El puño de astharoth
EL PUÑO DE ASTHAROTH
El principal problema cuando llevas tanto tiempo cabalgando la cresta de una ola sangrienta, es que te confías.
Te entregas a la violencia como a una vieja amante, sin sospechar que puede ser el último polvo que echas con ella.
Si a esto le añades un grave ataque de amnesia, puedes darte por jodido y encomendarte a la clemencia de los dioses —si es que crees en ellos, de lo contrario date dos veces por jodido—, que no son populares por ayudar a nadie y adoran un buen baño de sangre.
Me repito esto cada vez que me propongo soltar al monstruo, para olvidarlo al cabo de un latido.
La filosofía de la lucha y la ira homicida no van de la mano y para Rojamuerte solo existe lo segundo.
A todas luces es un mal compañero, que lleva alojado en mi nuca desde que me pareció buena idea beber de la esencia de G’lar como un borracho pegado al último barril de la tasca.
No tengo ni idea de cómo puede salir esto, pero trato de convencerme de que no será como otras veces, de que no tendrán que echarse sobre mí entre veinte, cuando no distinga amigo de enemigo y todo haya terminado.
Porque terminará de un modo u otro y el cabrón suele ser el último en quedar en pie.
Nunca se ha enfrentado a Shal’karath, por lo que voy a ponerlo a prueba y luego ya veremos.
Si algo sé es que está hambriento y que lleva un tiempo cabreado, la caída del velo rojo es su forma de decir que ya ha aguantado suficientes cadenas.
Lo voy a azuzar un poco más, pero no lo soltaré hasta que sea extremadamente necesario, porque una vez lo haga, es posible que no me recuperen hasta mucho después de la contienda…
Si me recuperan, porque voy a tener que engullir muchos corazones para contrarrestar la fuerza de mi antiguo líder.
Cruzaremos ese puente cuando lleguemos a él, Lazor.
Dicen que necesitamos al monstruo, porque no sabemos cuántos del culto marchan en dirección a La’Miel.
Podrían ser doscientos, podrían ser quinientos.
Éomar se ha opuesto al ver mi reacción, cuando insisto en que no es buena idea, pero los hermanos y U’zhen no lo ven del mismo modo.
Digo que Rojamuerte solo es leal a la carnicería, que podría complicar mucho las cosas, pero no sirve de nada. Necesitan su salvajismo.
Volveré a cabalgar la cresta de la ola.
Un tufillo a grasa quemada se me mete en las fosas nasales y me cosquillea en el paladar, demasiado familiar para mi gusto.
La bestia me golpea la caja torácica cuando los chillidos retumban en las rocas y las risas los acompañan en una cacofonía estridente.
Las risas de cuarenta cabrones con la polla dura y la satisfacción del trabajo cumplido.
Hemos llegado tarde para esa gente, la versión de La Gran Hoguera de Shal’karath solo restalla así cuando han puesto toda la carne en el asador.
Lo único que podremos hacer por ellos será apilarlos en una fosa común, lo poco que quede y que no hayan devorado con la devoción de una puta frente a una saca de monedas.
Éomar se vuelve brevemente para compartir una mirada inquieta y aprieto los labios en respuesta, una mueca que no hace justicia a lo que está pasando.
No hace mucho que me conté entre esos tipos de dientes con hedor a carne humana, no hace mucho que me regocijé con los gritos que me devolvía el humo, enloquecido, sacando la lengua contra las estrellas, sostenido como un auténtico héroe de guerra.
Se parece a la guerra, pero es una masacre, un expolio de vidas inocentes.
Seguro que habrán reservado a un par para después, que sufrirán un latrocinio peor que el de sus compañeras.
Desearán haberse contado entre esas llamas a cada latido de la tortura.
A esto huele el culto de Shal’karath y a Rojamuerte le encanta.
Así que me detengo, con el leve roce de los brazos de Mircea en la espalda. Me he empeñado en marchar con ella, porque este momento también le pertenece. Los demás siguen avanzando entre las rocas, tratando de localizar el recodo más adecuado para una emboscada.
—¿Todo bien, Morritos? —Z’na lleva un rato pasándose una correa por las garras, para ponerlas a punto.
Todo lo bien que se puede estar cuando sudas a mares y cargas con el cadáver de tu amante al hombro, mientras tratas de dormir a la bestia a puñetazos y te preguntas cómo coño sobrevivirás. Te lo he prometido, Éomar, pero no alcanzas a imaginar lo feo que se va a poner. No lo has conocido.
—Quiero que os alejéis de mí todo lo posible, cuando empiece.
—El otro.
—Sí.
—¿Hablas de Sonrisas? —Z’na alza la barbilla, recelosa—. Pude con él la última vez, bastó con un golpe.
—La última vez solo di un mordisco, tan pequeño que apenas sirvió para masticar. Soy un adicto de la muerte, una vez empiece querré dar más de un mordisco y quiero que me prometáis que no os pondréis en mi camino.
—«Adicto de la muerte», me gusta cómo suena eso. «Adicto a la muerte», suena mejor.
—Búrlate lo que quieras, pero mantente alejada.
