Rojamuerte El cuchillo de la virtud
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El cuchillo de la virtud

EL CUCHILLO DE LA VIRTUD

La patada de Z’na me estampa contra la pared y me rompe una costilla.

Un digno despertar en el sangriento día que nos espera, pero me gustaría que me hubiese dado una explicación antes. Me alzo sobre las manos y la sangre que repta desde mis labios empapa los negros guijarros. Éomar ruge y se encara con ella, exigiendo las explicaciones que yo no puedo pedir.

—¡Ha escapado! ¡Tu puta mascota ha escapado! ¡Esta es la última que te consiento, Éomar! ¡Tu guerrero es una desgracia para la Orden!

Noto los ojos de los tres clavados en mí, cuando por fin consigo levantarme. Me recoloco la costilla como puedo, aunque estoy seguro de que me van a partir otra. Éomar camina hasta mí, debatiéndose entre el enojo y los últimos coletazos de la caricia de Oniros.

—¿No la dejaste atada?

—Le puse los grilletes que me dio Fel’nis.

—¿Y no pediste a nadie que la vigilase?

—No.

—Joder, Lazor.

—Estaba muy débil, no pensé que siquiera pudiese ponerse en pie.

—Cierra la boca antes de escupir una excusa de mierda —ruge Éomar.

—Lo siento.

—Cierra. La. Boca.

Éomar intercepta a Z’na cuando se acerca y se enzarzan con las garras, hasta que Fel’nis los separa, profiriendo un rugido fuerte y definitivo. Z’na jadea una maldición, aprisionada en unos brazos tan robustos como troncos.

—Estáis expulsados.

—¿Qué? —Éomar no termina de creer lo que oye.

—¡Que os estamos expulsando! —Z’na secunda a su hermano, retorciéndose— ¡Largaos!

—No.

—Si la suelto te mata, Éomar.

—Pues suéltala, solo hemos retrasado lo inevitable. —Mi maestro se quita el abrigo—. Pero no me voy a mover, es mi marcha y es mi lucha.

Me quito el abrigo también, ignorando el quejido de Fel’nis.

—Sois un par de gilipollas tan absurdos como las bragas de una puta. Tenemos una guerra que ganar, no hay tiempo para esto. —Se retuerce con Z’na—. ¡Quieta, joder!

—¡¿No te estarás poniendo de su parte, otra vez?!

—No estoy de parte de nadie, lo único que quiero es que recordéis al nigromante que nos espera a media milla —jadea como si estuviese conteniendo a una manada de leones—. Si los expulsamos, nos debilitaremos. Mente antes que corazón, hermana.

—¡Suéltame!

—Cálmate.

Deja de retorcerse y de lanzar patadas y Fel’nis no la suelta hasta asegurarse de que se ha calmado, aunque se mantiene muy cerca. No hago ademán de ponerme el abrigo y Éomar tampoco. La guerrera se dobla y grita contra el suelo, para alejarse y volver un par de veces, hasta que por fin se apaga.

—Hay que encontrarla —concluye Fel’nis.

—A estas alturas ya estará con G’lar. —Éomar se aclara la garganta, sin perder de vista a Z’na.

—¿Cómo sabemos que está con él? —intervengo.

—¿Se te ocurre a dónde ha podido ir la hija de un nigromante que ha escapado? —espeta Z’na.

—Mircea odia a su padre.

«Y ocuparía su lugar de haberme quedado con ella», evito añadir.

—¿Por qué la dejaste sola?

—No podía mirarla más.

—Guárdate las lindezas para los bardos. Esto es lo que ocurre cuando vestimos a un cuentacuentos con ínfulas de guerrero… ¡La puta hija de G’lar correteando hasta su campamento!

—No tendría sentido que lo hiciese.

—¿Estás seguro? —ríe con sorna— ¿No te mintió con eso también? —Se aleja otra vez, gritando—: ¡¿Cómo de gilipollas se puede ser sin cagarse encima?!

Asiento, porque tiene toda la razón. No creo que Mircea haya vuelto con G’lar, pero tendría que haber tomado más precauciones.

—Lo mejor será que vayamos en su busca, puede que la alcancemos antes de que llegue —interviene Éomar.

—¿Y qué coño hacemos con esto? —Z’na señala a los guerreros que nos observan—. ¿Qué coño hacemos con todo el plan?

—Habrá que improvisar. —Fel’nis suelta un suspiro ronco y le hace una seña a U’zhen para que se acerque—.

Seguiremos el rastro de la humana, nos dispersaremos en grupos y llevaremos las sotanas, así como las marcas en la cara.

El primero que la huela cerca del campamento enemigo avisará al resto, ojalá la encontremos mucho antes.

—Tenemos otro problema —se nos une U’zhen—. Mis exploradores dicen que han percibido un rastro que apesta al culto, al otro lado del valle.

—¿Cuántos?

—No estamos seguros, pero puede que nos estén esperando y que hayan llamado a más.

—La prioridad ahora es la humana, los putos problemas de uno en uno.

U’zhen empieza a gritar órdenes, junto a los otros dos líderes.

Nos preparamos todo lo deprisa que podemos.

La estrategia se ha ido al carajo y ya no hay tiempo para pensar en otra.

