Rojamuerte La marcha suicida
79%

La marcha suicida

LA MARCHA SUICIDA

—No puedo creer que estemos pasando por esto otra vez. —Z’na se presiona el espacio entre los ojos—. Estamos a cuatro horas del amanecer y apenas he podido descansar por culpa de la traidora que dejaste suelta.

Fel’nis asiente, mortificado.

—Nos ha seguido sin que nos demos cuenta, es realmente…

—Extraordinaria —concluye Éomar.

Le sujeto la mano mientras hablan a mi espalda, pensando en todo por lo que ha tenido que pasar durante esa caminata del demonio.

Sola y en el frío, persiguiéndome porque se niega a dejarme ir.

Parece sacado de una gesta, solo que esta no tendrá un final feliz.

¿Qué has hecho, Mircea? Te solté y te has aferrado a mí con más fuerza, así que ya no quiero soltarte.

Me estás haciendo papilla, pero no quiero soltarte.

Pego los labios a tus nudillos encallecidos y me quedo mirándote, embobado, extasiado y jodidamente enfurecido.

Me has vuelto a convertir en un cobarde, porque quiero quedarme.

—Las cosas siguen como estaban —dice Éomar—, la única diferencia es que ahora…

—Ahora tenemos a la hija de G’lar a menos de una milla de su escondite —lo corta Fel’nis—. ¿Pueden los nigromantes percibir a sus propios hijos? ¿Les pasa algo parecido a los humanos?

—No, pero si se mete en su cabeza…

—Pues no hay que dejarla dormir.

Z’na le da un bofetón y se encuentra con mis dientes rozándole la oreja, salivo como un perro de presa.

—Lazor —avisa Éomar.

—Si la tocas otra vez…

—¡Lazor!

Me vuelvo hacia mi maestro, que hace un gesto con la cabeza para que lo siga.

Me cuesta decidirme, porque no la quiero dejar a solas con los hermanos.

Z’na está tan nerviosa que es capaz de asesinarla con tal de irse a dormir.

Éomar hace otro gesto, más insistente, y aviso a la guerrera de lo que pasará si le pone un dedo encima.

—¿Te das cuenta de cómo complica esto las cosas?

—Sí, pero no podía dejarla morir.

—No, claro que no. —Éomar chasquea la lengua y se la pasa por toda la boca, pensativo—. Tienes que convencerla para que se quede donde está antes de que empiece el ataque y también durante él, hay que evitar que haga más estupideces.

—La encadenaré, de ser preciso.

—Vale —suelta el aire con fuerza—. ¿Cómo estás?

—Cabreado.

—¿Podrás concentrarte?

—Sí.

—Entonces vamos a dormir, aún podemos rascarle algo de descanso a la noche. —Empieza a alejarse.

—Ve, yo me quedo.

Se gira despacio y me dedica una mirada pétrea, de las que no invitan a discusión. Me está dejando una cosa clara sin necesidad de abrir la boca: ven conmigo o quédate definitivamente. La decepción y la rabia bullen en su iris, lo oscurecen.

—Y supongo que también te quedarás, por ella.

—Voy a quedarme con ella.

—Me refiero a que ahora vivirás, por ella.

—No he dicho eso.

—No hace falta que lo digas, lo estoy viendo.

Ojalá no me estuvieses dando un ultimátum, porque me temo que perderás; tus sentimientos me importan mucho, pero Mircea me necesita. Sacudo la cabeza y doy un paso atrás.

—Me quedo para vigilarla, lo otro no lo he decidido.

—Pero decías que estaba decidido, hace un rato.

No contesto y echa a andar, perdiéndose entre las rocas.

No se va a dignar a dirigirme una palabra más y me está bien empleado.

Soy deplorable por estar jugando con él de esta manera, pero creo que nunca he tenido ese corazón de guerrero del que habla.

Vio en mí a alguien que se esfuma en cuanto ella silba mi nombre.

Me vuelvo hacia los Hermanos Terror y ladro que los quiero perder de vista, que nos dejen en paz.

Z’na trata de replicar y Fel’nis se la lleva, diciendo que prefiere descansar a discutir.

Me lanza unos grilletes y me hace prometerle que se los pondré, aunque no tenga intención de hacerlo.

Los sigo con los ojos hasta que desaparecen y me inclino sobre Mircea, reparando en que me mira.

Lo intenta, al menos. Tiene los ojos tan amoratados por las inclemencias del clima que apenas puede mantenerlos abiertos sin que le duelan.

Por suerte para ella, aquí no hace frío, debido al volcán que arroja sobre nosotros una mortecina luz ocre.

Me doy un momento para poner las ideas en orden y para calmarme, porque el corazón me brinca en las sienes.

—¿Por qué has hecho esto?

—Te lo prometí, que no me iría a ninguna parte, que siempre estaría contigo —contesta con una voz tan cascada que se asemeja al roce de dos telas entre sí—. Te hice daño, pero pienso conservar las otras promesas. En cuanto me quitaron los grilletes me hice con provisiones y me eché al camino.

—Arriesgándote a que te ejecuten los míos.

—Éomar no lo permitiría, sé que todavía me quiere.

—Tengo que pedirte que te quedes aquí, que no intervengas.

—Marcharé contigo, moriré contigo.

Me balanceo sobre el brazo apoyado en el suelo, cerca de ella, porque estoy pensando en no decirlo.

