¡No tengas los huevos de negar lo que sigues siendo!

—Se altera un instante, pero recupera la sonrisa—.

Eras una malvada obra de arte y te gustaba serlo.

Que te hayas follado a una humana no te convierte en su amigo, que te hayas unido a los héroes no te convierte en uno.

Te gusta engañarte, pero está llegando a un punto ridículo.

—¿A qué viene esta monserga? —gruño por una comisura de la boca.

—¿Cómo dices? —Juguetea con un colgante que pende de su cuerno, como si contase con todo el tiempo del mundo para reprenderme.

—Acabemos con esto de una puta vez.

—Acabaremos cuando yo quiera. —Alza un dedo, cuya garra ocupa mi mano entera—. Como ves, no le estoy pidiendo a nadie que te descuartice. Me apetece que me escuches primero.

—¿Y si a mí no me apetece?

—Cuéntalos.

—¿Qué?

—Que los cuentes. —Estira un brazo y lo mueve despacio, señalando a las ratas que han empezado a rodearme—. ¿No te parece que nuestra cuadrilla ha crecido un poco?

—Eso no me dice nada.

—¿No? Pues lo mismo se lo dice a tus amigos, que han empezado a quitarse a los míos de encima hace un momento, mientras te acercabas y te hacías el interesante en la oscuridad.

Vaya mierda de organización la de los héroes, en ningún momento habéis pensado que por cada paso que dais, nosotros damos veinte.

—Se lleva una mano a la oreja y junta los dedos—.

¿No los oyes, saliendo de las cuevas que tenemos justo debajo?

El corazón me retumba y la hoguera sigue rugiendo, pero hago lo posible por oír algo más.

Percibo el rumor de algo que se parece al viento huracanado o al mar rompiente.

Así que por eso no los olíamos, se estaban moviendo a mucha profundidad.

Se jacta con una nueva risotada, se propaga por mi espina dorsal y me la eriza.

—¿No se te ocurrió pensar que gran parte del camino que has recorrido fue orquestado para hallarnos al fin en este momento, aquí y ahora?

—Señala la punta anaranjada del cerro, sosteniéndome la mirada—.

Han venido a verte, Rojamuerte, todos ellos, porque es el día en que por fin te encontrarás con Los Hados y nadie se lo quiere perder…

¡Aquí, en el primer volcán de La Creación!

—¿Tantas molestias para castigarme?

—Para mi inconmensurable espanto, para mi gran y tortuoso horror, nadie quiere castigarte, pues es el día de tu Renacimiento.

— Alza las manos contra el cielo, ceremonioso a la par que jocoso—.

Yo tampoco lo creí cuando me lo dijo G’lar, admito que hasta me puse celoso.

—Deja caer las manos y asiente con fingido abatimiento, porque todo en Shal’karath posee un toque de burda teatralidad—.

Empezó poco después de que te cargases a Negramuerte…

Por cierto, enhorabuena. De los dos berserker del culto, tenías todas las apuestas en contra.

—No fui yo.

—¿No?

—Fue Mircea.

—Luego es cierto, Negramuerte tenía un pésimo gusto para las mujeres.

Ya le dije que quien se acuesta con humanas, amanece…

sangrado. —Exagera una mueca atónita—. Oh, vaya.

¿Es que no lo sabías? Os la habéis pasado como la pipa de un chamán y de haberte matado, ¿quién sabe?

Lo mismo ahora sería la mascota de Zaros.

—Hace un mohín al ver cómo su segundo arruga la nariz—.

No me mires así, ¿piensas que no sé que Negramuerte no era el único que se salta la prohibición?

Pues puestos a saltárnosla te diré que la hija de G’lar era un trofeo apetecible, debes creerme.

No llegaste a conocerla porque no se dejaba caer por nuestros lares, le dábamos un poquito de asco, pero ufff…

—Se da un apretón en la bragueta—. Seguro que estaba bien entrenada.

Me paso la lengua por los molares y respiro hondo, porque no quiero ceder a sus provocaciones y cargarme la baza. Las burlas de sus secuaces no me lo están poniendo fácil, he cerrado la mano en el hacha con más fuerza y fantaseo con todo lo que le podría hacer a su cara.

«El rostro de la Muerte», sisea el monstruo.

Paciencia, llegará tu momento.

—¿Decías?

—No nos habíamos tomado muy en serio lo de buscarte.

G’lar te quería para aplicarte su Castigo por haber huido de la Inquisición y consideré que teníamos asuntos más importantes con los que lidiar, pero empezó a ponerse muy insistente.

Sabes lo hermético que es ese viejo, no me lo contó hasta que tuvimos una trifulca, imagino que fue porque pensó que me cabrearía.

Y vaya si me cabreé. No te aburriré con los entresijos de lo que ha estado pasando por aquí, basta con decir que asumí mi parte de culpa por todo lo que te hicimos, así como él, porque metimos la pata.

—Vaya, qué detalle que te disculpes —replico con sorna.

—No me estoy disculpando contigo, sino con los Parientes Oscuros.

—Cruje los nudillos de la otra mano—. No mereces su favor y es por eso que te quieren, eres algo así como el hijo mimado que se lleva todo el reconocimiento y aunque me jode, aunque me ardan las entrañas con solo pensarlo, me debo a sus designios…

Y tú también. Irás de buena gana o irás con la cabeza metida por el culo, pero irás.

Miro hacia ambos lados, tratando de hallar un hueco por el que escapar. Se han juntado tanto que me costará, pero no es imposible. Arrastro un pie para retroceder y chasquea la lengua.

—Pues con la cabeza metida por el culo.

Se echan sobre mí y Shal’karath se limita a retroceder, convencido de que se harán conmigo sin que tenga que meterse.

Le demuestro que está equivocado cuando lanzo el brazo derecho hacia delante y una estela acerada le rebana media cara a un Iniciado.

Me escabullo y salto para encaramarme a hombros y espaldas, cual cuervo que revolotea entre las ramas de un bosque.

Mi garra envenenada y el doble filo del armero más racista de la historia me acompañan en la danza.