La cuadrilla permanece unida, mientras bajamos por la senda iluminada por el magma y nos separamos de los demás para perdernos por los acantilados.

Z’na va en cabeza y confiamos en que percibirá su rastro enseguida.

Se detiene y Fel’nis choca con ella, por poco caen rodando por las piedras.

—¡Allí! —Señala una pendiente escarpada.

Los guijarros nos acompañan con su melodía tintineante, mientras descendemos con ayuda de las garras y el polvo se nos mete en los ojos. Salto varias veces para no despeñarme y nos detenemos en un saliente.

—Astharoth Todopoderoso.

—Mierda.

—Quedaos.

—Lazor…

—Tú también, Éomar.

Me deslizo por el saliente y salto hacia el siguiente, a punto de despeñarme cuando una de mis garras resbala.

El polvo se me mete en los ojos otra vez y su silueta se torna borrosa, mientras salvo la distancia entre otras dos simas.

Aterrizo sobre manos y pies y me envaro poco a poco; el saliente por el que camino es tan estrecho que debo hacerlo en línea recta.

Me espera junto al vacío, su melena se mece en un barullo ensortijado y la cadena de los grilletes la acompaña con quejidos metálicos. Está llena de magulladuras y heridas, los labios le sangran cuando sonríe y las lágrimas han dejado huella en sus mejillas cubiertas de polvo.

—Has venido.

No tengo ni idea de cómo ha llegado hasta aquí, pero es un milagro que no se haya matado en el intento. Tiene los pies muy cerca del borde, un latido más y no la habría encontrado.

—No sigas. —Doy un paso y sacude la cabeza—. Por favor, quédate donde estás.

—Y abandonas el manantial del sediento, para morir en mi desierto.

—No va a morir ninguno de los dos.

—Pero si ya he muerto, ni siquiera me reconoces.

—Lo que dije anoche… —Doy otro paso y miro hacia un lado, distingo una senda estrecha que sorteará las rocas hacia las que pretende tirarse. Estiro una mano en su dirección, despacio—. De acuerdo, hablaremos de ello. Ven, saldremos de aquí juntos y…

—¿Y qué fue lo que tuvimos, lo que ya no quieres?

—me interrumpe, ceñuda—. No fue amor, eso dijiste.

Y fue efímero, ardió con mucha fuerza y con la misma fuerza se apagó.

—Alza la cabeza, hacia las pocas estrellas que los nubarrones no consiguen tapar—.

No niego que fue por mi culpa, pero creo que estaba escrito y me doy cuenta de que era otra mentira, la última con la que puedo lidiar.

Estábamos destinados a consumirnos, tú y yo…

Una solitaria hoguera de falsas promesas, destinada a apagarse.

La profecía con la que soñé toda la vida era un augurio de muerte.

—Clava las pupilas en el vacío—. Es un acertijo que no puedo resolver…

Si no fue amor, ¿qué fue? Nos hemos hecho tanto daño que se parece más al odio.

Me he convertido en esto porque solo me queda odio, por mí misma, por lo que soy sin ella.

—Le tiembla el labio—. Tengo miedo, pero sé que la encontraré en cuanto dé el paso. ¿Me enterrarás en el bosque, con ella?

—Me lo prometiste. —Doy otro paso. Cinco más y podré atraparla—. Me prometiste que no me harías daño… —Vuelve a arrastar el pie y el pánico me hace perder los nervios—. ¡Cumple con tus promesas, joder! —Las lágrimas me arden en los ojos, vuelvo a verla borrosa—. ¿Por qué haces esto?

—Porque quiero que me recuerdes como lo que fui antes de perderla, no como lo que seré.

—Contiene la respiración mientras gira, porque se ha balanceado un poco—.

Como lo que fuimos cuando creímos que esto tendría un final feliz —queda de espaldas al acantilado—.

Prométemelo, di que me llevarás con ella… ¡Prométemelo!

Su grito me sacude, me golpea más fuerte que el jirón de viento que amenaza con llevársela.

¿Es la última vez que la veré con vida? Me niego a creerlo, la sola idea me saca un sollozo áspero. No tengo ni la más mínima posibilidad de detenerla, sus tobillos rozan el borde y esa mirada que me dedica…

—Quédate conmigo.

He gimoteado la misma súplica que escapó de sus labios, hace apenas unas horas.

Seguí caminando a pesar de ello y sé que hará lo mismo.

Mi ruego no la detendrá. Seguirá caminando, sin mí…

Porque ya no tiene nada a lo que aferrarse.

No soy el madero en el mar rugiente, soy la cuchilla que esgrime contra su muñeca. Siempre fui la cuchilla.

Me lanzo hacia delante y siento el roce de sus cabellos en la cara, cuando se esfuma.

Abro la boca, pero ningún sonido escapa.

La sangre me crepita en las venas del brazo, heladora y punzante.

El pecho me late como si fuese a reventar y aun así no siento que esté respirando.

Los músculos del cuello se me tensan como cuerdas.

Estoy vacío. No hay aire. No hay cielo. No hay luz.

Me balanceo hacia delante y la mano de Éomar me retiene, tira de mí y su brazo se queda en mi cuello.

—No lo hagas —gruñe por el esfuerzo.