La confesión de éomar
LA CONFESIÓN DE ÉOMAR
Z’na nos entretiene con gritos, caminando junto a la columna de guerreros que se desplaza a paso firme.
La’Miel asoma sobre el horizonte dentado, un pico roto y deforme que escupe pavesas contra el mismo cielo que oscurece y nubla, una chimenea díscola que corta la blanca planicie de ríos helados.
¿Cómo no? Un lugar sombrío para gente sombría, debí haberlo imaginado.
Éomar marcha a mi lado, con el ceño fruncido por un pensamiento que no comparte conmigo y que, con toda seguridad, tiene que ver con Shal’karath.
Ninguno piensa en otra cosa, pero yo me he quedado con el cosquilleo de los cabellos de Mircea; mas me niego a hablar de ella.
En primer lugar, porque sería de mal gusto, teniendo en cuenta lo que compartimos anoche; en segundo lugar porque si lo hago, no podré concentrarme en hacer las cosas a derechas.
Hay tanta nieve en este lado de las Sierras que no deja de metérseme en las botas, por lo que me detengo y me encuentro con los gritos de Z’na.
No quiere reconocer que está nerviosa y lo paga con todo el mundo.
—¿Por qué te paras?
—Tengo nieve en las botas.
—Hay nieve en todas partes, guerrero, nos cae en la cara, se nos mete en las botas y nos roza el culo cuando cagamos. No por ello paramos, ¿o sí?
—Yo sí que me paro para cagar.
—¡Andando! —Me da una patada y camino con una bota en la mano, sintiéndome como el esclavo de una galera.
Éomar me agarra de la manga del abrigo mientras continúo, acomodándome la bota como puedo, y le gruñe a Z’na que se relaje un poco.
Todos estamos nerviosos, a decir verdad, Éomar se ha echado el cabello tras la oreja tantas veces que se ha alisado el mechón hasta convertirlo en un alambre.
Es posible que lo de hablar no sea mala idea, por lo menos nos distraeremos un poco.
—A ver si guarda un poco de esa ira para Shal’karath —comienzo.
—Y que lo digas, va a peor.
—No veo a Fel’nis.
—Va al frente, con U’zhen.
—¿U’zhen los lidera?
—Veinte son suyos.
—¿Y los otros diecisiete?
—De Wyrran y de Thyn, el de las escamas rojas de allí y el que va a su lado.
—¿Y por qué solo grita Z’na?
—Porque es Z’na.
—U’zhen es un poco joven para liderar a tantos guerreros, ¿no? Debe tener la edad que tenía U’hrk.
—Se ganó el liderazgo cuando tenía dieciséis años, se lo disputó con U’hrk. Es un prodigio, ya lo verás.
—Y tal como es Z’na, ¿por qué no tiene guerreros?
—Uf… Ese es un tema que… —Mira brevemente hacia un lado—. Los tenía, pero ya no están, solo le queda Fel’nis.
—¿Cómo que no están?
—Tenía a siete de las mejores guerreras del Antiguo Reino, mi hermana entre ellas. Cuando se echaron a proteger a varias aldeas, se las llevaron. Mi hermana no marchó con ellas porque estaba embarazada, pero tuvimos que defender nuestro territorio, y lo perdió.
—¿Fue cuando te hicieron eso en la cara?
—Y cuando mataron a mi madre y torturaron a mi padre, sí. Logramos escapar, todavía no me creo la suerte que tuvimos —suspira—. Por eso Z’na te guardaba tanto rencor, cuando te conoció. Te vio como el origen de todos sus males.
—¿Y tu hermana la seguía? Dijo que es la mejor guerrera del Antiguo Reino.
—Seguimos a los que tienen más capacidad para el liderazgo, no solo nos centramos en los mejores luchadores. Mi hermana la seguía y la seguirá porque es la persona en la que debes confiar cuando todo se derrumba.
—¿Y Fel’nis es su guerrero? Pensaba que iba por libre.
—Sí y no. Ahí donde los ves, se llevan a matar, pero no pueden vivir el uno sin el otro.
A veces se juntan y a veces se separan. Cuando perdió a sus guerreras, se unió a ella definitivamente.
—Se frota la frente, para quitarse la escarcha de las cejas—.
Mi padre confiaba en que se uniesen a mí, con el tiempo, de ahí que la enviase conmigo.
—Una apuesta arriesgada, considerando que todavía no te habías estrenado.
—El clan Razaros tienta a muchos guerreros afamados, por el historial de héroes con los que compartimos sangre.
Mi padre me preparó para serlo y espera que vuelva con la cabeza de Shal’karath, para reafirmarme como tal.
Z’na tiene gusto por la fama y por la gloria, así que me echó el ojo hace unos años porque estaba segura de que llegaría a ser como Vientoblanco.
No obstante, no se iba a quedar con nosotros, sino que lo haría Fel’nis en su lugar, al llegar a Satirican.
—Se iba a quedar gestando a vuestro futuro hijo.
—Eso es.
—Asegurando así que pariría a un guerrero con sangre de héroes.
—Tal y como están las cosas, mi padre no pudo negarse, porque si una guerrera como ella dice que quiere tus hijos, tienes que pensar en lo que es mejor para la Orden y no para ti.
El hijo que tiene con Fel’nis es otro prodigio, aunque es muy joven.
Tiene un par de niñas con Kra’th del clan Errakis también, tan fieras como su hermano. Todos osos.
—Y la condición para vuestra unión…
—Mi padre le dijo que si quería reclamarme, tendría que hacerlo como compañera. Todo un halago que accediese, teniendo en cuenta que no es mujer de un solo hombre y que dijo que jamás tomaría un compañero. A Rhenara no le sentó bien, pero es su líder.
