Rojamuerte La marcha suicida #2
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La marcha suicida #2

—Me pidió que le ayudase a recuperarte, me dijo que si lo hacía estaría a un paso de mi madre.

No te mentí, pero tuve miedo de admitir que incluso a día de hoy…

cruzaría cualquier línea por la persona a la que amo, como hiciste tú.

—Su expresión se endurece al ver que no contesto—.

Te uniste al culto y asesinaste a humanos inocentes porque el amor nos convierte en villanos.

—No quiero seguir siendo un villano, Mircea.

—Pero lo eres y te amo por ello.

Su mano repta por mi mentón y la rodeo con la mía.

—¿Me amas por lo que hice?

—Te entiendo, Lazor, es lo que trato de decir. Y quiero que me entiendas también.

—Entiendes que despedazase a humanos cuyo único pecado fue el de cruzarse conmigo —hablo despacio, apenas me atrevo a seguir—. Entiendes todas las atrocidades que cometí en nombre de mi propia locura.

—Sí.

El amor violento tiene fines violentos, dijo un poeta.

La violencia de este amor me ha consumido y lo seguirá haciendo.

Me siento y apoyo los brazos en las rodillas, esquivando sus caricias.

Me intenta besar y vuelvo la cara, aunque me cueste horrores.

Su aliento me acaricia la mejilla, se aferra a mí como si me fuese a esfumar.

—Y haría lo mismo por ti —musita—. Si matamos a mi padre y nos hacemos con sus conocimientos, es posible que demos con una solución para acabar con tu maldición. Podríamos hasta recuperar a Rona.

Giro la cabeza despacio, con los ojos muy abiertos y un sudor frío en las sienes.

Ha perdido la cordura, tiene que ser eso, no puede estar diciendo que pretende ocupar su sitio.

Una lágrima repta hasta su mentón, la muda declaración de que todavía tiene conciencia.

Ardí en este fuego y no quiero que la consuma del mismo modo, así que la beso y bajo mucho la voz, porque me estoy rompiendo.

—Rona no querría volver, Mircea.

—No lo sabes.

—Claro que lo sé, y tú también.

—Rona no quería morir, lo que le pasó no tiene nada que ver con lo que le ocurrió a mi madre.

—Rona se odiaría y nos odiaría a nosotros por arrebatar una sola vida en su nombre.

Se le escapa un gemido mutilado, las lágrimas resplandecen en sus mejillas como diamantes.

No está pensando con claridad, el dolor la ciega y hasta se ha olvidado de cómo solía ser su compañera.

Yo también olvidé a Rossana, tanto que pensé que apoyaría mi venganza y todos los límites que crucé en nombre del mismo dolor que la domina.

—¿Por qué me miras así, cuando nadie te ha amado como lo hago yo?

—A costa de más sacrificios, te convertirías en él.

Sus ojos me atrapan cuando toma mis mejillas. Siento las sutiles cadenas con las que me domina, me envuelven los hombros, el cuello, el pecho, pero no ahogan. Nunca ahogan.

—Con tal de salvarte, amor mío, de salvaros a los dos.

Ocho latidos, en los que el Abismo me escruta y me doy cuenta de que la rueda de violencia no dejará de girar. En los que me doy cuenta de lo fácil que es ceder a los impulsos más descarnados cuando la desesperación golpea, de lo que supone ese corazón de guerrero del que habla Éomar.

—Y yo te seguiría —digo—, me convertiría en Shal’karath.

—Es un sacrificio horrendo, pero necesario.

—No tiene sentido que digas esto, has huido de él toda la vida porque le temes y odias, porque sabes…

Me pone un dedo en los labios y esboza una sonrisa tan rota como mis ilusiones.

—Ya te lo he dicho, el amor nos convierte en villanos.

—Reconozco esta locura, Mircea. No quiero darte la espalda por ello, pero necesito que me escuches. —Busco sus ojos cuando sacude la cabeza—. Quiero quedarme contigo, pero no así y necesito que me prometas que no volverás a decir nada de esto.

—Jamás he estado tan cuerda.

—Pronuncié las mismas palabras, justifiqué las mismas atrocidades. Y no estaba en mis cabales.

