El puño de astharoth #2
—Ibas bien hasta eso. —Z’na pone los ojos en blanco, nada conmovida por mi mirada empañada—. He dicho que no quiero dramatismos, no estarán las cosas como para cargar con un cadáver a través de un infierno de ratas.
—Yo me encargo —Éomar asiente con solemnidad.
—Retorcidos tus amiguitos —masculla Z’na—. No muy listos, porque hemos adivinado la treta, pero retorcidos como ellos solos.
Volvemos sobre nuestros pasos y cuando quedamos completamente ocultos por las rocas, entrego a Mircea a mi maestro. Le paso el pulgar por la mejilla, retirándole un par de ondas y susurrando que va por ella.
—Va por ella —repite Éomar—. Y por ti… Y por mí. —Une su frente a la mía—. Por nosotros.
Fel’nis se acerca, interrumpiendo un momento que acabaría en lágrimas. Pestañeo y me fijo en que está muy nervioso.
—Hemos dejado de olerlos.
—¿Cómo?
—De pronto estaban cerca y su olor se ha empezado a perder.
¿Te suena? ¿Sabes si pueden hacer eso? —Se muerde el labio con fuerza, viendo que sacudo la cabeza—.
Joder, esto pinta fatal. El plan de llevar sotana se mantiene, servirá para confundirlos cuando lleguen, pero será mejor que los cabecillas no nos la pongamos. Es esencial que podamos reconocernos.
Éomar asiente y sigue a Fel’nis con los ojos, mientras se retira para hablar con los demás.
—Tráelo, Lazor. —Deja a Mircea en el suelo y le acaricia la mejilla también—. Y por favor, no dejes que Rojamuerte te atrape para siempre.
—Por eso quiero que tengas a Mircea cerca, es posible que me haga volver.
—¿Solo posible?
—Eso me temo.
Roza sus nudillos con los míos. Se muere por tocarme, por despedirse de mí con algo más que un abrazo.
—Y recuerda lo que te he contado del cuervo de plumas rojas. Si lo encontráis y no respondo, acabad con él y acabaréis con G’lar.
Tira de mi mano y nos ocultamos para fundirnos en un beso brusco y efusivo, vaciándonos un poco del miedo que nos atenaza. Miedo a perdernos, miedo a no volver a encontrarnos.
—Eras mi secreto. —Me escruta con ascuas vidriosas.
—¿Tu secreto?
—Lo que dijo Mircea, en el sótano de la aldea.
Dijo que el amor duele, que estaba equivocado al decir que no es así.
Eras el secreto que no le conté y que adivinó mientras me afanaba en negarme a mí mismo.
Pero sigo pensando que no estaba en lo cierto, porque lo que verdaderamente duele es a quién amamos.
—¿Y sigue doliendo?
—Vuelve y no dolerá.
Puede decirse que no cuento con el más mínimo apego hacia mi persona, pero esto es absurdo.
En todos mis años como asesino, jamás pensé que me vería en una situación tan arriesgada como la presente y no obstante, no estoy nervioso.
Mala señal, muy mala, porque Rojamuerte se está viniendo arriba y conozco esta calma.
La grasa quemada, la sangre, los quejidos desgarrados de las pobres infelices a las que torturan son su combustible.
Me detengo cerca, en la línea que me separa de la luz, más tranquilo que un sabio.
El peso del hacha a mi espalda me asegura que lucharé en igualdad de condiciones, porque además he imbuido el filo y mis garras con el veneno que nos regaló la curandera Thara.
Su desenfreno penetra en mi retina, por primera vez observo lo que hacen con los ojos de un renegado.
Comulgaba con esto y me parece atroz que ni siquiera me hiciese enarbolar una ceja.
Se me arruga el labio y acabo enseñando los dientes.
Todavía no han reparado en mí, están cortándole partes del cuerpo a la aldeana que berrea a unos veinte pasos, mientras obligan a las otras dos a mirar. Les llegará el turno, aseguran.
¿Dónde están los demás, los que importan? A todas luces ha sido una ejecución, no hay señal de que hayan ritualizado la hoguera. Mis ojos se pasean un poco más y se detienen en la roca en la que está sentado.
Dos latidos. Cuatro latidos más. Me he quedado clavado en el sitio y me tiembla una mano, aunque no se debe al miedo.
La silueta de sus cuernos se alza sobre las caras ennegrecidas de las víctimas empaladas que han pasado a mejor vida, me recuerda a una tétrica estampa de Astharoth.
El Dragón Negro, lo llaman, aunque sus escamas sean del color de la sangre seca.
Una mole de músculos abultados y puños como ruedas de molino, ausente de cicatrices a pesar de toda la violencia a la que se somete.
En otro tiempo fue el guerrero de un clan que ya no existe, su pasado es un misterio y no queda rastro del dolor con el que lo tentó G’lar.
Solo el odio visceral y el gusto por el dolor que inflige.
Su risa suena como una piedra de afilar y su voz es un trueno en repetición, solo con eso basta para mearse encima.
Es un tipo de costumbres, siempre se hace con un cráneo fresco para saborear las mieles de la victoria, algo de cerveza condimenta la sangre que paladea.
Sus ojos ausentes de pupila centellean con la sonrisa que dedica a los desgraciados que cuentan con el privilegio de sentarse cerca.