—Me avergüenza un poco no conocer vuestras costumbres. A decir verdad, me resultabais un poco bárbaros.
—Los Reid hacen las cosas a su manera, no todos somos como ellos. Por ejemplo, mi familia siempre ha mantenido la sangre pura, es la primera vez que hacemos algo así.
—Me lo imaginé. Tenéis ese porte… —hago una floritura con la mano y se echa a reír— majestuoso. De estirpe antigua, ya me entiendes.
—La más antigua, de hecho. Luego iría la de los Reid, que se ha mezclado bastante con otras. Por eso nos daban caza, somos algo así como una leyenda que anima a otros a imitarnos.
—Siempre he querido preguntarte por las runas en Lengua Arcana que encontré en el puente, ¿cómo disteis con ese escondite?
—Oh, eso es sabiduría de los cronistas. Los hechiceros fueron perseguidos durante los Años de la Sangre, tal y como apuntaste en el prostíbulo de Mirkel…
—La noche en que peleamos a muerte —lo interrumpo.
Suelta un jovial bufido, quizá pensando en lo mucho que han cambiado las cosas. Si me hubiesen dicho hace unas semanas que acabaría enredado con él me habría reído hasta morir, y Shal’karath no tendría que molestarse en acabar el trabajo.
—Y se hicieron con escondites que solo reconocerían los suyos, en todas las ciudades.
Ignoro si los almacenes que hay en el interior del puente fueron construidos por ellos o simplemente usaron algo que habían abandonado los humanos, pero marcaron el mecanismo que lo abre con una runa.
Cuando dejaron de ocuparlo, lo encontró el hampa.
Los cronistas no sabían que pertenecía a La Grulla y al principio tuvimos problemas, pero acordamos que protegeríamos su mercancía…
Algo que también adivinaste, la noche que peleamos a muerte y destrozamos un burdel.
—Del todo memorable, ¿cómo imaginar entonces que acabaríamos así?
—¿Cómo?
—Juntos.
—¿Juntos?
—No me tires de la lengua.
No sé si se ha sonrojado por el frío o por lo que acabo de decir, pero siento un revoloteo en el estómago al ver cómo me obsequia con una sonrisa tímida. Se lleva una mano al interior del abrigo y extiende la palma para mostrarme un par de frascos.
—Creo que los vas a necesitar. —Suspira cuando lo miro extrañado—. Veneno, para las garras y el hacha que te mueres por usar. Hemos fabricado mucho más, puedes quedártelos.
—¿Habéis fabricado?
—En realidad lo ha hecho Thara, la curandera. Es docta en venenos.
—¿Entonces puedo usar el hacha, al fin? —Se me ilumina la cara.
—Al fin. Sé un guerrero de Astharoth… a tu modo.
Z’na se acerca por la izquierda y le da un codazo a Éomar.
—Estáis gastando aliento cuando podríais ir más deprisa.
—Joder, estamos intentando amenizar la marcha —mascullo, inclinándome para mirarla—. Si te apetece, adelántanos a todos y acaba solita con Shal’karath.
—Pues me estás tentando, porque no podéis ser más lentos. —Estira el cuello—. ¡Eh, nada de parar para mear! ¡No se para hasta la noche! —Echa a correr— .¡NADA DE MEAR! ¡SI LO HACES TÚ, SE TE VAN A UNIR OTROS CINCO!
Nos echamos a reír al ver cómo achanta a dos guerreros que le enseñan los dientes, con media polla fuera. Vuelven cabizbajos a la columna y ella sigue gritando órdenes y palabras de ánimo, aunque son tan mortíferas como las órdenes.
Me uno a la larga hilera de chorros furiosos y suspiros de alivio, cuando por fin paramos para descansar.
Tengo la vejiga tan llena que duele al salir y aspiro entre dientes, dedicándole una mueca de reprobación a Z’na.
Parece que también quiere vigilarnos para hacer comentarios acerca de lo mal que meamos.
Fel’nis se coloca a mi lado y comenta que se le ha congelado la orina y que le va a salir en esquirlas.
—Más cabreada estoy yo, sabiendo que la lucha tendrá que esperar a mañana porque sois más lentos que un maldito asno.
—¿No te apetece mear también, cielo mío? —espeta Fel’nis, echándose la capucha hacia atrás con un movimiento de cabeza.
Z’na se aleja soltando una amalgama de improperios y ordena a dos de los guerreros de U’zhen algo que no alcanzo a oír. A estas alturas tiene cabreado a todo el batallón, pero obedecen sin rechistar.
—¿Cómo lo llevas, Lazor?
—Como en un sueño. —Me la guardo y retrocedo, porque el viento me está rociando las botas con su meada.
—Pues ya verás qué bonito se va a poner mañana. —Me imita y me palmea el hombro, limpiándose y pensando que no me doy cuenta—. Tengo una apuesta con U’zhen, ¿te unes?
—¿De qué trata? —Esquivo la cuarta palmada.
—¿Cuántos crees que quedaremos en pie, tras la lucha?
Miro hacia los lados y me encojo de hombros, porque no conozco a nadie.
—Z’na seguro.
—Aparte de lo obvio.
—Pues… Apuesto por ti, por Éomar, por U’zhen, por ese de ahí.
—Wyrran.
—Y por esos otros dos, tienen cara de héroe de gesta.
—¿Crees que van a palmar tantos?
—Lamento decírtelo, pero sí.
—¿Y no apuestas por ti?