—Se te dan bien las palabras solemnes, pero los hechos hablan por sí solos.
—Haríamos bien en considerar lo que dice, Z’na —intercede Éomar—. Dudo mucho que Lazor esté aprovechando la ocasión para jactarse.
—Al menos dejad que me ría un poco, puede que sea la última vez que lo haga.
Informamos al resto de que ha llegado la hora de separarse.
Nos acercaremos al campamento enemigo para evaluar la situación y decidir el momento en el que atacaremos, así que tanto Éomar como Z’na me siguen cuando tomo la delantera.
Fel’nis le da un apretón en el brazo a la guerrera, se quedará a cargo junto a U’zhen.
—Deja a la chica aquí —ordena Z’na.
Me niego a soltarla. Sentir su peso en el hombro es la cuerda deshilachada que me ata a lo poco que me queda de cordura, lo que me sostiene sobre el Abismo, lo que me separa del monstruo que lanza dentelladas desde el fondo del pozo.
Parece que mi maestro lo intuye e interviene con expresión conciliadora, hablando con toda la calma de la que es capaz.
La guerrera bufa y señala la senda, dándose al fin por vencida.
—Veo muchas sombras, puede que sean más de cuarenta. —Éomar se agacha y lo imitamos, porque estamos tan cerca que la fogata lanza algo de luz sobre el camino.
—Me inquieta que lo estén haciendo de día —murmuro—. Significa que tienen prisa, es posible que quieran moverse hoy.
—«Día» —bufa la guerrera, fijando las pupilas en el cielo plomizo—. No hay días en La’Miel, puede que no les importe por eso.
—Mierda.
Oímos pisadas y nos agazapamos más, porque uno de mis antiguos compañeros se acaba de asomar al saliente que hay sobre nuestras cabezas y por el repiqueteo de sus hebillas, imagino que le seguirá un arco de orín.
No parece que nos haya olido; lo bueno que tiene el éxtasis asesino de las ratas es que no son capaces de pensar en nada más hasta que acaba la orgía, los vuelve más peligrosos, pero increíblemente incautos.
Es muy posible que me huela dentro de un momento.
A esta distancia debería percibir mi esencia, pues en nuestra sangre bulle el mismo veneno.
El esperado chorro salpica cerca del hombro de Z’na y tiene que hacer acopio de todo su autocontrol para no pegar un salto y desmadejarlo como a un títere, la veo mascullando un improperio inaudible.
Debe ser la primera meada del día, porque se está tomando su tiempo.
Más pisadas, se dan más brío que las otras.
—Zaros quiere que vayas.
—Zaros puede comerme la polla.
—Díselo si quieres, pero ve.
Se me ha acelerado el pulso al reconocer su timbre, uno de ellos es Yorun Mor’fn, hermano de Zaros, y el otro es Cometripas.
No soy capaz de recordar el rostro de mis hijos, pero esas voces siempre se quedarán conmigo, así como la mueca que me dedicaron al cubrirme de cadenas.
Cierro la mano con la que sujeto el muslo de Mircea y el cuero de su pantalón cruje.
Éomar me detiene, esbozando una intensa mueca de alarma.
Los pasos se alejan y nos separamos de la pared.
—¿Por qué se ha apartado tanto para mear? ¿Y por qué no nos han olido?
—No son guerreros de Astharoth, y están borrachos. —Me ajusto la suerte de capucha de la sotana que hemos improvisado—. De todos modos no me gusta, nos tenía muy cerca y Yorun Mor’fn no es un Iniciado.
—Es una trampa, no hay duda. Nos están esperando para acorralarnos por dos flancos.
—No podemos echarnos atrás, hay que seguir con el plan.
—Es una locura, Z’na, no podemos ganar.
—Repasémoslo —cuchichea—. Porque me da en la nariz que Lazor se lo va a pasar por el forro de los cojones, no vendrá mal que recuerde que actuamos como uno solo.
—Hay que atraerlos hacia esa parte. —Éomar señala el terreno dentado—. Repetiremos la táctica del Cañón del Viento, con suerte habremos acabado con Shal’karath antes de que lleguen los otros.
—Y lo haré yo —anuncio.
—¿Cómo?
—Los atraeré, es el plan.
—Te estamos preguntando cómo lo harás, porque tu estilo es un tanto dramático y no estamos para más sorpresas —Z’na no me da tregua.
—No oigo cánticos, de modo que es muy probable que G’lar siga oculto en las cuevas.
No puedo decir lo mismo de Shal’karath; suele celebrar junto a sus hombres.
Me voy a acercar para que me vean y luego correré hacia allí.
—Hago una pausa, pensando en cómo decir lo que sigue—.
Uno de vosotros tendrá que guiarme cuando estén distraídos, para ir a por G’lar.
—¿Guiarte?
—Si Rojamuerte aparece en algún momento no recordará nada de esto, así que lo vais a tener que atraer también. —Acaricio la pierna de Mircea—. Y por favor, llevadla con vosotros, quiero que ese cabrón la vea. Que vea lo que… —Me doy otro momento— Que vea lo que le ha hecho.