Rojamuerte Los bardos llorarán mil años
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Los bardos llorarán mil años

LOS BARDOS LLORARÁN MIL AÑOS

Éomar tiene la mejilla apoyada en mi pecho cuando el sol nos decora con una estridencia roja y verde, se ha dormido hace un rato con los latidos de mi corazón.

Le acaricio el pelo y aspiro contra su coronilla, llenándome de un aroma almizclado.

Los dioses me han dado tregua, permitiendo que pueda disfrutar de esto casi tanto como él.

Fue un poco confuso al principio, porque me acordé de Mircea y me puse muy nervioso al pensar en que esto saldrá igual de mal, sino peor, teniendo en cuenta que estamos a unas horas de morir de la forma más convulsa.

Pero ya no tengo nada que perder, solo debo preocuparme de que sobreviva a lo que viene y podré marcharme tranquilo.

Me muevo un poco porque se me ha dormido el brazo en el que apoyo la cabeza y abre un ojo, murmurando que tiene hambre.

Suelta un gruñido leve y bosteza, pero no se retira.

Quiere que vaya a por el desayuno, no dejo de ser su guerrero y ahora me ha ascendido a esclavo de cama.

Un esclavo más que dispuesto, compruebo al bajar los ojos; con gusto me ofrezco a otra ronda.

Hay que ver cómo giran las tornas, yo odiaba a este chaval.

Bufo que vaya él mismo a por el desayuno para contrariarlo y empezar una de nuestras clásicas riñas, pero le agarro del brazo cuando hace ademán de levantarse y le sorprendo con un beso y un ligero mordisco.

—Tú también tienes hambre.

—Estoy famélico —ronroneo.

Me estremezco cuando me empieza a acariciar, humedeciéndose la mano conmigo, pero ríe entre dientes y me empuja para que me tumbe. Se deja caer a mi lado y cierra los ojos, retornando a los brazos de Oniros al cabo de unos instantes. La madre que te parió, Éomar, ¿qué hago ahora con esto?

Me levanto, crujo el cuello, estiro los brazos y me dejo bañar por el sol. Hace un día precioso para morir.

Me coloco los pantalones y le dedico una última mirada antes de bajar por la escalerilla, porque refulge como el oro y le envidio y le admiro.

Me centro en lo que estoy haciendo y por poco caigo por el hueco, porque me he vuelto a excitar como un toro.

Se me pasa en cuanto encuentro la base de operaciones llena de abejitas atareadas, creo que hemos dormido más de la cuenta.

Z’na se me acerca con un sonrisa jocosa y me pide que le diga a Éomar que saldremos en una hora.

Le digo que no tengo ni idea de dónde está mi maestro y bufa un improperio que me da a entender que no la he engañado.

Se distrae enseguida, en cuanto fija las pupilas en Fel’nis y decide ir a echarle una buena bronca mañanera.

Pesco el desayuno de la pira de carne que hay en un par de mesas circulares y vuelvo a cruzar el templo con la parsimonia de alguien que se ha desahogado durante una noche entera, hasta se me curva la comisura del labio.

Me las arreglo para subir por la escalerilla en dos tandas, dejando la comida cerca del hueco de la plataforma.

Lo despierto con un mordisco en la oreja y se dobla hacia delante con los ojos cerrados, olisqueando la sangre y las vísceras; por poco me da un cabezazo.

Me siento en el borde de la plataforma y balanceo las piernas en el vacío, llenándome la boca a más no poder y admirando las imágenes del rosetón, que representan la Profecía de Astharoth.

—Quiero que te despidas de ella, Lazor, en condiciones.

—Sabía que el polvo me iba salir caro.

Se echa a reír, pero no lo acompaño.

—Te vas a arrepentir mucho si marchamos sin que lo hagas. No lo hiciste bien, pero lo puedes arreglar.

—¿Comió?

—Sí.

—Pues ya está.

—Mírame, Llorica.

Enarbolo una ceja, dedicándole una mueca de enojo incipiente y masticando con la boca abierta. Me da con los nudillos en el pómulo, con tanto afecto que me acaricia, y me quita una gota de sangre con el pulgar.

—Tienes miedo de lo que sentirás al hacerlo.

—Sí.

—Pero todo dolor es aprendizaje, guerrero, y el que hiere más profundo nos acerca más a lo que queremos ser. ¿Quieres ser la persona que la descartó de mala manera o la que la perdonó? ¿Cómo quieres que te recuerde?

—No es asunto tuyo si la perdono o no.

—No más muros, Lazor. Habla con el corazón, como hiciste anoche.