Zaros Mor’fn se encuentra a su derecha, menos esbelto y de escamas marrones y amarillas, con una argolla del grosor de mi pulgar colgando del puente de la nariz.
Cometripas, su jefe de exploradores, susurra algo en su oído y le saca otra risotada, en tanto que observan a la mujer que está siendo despedazada.
El fuego saca un brillo mate de sus escamas grises, casi blancas.
En unos latidos percibirán mi esencia, espero pacientemente a que lo hagan.
Cometripas es el primero en dirigir las pupilas al otro lado de la hoguera y frunce sus blancas cejas.
Tarda un par de latidos en darle un codazo a Shal’karath.
Mi antiguo líder lo mira con enojo, porque lo ha interrumpido mientras le contaba alguna batallita a Zaros, hasta que sus ojos se encuentran con los míos y esboza la sonrisa más amplia, cargada de dientes afilados.
Zaros lo imita y se levanta, luego da una palmada y la celebración cae en el silencio, tan solo interrumpido por los chillidos de la mujer que agoniza sobre una tabla que abarca el tamaño de su cuerpo.
—Tenemos visita. —Estira el brazo en mi dirección.
Los susurros le suceden. El fragor de la sangre vertida todavía los hace lentos, pero se acercan olisqueando como un oso frente a un panal y se mantienen a una distancia prudencial.
Shal’karath da una palmada para que se detengan y proyecta su sombra sobre el rugido de la hoguera.
Me observa con la comisura retorcida en una mueca de afectación, lo está saboreando porque piensa que no tengo la más mínima oportunidad de sobrevivir.
Y puede que no la tenga, pero lo voy a estirar tanto como pueda.
Me bajo la capucha y muestro los colmillos, devolviéndole la sonrisa.
Cierro la mano derecha en el mango del hacha y ahí la dejo, basta con un tirón fuerte para liberarla y clavarla en la cara del primero que se acerque.
—¿Qué se le dice a un hijo pródigo? ¿Qué se le dice al berserker que dio la espalda a los Parientes Oscuros?
—Se lleva los nudillos a la barbilla y entorna los ojos, contemplativo—.
Esperábamos que te dejases caer por aquí en algún momento, pero no he pensado en qué diría, Rojamuerte.
—Vacía el contenido del cráneo, que salpica la pared y deja una mancha alargada—.
¿Qué se le dice a un chucho renegado? Porque lanzarte un hueso no es lo que tengo en mente… Ni yo ni ninguno de la manada.
Risitas, de todos los cabrones que se crecen con su arrogancia. Contesto con una mirada desafiante y vuelvo a clavarla en Shal’karath. Baja de la roca de un salto y lo siguen sus lameculos, mientras se abre paso entre el cúmulo de ratas, a las que saca tres cabezas.
—¿Te lo has pasado bien en tus aventuras?
G’lar me ha contado un par de cosas, como que te enamoraste de una humana con unos cuantos secretos y que ahora eres un auténtico guerrero de Astharoth, con tu peto grabado y todo.
—Se pasa la mano por el pecho y el abdomen, es el único que no lleva sotana—.
Puede incluso que me haya contado alguna cosita más, como que te has pasado a la otra acera con nada más y nada menos que el futuro del clan Razaros.
Amigo Rojamuerte, con nosotros no tendrías que haber llegado tan lejos para escalar en la jerarquía.
—Mira a Zaros y lo señala con el pulgar—.
Bueno, es posible que se la hubieses tenido que chupar un poco, pero habría quedado en familia.
Algunos sacan la lengua, imitando una arcada. Otros se doblan de risa y los más fanáticos escupen, pensando que no solo me he revolcado con una humana, sino con un héroe del Antiguo Reino.
—¿Y ahora te presentas aquí solito? No lo creo, llevo oliéndoos un rato. —Gira los hombros y se pasa una mano por uno, dándose un fugaz masaje—. ¿Cuál es el plan? ¿Atraernos hacia allí, donde esperan los demás? ¿Quieres que te siga, héroe?
Esbozo una mueca desdeñosa, dándole a entender que no me ha sorprendido que lo sepa. Han quemado a las mujeres y han preparado el sitio para una contienda. G’lar se ha escondido porque es el más vulnerable. Me devuelve una sonrisa afilada y asiente.
—No te tenía por un iluso, Lazor, por eso me gustabas. Siempre has sido un hipócrita, pero…
—Y un cobarde —masculla Zaros—. Nunca estuvo a la altura, no sé de qué nos sorprendemos.
Shal’karath dirige una punzante mirada contra él y juraría que su segundo se encoge. Vuelve la cabeza una vez se ha asegurado de que no volverá a interrumpirlo, para añadir:
—Que te hayas pasado al bando de los héroes con todo lo que hemos compartido no me sorprende, ¿pero que pienses que vas a salir bien parado? Te tomaba por un tipo realista.
—Era un monstruo.
El Dragón Negro se carcajea y mira a Zaros, que tampoco da crédito.
—¿Y ya no lo eres? Te recuerdo que lo hiciste porque te encantaba. Se te ponía tan dura como a mí cuando los empalabas, y no siempre lo hacía la bestia a la que has dado la espalda.