El cuchillo de la virtud #2
El aire vuelve y me impulso, zafándome de él.
El vacío dentado me devuelve un grito que no termina de salir y las rocas me hieren las manos, me rompen los huesos, pero no las siento.
Me arrastro hasta ella en una eternidad convulsa y atrapo sus ondas con los dedos, cuando me atrevo a tocarla.
Un torrente de sangre escapa de entre sus labios.
Sigue viva a pesar de las heridas que la cubren.
Retiro la mano que tiñe su sangre, con la que he sostenido su cabeza, y cierra los dedos en torno a ella.
Musita el nombre de su amada, como si la viese en mi lugar… Y se desvanece.
Nada perturba la paz en la que por fin se encuentra. Sin mí, por siempre jamás.
El grito empieza a salir, leve, mutilado, profundo.
La estrecho contra mí, pego la cara a su cuello y sigo gritando; su esencia se me mete en la boca, sus cabellos me acarician los labios.
Me doblo con ella, colmando la tierra yerma con mi desgarro.
Te dejé sola cuando más me necesitabas, me aceptaste y te rechacé, rompí todas las promesas que te obligué a hacerme y te hice pensar que el Inframundo se llevaría tu dolor.
Te he asesinado. Sigo gritando, porque la quemadura se ha convertido en un incendio.
El aire no me llega a los pulmones y cuando lo hace me quema.
No hay lágrimas para llorarte ni gritos que hagan justicia al vacío en el que me revuelvo, pegado a esta cáscara de ti. No volveré a oír tu voz ni tu risa, te esfumarás en el tiempo como todos a los que he amado.
No hay mentira que pueda contarme que vaya a paliar tu ausencia.
El incendio no mengua cuando Éomar me envuelve, pero ya no siento que me vaya a matar.
No quiero soltarla y no quiero parar, quiero gritar hasta que las estrellas se apaguen.
Apuñalo el cielo rojo con lamentos irregulares, clavo las manos en tierra, babeo contra los guijarros para coger aire y sigo gritando.
Y Éomar me abraza, no me soltará mientras pongo un pie en el mismísimo Abismo.
—Hay que avisar a los demás.
—Un momento, Z’na.
—Pero…
Se une a mis gritos:
—¡Un momento!
La beso por última vez. Todavía no se le han enfriado los labios.
Te seguiría si fuese a encontrarte.
Éomar le arranca la llave de los grilletes a Fel’nis, que se la ha ofrecido con una marcada mueca de arrepentimiento.
Se agacha y libera las muñecas de Mircea, formulando una disculpa rota.
Le besa los nudillos después y se queda mirándola hasta que repara en que me coloco el hombro en su lugar y hago lo mismo con la pierna; me alimenté bien y es como moldear arcilla.
Reina el silencio que precede a la tempestad, ninguno abre la boca porque saben que no servirá de nada.
Me levanto con ella y me la cargo al hombro. Rozo a Fel’nis cuando paso por su lado.
Ya no lloro ni grito. No me queda nada de eso, solo una rabia que bulle en las cuencas de mis ojos.
La he sentido antes y pretendo usarla. La’Miel restalla a mi derecha mientras Éomar corre a mi zaga, en ocasiones se detiene para dejar claro que solo se está asegurando de quedarse cerca, pero me corta el paso en cuanto advierte que me dirijo al campamento enemigo.
—Lazor.
—¿Qué?
No sé cómo he contestado, casi he perdido la voz.
—Necesitamos replegarnos, volver a la estrategia inicial.
—Haced lo que os dé la gana. —Lo sorteo, levantando un cúmulo de polvo—. No voy a esperar más, quiero acabar con ese desgraciado.
—Me siento del mismo modo, pero hay que hacer las cosas bien.
Es otro tipo de rabia, siento su ponzoña en la mano que cierro, en la palma en la que me clavo las garras.
Dulce sombra ignota, te recibe tu siervo renegado.
Húndete en mí, enfría este corazón desbocado y concédele los latidos que necesita para cumplir con tus designios.
Soy tuyo, puede que no siempre, pero ahora te necesito. Domíname, que caiga el velo rojo.
—La vengaremos, pero hay que…
—¿Vengarla? —La sonrisa no deja de crecer. Rojamuerte lo está saludando y creo que se da cuenta—. Se ha suicidado.
—Puede que G’lar la haya asesinado, que se haya metido en su cabeza para…
—La hemos enviado al Inframundo, entre los dos.
—Una persona tan valiente como Mircea jamás se suicidaría.
—¿Eso es lo que crees que es el suicidio? —Me acerco a su cara en un impulso salvaje, por suerte me detengo—. ¿Cobardía?
—Y egoísmo en su estado más puro.
Altruismo, valentía, lo correcto… Palabras que palidecen en el cuchillo ensangrentado de la virtud. Un único vistazo a las vísceras de las que se compone el mundo y la auténtica cobardía reside en querer ser parte de él.
—Ábrete la garganta ahora mismo, vamos.
—¿Qué?
—Ábrete la garganta, Éomar, si crees que acabar con la vida propia es tan fácil. Vamos, hazlo.
Nos miramos durante cuatro latidos y asiente. Mi sonrisa ha adquirido proporciones absurdas, la veo en sus pupilas dilatadas.
—Así solo se lo pondremos fácil para que nos aplasten, hay que replegarse.
—Me pone la mano en el hombro, su firmeza confirma que no piensa apartarla hasta que entre en razón—.
Por favor, no escuches a la voz que te pide que te lances a la carnicería sin un plan.
—Mi sonrisa no lo intimida, se acerca más incluso—.
Estamos juntos en esto, todos nosotros, y la vengaremos por lo que G’lar os ha hecho.
Tomo aire por la nariz y lo suelto despacio, quizá sirva para algo.
Su contorno se ha vuelto rojo, pero me digo que le estaría haciendo un favor a G’lar si cedo a mis impulsos, que la justicia que busco no está en una loca carrera hasta su campamento, sino en la confianza que he puesto en estos guerreros.
Por una vez, no voy a moverme a cabezazos.
Paso por su lado y ni siquiera miro a los hermanos cuando emprendo la marcha de vuelta a nuestra base de operaciones, con los pies de Mircea golpeteándome los muslos.