—Te estoy mostrando una parte de mí que no le he mostrado a nadie, Lazor. Soy hija de mi padre, con todo lo que implica, pero no cuento con su crueldad ni con su ambición. Solo quiero usar sus conocimientos para lo que es justo, para arreglar lo que ha destruido.

—¿Esto es lo que eres, lo que siempre has sido?

—Sí.

Me niego a comulgar con lo que dice, pero tiene razón en algo: G’lar y yo no fuimos tan distintos, por eso me uní a él.

Pero ya no quiero ver el mundo arder, así que tomo su rostro también y nos unimos en un beso muy largo.

Me aparto entonces para musitar que la amo y mis afectos se tornan fogosos, vehementes, desesperados.

Rompo las cadenas y me quiebro por lo que estoy a punto de hacer.

Un chasquido se ciñe a su muñeca y luego a la otra. Baja la cabeza y repara en los grilletes que le he puesto. La he distraído con besos. La he traicionado con besos.

—¿Por qué haces esto, Lazor?

Camino y cada paso pesa más que el anterior.

—¿A dónde vas?

Le ofrezco mi perfil, sin volverme.

—Si hubiésemos tenido esta conversación hace un año, te habría dado la razón y te habría seguido hasta el mismísimo Abismo. Ya no soy esa persona, pero volveré a serlo si me quedo contigo. Lo que describes no es amor, no puede serlo.

—¿Y qué es?

Es Éomar, la tierna sinceridad de sus caricias y sus susurros en las horas más nefastas. La fe que siempre ha puesto en mí es su marcha suicida por un valle helado.

—No lo sé, pero no lo quiero.

—Si das un paso más…

—Me obligas a darlo.

—Quédate conmigo, por favor.

—No puedo.

Y sigo andando, porque no he estado más seguro de nada en la vida.

Todavía no se ha dormido cuando lo busco, aunque finge de maravilla.

Una mata naranja le cubre la mitad de la cara y se agita con su respiración pausada, pero la lágrima rezagada que se ha detenido en el puente de su nariz lo delata.

Me tumbo a su espalda y lo miro por encima de su hombro, apoyado en un codo.

—No merezco esas lágrimas. —No contesta, pero no me doy por vencido—. No merezco nada de lo que has hecho por mí.

Sorbe por la nariz y su voz suena más profunda que la mía.

—No voy a lamerte más las heridas, has tomado una decisión.

—Sí, por eso estoy aquí.

Se arropa, escondiéndose de mí. Sigo mirándolo y se me rompe la voz.

—Acabo de entender algo y necesito que lo oigas. Puedes mandarme a la mierda si quieres, pero necesito que lo oigas.

Suelta un suspiro cargado de frustración y se gira para dedicarme la inexpresividad de un ladrillo, porque está agotado. Piensa que no merece la pena seguir dándose cabezazos contra este muro. No lo culpo, soy un tipo al que hay que echar mucha paciencia. Ni los sabios cuentan con tanta.

—La felicidad te asusta tanto que prefieres morir y no tengo fuerzas para seguir luchando contra ello —sentencia—. O lo que es peor: prefieres ser infeliz con ella, con una persona que no te merece y de la que no te puedes fiar.

—Me quiero quedar contigo.

Frunce el ceño, viendo cómo termino de derrumbarme en el silencio que nos rodea. Es un silencio despiadado e increíblemente largo, porque su contestación decidirá el día de mañana. Coraje, Lazor, no levantes más muros.

—¿Y eso qué coño quiere decir?

—Que me quedo contigo, a tratar de ser feliz… contigo.

Se alza sobre un codo y se me queda mirando, con tanta frialdad que estoy seguro de que me va a mandar a la mierda.

—Eres un puto idiota —espeta, haciendo énfasis en lo último.

—Lo soy.

—Y un cobarde de la peor calaña.

—Es cierto, pero quiero dejar de serlo.

Permanece muy quieto unos instantes y pego un bote cuando se lanza a mis labios, profiriendo un gruñido furibundo; lo sofoco con la lengua, ciñéndome a él con fuerza.

Se me escapan las lágrimas, porque me estoy atreviendo a desear su imposible, a creer en algo tan efímero como la penumbra en la que nos devoramos. No te merezco, pero quiero merecerte.