Rojamuerte La confesión de éomar #3
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La confesión de éomar #3

—Y tú te irás y me quedaré solo con esta mierda.

—Rhenara te quiere.

—¿Realmente me quiere o ha aprendido a quererme porque se lo ordenó mi padre?

—Te quiere, eso es todo lo que debe importarte.

—Solo te tengo a ti, y solo te quiero a ti.

—No es verdad, te recibirán con los brazos abiertos. Serás el héroe que necesitan.

Se aparta, aferrándose a mis hombros. Nunca lo he visto llorar así, ni siquiera frente al acantilado.

—No lo seré nunca, Lazor.

Beso su frente y le acaricio el pelo cuando la apoya en mi hombro.

—¿Qué es lo más importante para ti?

—Salvar a mi gente.

—Pues ya eres un héroe, porque mientras los demás se perdían en sus fantasías de fama y gloria, los sacaste de sus escondites y los trajiste hasta aquí. Esto ha sido gracias a ti y el Antiguo Reino lo sabrá, cuando venzamos.

—Y si no vencemos seré el iluso que los condujo a la muerte.

—Así es el camino del héroe, Éomar. Estoy seguro de que tus antepasados te dirían lo mismo.

Llora en mi hombro un poco más y se separa con la cara llena de pequeñas heridas, por los cortes que se ha hecho con las garras.

Le echo el pelo tras la oreja y nos besamos, decidiendo que es hora de volver con los demás.

Sigue respirando muy fuerte, pero ya no llora.

La máscara de frialdad se le ha caído del todo y aunque me enternece, no es conveniente que lo vean.

Volvemos a detenernos para que trate de calmarse del todo.

Respiraciones lentas, Éomar. Asiento mientras lo miro y sus ojos me siguen, convertidos en vidrios naranjas.

Mañana acabaremos con un caudillo del Abismo y podrás recuperar tu vida.

Y créeme, agradecerás que no esté en ella.

—Quédate conmigo.

—Éomar…

—Ibas a hacerlo por Mircea… Ibas a quedarte por ella ¿no? —Se pasa una mano por el pelo porque se le ha pegado a la cara—. Sé que no puedo ofrecerte lo mismo, pero…

—Nada de lo que…

—Te amo, Lazor. Estoy enamorado de ti.

Silencio. Me he quedado helado, siento las rodillas como si fuesen de barro.

—Empezó cuando me salvaste la vida y ahora quiero salvar la tuya.

Por favor, déjame hacerlo. —No sé qué decir, así que me limito a mirarlo y parece que consigo herirlo más—.

Sé que no sientes lo mismo por mí, ¿pero sabes qué?

No me importa. Te querré por los dos con tal de que te quedes, te enseñaré a apreciar la vida de nuevo.

«Vaya si lo siento», me contengo en contestar.

—No funciona así.

—Solo dime qué debo hacer.

—No puedes hacer nada, he tomado una decisión.

—Me niego a…

—Eres un auténtico héroe, por eso quieres salvarme —lo interrumpo con suavidad—. Pero tienes que asumir que no quiero ser salvado.

—Explícamelo otra vez, dime por qué no merece la pena quedarse e intentar ser…

—¿Qué?

—Feliz. Conmigo.

Otro silencio, en el que pienso que mis rodillas acabarán cediendo.

Me descoyuntaré como el ídolo de barro en el que me ha convertido.

Vuelve a llevarse la mano al pelo y la mantiene fija en la coronilla, con el codo alzado.

Sigo mirándolo, aturdido por el miedo, por todo lo que estoy sintiendo.

Chasquea la lengua y se gira, para clavar una mirada empañada en el valle.

—Quiero estar solo —su voz suena profunda, abatida—. Déjame solo, Lazor.

—¿Estás enojado conmigo?

—Estoy enojado conmigo, porque no dejo de creer en imposibles. En la salvación del Antiguo Reino, en mi capacidad para el liderazgo, en ti y en mí… —Se le corta la voz y hace una pausa—. Déjame solo, por favor.

Subo por el sendero que se mezcla con la penumbra, apenas lo distinguiría de no estar caminando por él, porque no dejo de pensar en la mueca que ha esbozado mientras contemplaba el valle y se arrepentía de haberse enamorado de mí.

Llego al campamento y compruebo que la mayoría se ha metido en el saco de dormir.

Debería hacer lo mismo, así que preparo el mío y el de mi maestro y me retiro para orinar, porque Z’na me lo ha metido en la cabeza como si fuese un privilegio y no una necesidad.

Joder, me empezaba a caer un poquito bien, solo un poquito, pero vuelvo a aborrecerla.

Fel’nis también me ha decepcionado, pero lo que ha dicho me ha parecido razonable; no obstante, los fracasos que le atribuyen a Éomar son míos, no debería estar pagando por mis pecados, lo único que ha hecho es protegerme.

Me detengo en un saliente que parapeta el valle que hemos dejado atrás y suspiro, vaciándome un poco más.

Vuelvo la cabeza al oír cómo unos guijarros se deslizan por el camino que sube hasta donde estoy y abro los ojos como platos, al distinguir una figura abultada que se acerca dando tumbos.

Cae al suelo y empieza a gatear, hasta que se desploma.

Me la guardo y me acerco a toda prisa, porque he percibido su esencia y no puedo creer que mis sentidos no me estén engañando.

Meto los dedos en sus ondas y me mira con los ojos entornados y la cara llena de sabañones.

—Moriré contigo, Lazor.

Su manita se alza para rozarme la mejilla, antes de desplomarse.