Podrías seguir con el plan, Lazor, no ha cambiado nada.

Sigue siendo la víbora que te mintió y que os puso a todos en peligro, por no hablar de las muchas otras humillaciones en las que no quieres pensar.

Gruño y pongo la frente contra las rodillas.

—No quiero morir.

—¿Qué?

—Que me quedo, Mircea —espeto, alzando la cabeza—. Lo has vuelto a conseguir.

—Pero dijiste…

—Lo he estado pasando un poquito mal estos días, no te voy a engañar. —Me rasco la barbilla con los nudillos—. Pero no hay nada que conquiste el corazón de un hombre como una caminata suicida a través de un valle helado. Bravo, me tienes.

Me obsequia con una sonrisa cuarteada, que se apaga progresivamente al no predecir que me inclinaré sobre ella, tan cerca que mi nariz roza la suya. Los guijarros se acumulan en mis palmas cuando cierro las manos a cada lado de sus hombros. Le clavo mi iris rojo y por un latido parece que me teme.

—Pero si vuelves a engañarme te juro que ni las Nueve Furias te salvarán. G’lar te parecerá un puto juego de niños. Repítelo.

—Ni las Nueve Furias me salvarán.

—Si vuelves a engañarme.

—Si vuelvo a engañarte. —Ha palidecido más.

—Y G’lar…

—Me parecerá un juego de niños.

Bajo más la voz, le rozo los labios al hablar.

—Y ahora voy a dormir, creo que estoy de mal humor.

—Vale.

Me tumbo junto a ella y nos cubro con las mantas. Me siguen rechinando los dientes cuando cierro los ojos. Su manita me acaricia la mejilla y las escamas del pómulo, como si así fuese a calmarme. Lo cierto es que este cosquilleo es muy placentero. Ronroneo y suspira. Bruja.

—Quiero decirte un par de cosas, Lazor.

—He tenido confesiones para toda una vida.

—Acerca de Negramuerte.

—Te acabo de decir que llevo un cabreo de cojones. Hablar de cómo te lo follabas no es aconsejable.

—Nunca bebió mi sangre ni yo la suya, creo que realmente no me quería. Jamás tuvimos lo que tuve contigo, es importante que lo sepas porque creo que te has machacado con ello y no es justo.

—Pero me pediste que no lo matara cuando me puse celoso, cuando todavía era Garaad y decías que no lo conocías de nada.

—Porque lo apreciaba, pero no creo que fuese recíproco.

—Y te conformaste conmigo.

—Lo asesiné por ti, Lazor.

—Muy bien, me queda claro que fue un gilipollas contigo y no, no sirve de nada que me lo hayas contado ni me hace sentir mejor. Ahora, a dormir.

—Y te ayudaré a acabar con mi padre.

—¿Qué coño acabo de decir?

—En honor a esa nueva promesa, a que no volveré a engañarte con nada más… ¿Recuerdas el cuervo que siempre va con él? Una bestia de plumas rojas y negras.

—Su mascota, sí. La que me pareció ver en el bosque.

—No es una mascota, es mi madre. Y no te lo imaginaste, la mandó para que tuviese presente la misión que me encomendó, para que no flaqueara.

Alzo la cabeza para mirarla y veo que los labios le tiemblan, aunque sé que no tiene frío. Tiene miedo de cómo reaccionaré si sigue hablando, lo he visto antes. Pues vamos con ello, ahora sí que no voy a poder dormir.

—Mátalo y habrás acabado con lo único que le importa, lo único por lo que está haciendo esto.

—Dijiste que tu madre murió y que te prometió que le devolvería la vida.

—Todo su propósito gira en torno a eso y accedí a ayudarle.

Se la arrebataron los nigromantes de La Torre, de una forma en que jamás podrá recuperarla, pero Los Oscuros se ofrecieron a devolvérsela, a cambio de la misión que le encomendaron.

Un pedazo de su alma está en el cuervo que le acompaña, cuando haya reunido suficientes sacrificios para ellos…

Pero mi madre no querría esto, acudió a La Torre para escapar de él y me doy cuenta de lo egoísta que he sido al apoyarle.

Debo respetar lo que hizo y que no quiera volver, aunque la eche de menos.

Mi padre se ha lanzado a un mar tormentoso del que no volverá tampoco, Lazor.

Creí en su imposible porque estaba tan desesperada como él, pero no quiero que la recupere, quiero que la deje marchar.

—Me has vuelto a mentir. —Su vena palpita frenética, a medida que el tono de mi voz se enfría y enfría—. Dijiste que lo único que motiva a tu padre es la crueldad. Volviste a omitir algo de suma importancia.

—Te quiere recuperar porque es cruel, odia que lo contraríen y quiere aplicarte su Castigo por escapar, pero eso no quita que el motivo por el que empezó esto sea… noble.

Contengo el aliento, porque me acaba de golpear más fuerte que todas sus otras confesiones.

Recuerdo la conversación en la que trató de convencerme de que no todos los nigromantes son crueles, cuando me hablaba de G’lar sin que yo lo supiese.

Y recuerdo lo que he hecho hace un momento, la he amenazado con una crudeza que no debería existir entre dos personas que se aman.

—Noble —mastico la palabra—. Mi alma y todas las de esos desgraciados para devolver al mundo a una sola persona.