Me paso la lengua por los dientes y le dedico una mirada torva a Astharoth, pareciese que el cabrón esté hablando a través de Éomar.

—Quiero perdonarla, pero no se lo merece.

—Te tienes en alto concepto al decir eso y no es malo que lo pienses, pero cuida que no estés cayendo de nuevo en la arrogancia y echando a perder una historia que te hizo latir después de años entumecido.

—La echó a perder ella.

—¿Y cómo quieres terminarla? Contesta solo a eso.

Termino de masticar y me froto las manos contra el pantalón, esquivando sus ojos.

—No quiero que recuerde lo último que le dije, cada vez que piense en mí.

—Eso es. ¿Entonces qué harás?

Me levanto de un salto y me paseo por la plataforma, con las manos en las caderas y la cabeza gacha.

—Eres diabólico.

—Ahora tienes el corazón de un guerrero, no el de un asesino… Y lo afrontarás como tal.

Astharoth me devuelve la mirada desde el rosetón y me siento tentado de hacerle un corte de mangas.

—De acuerdo.

—Buen chico.

—Pero echamos otro antes de partir.

—Me parece bien.

Mircea mantiene la cabeza gacha mientras nos acercamos a la puerta de la choza y la levanta rápidamente en cuanto reconoce mi forma de andar.

La cadena de los grilletes emite un sonido metálico cuando trata de apartarse el cabello de la cara y esboza una sonrisa estoica, que no resulta creíble en su rostro ojeroso y famélico.

Éomar deja que continúe solo, pero se queda a una distancia que le permite oírnos.

Dedico una breve mirada a la curandera, se retira y va junto a él.

Ninguno de los dos habla, me limito a apuñalarla con la hostilidad con la que me recuerda hasta que trago saliva y doy un paso, para que me oiga susurrar:

—¿Me amabas cuando…?

—¿Sí?

Me cuesta seguir, así que bajo más la voz y doy otro paso.

—Cuando nos acostamos, la primera vez… ¿Me amabas?

Creo que no me ha oído y me dispongo a repetirlo, pero se me adelanta.

—Sí.

—Y cuando me prometiste que no me harías daño, ¿lo dijiste de corazón?

—Sí.

La voz me empieza a temblar, pero no me detengo.

—Ojalá tengas una buena vida, te deseo toda la suerte del mundo.

—¿De verdad?

—De verdad.

Tomo aire por la nariz y miro a Éomar, que está evitando enterarse de lo que digo mientras esboza una mueca agria. Me cruzo de brazos, clavo las pupilas en mis botas y el pelo me roza las mejillas. Me estoy escondiendo a mi modo y lo sabe.

—Te amo, Mircea.

Los grilletes vuelven a sonar cuando se lleva las manos a la boca y suelta un quejido, teñido de gozo y de una melancolía que me hace apretar los dientes.

No quería decírselo, pero necesito que lo sepa.

No se lo merece, pero no ha habido un latido en el que no la haya echado de menos.

Da un paso y retrocedo un poco, porque si me toca me pondré a llorar otra vez y ya me he prometido que eso se acabó.

Junta las manos en el pecho, tan fuerte que los nudillos se le ponen blancos.

—El amor…

—… no se va —termino por ella y suelto el aire en dos tandas, porque me está costando mucho no abrazarla.

Su manita temblorosa se posa en mi cara, tan despacio que me estremezco.

Tiemblo, me rompo. Cierro los ojos y ronroneo, dejando que trepe hasta cubrirme la oreja.

Sigo llevando el pendiente que me regaló y suspira al descubrirlo.

Se cuela bajo la cortina de cabello granate que me separa de sus ojos, de su mueca implorante.

—Déjame ir contigo.

—Ojalá pudiese ser así —resuello, conteniendo un sollozo.

—Será así.

—No quiero que me veas morir, este recuerdo es mucho más bonito.

—Quiero morir contigo.

Cubro su mano con la mía y mis lágrimas brillan en sus labios y su mentón.

Le beso la palma y me quedo muy quieto, dejando que se acerque más, que se ponga de puntillas.

Sus labios rozan los míos y suelto otro ronroneo, antes de entregarme a ella por última vez.

La aprieto contra mí, la alzo un poco incluso, hasta que decido que quiero más y dejo que me rodee el cuello con la cadena de los grilletes, que ciña sus muslos a mi cintura.

Se aparta para llorar en mi hombro y la mezo, susurrando que la amo y la amaré en el Inframundo, que me encontrará cuando me necesite porque me abriré camino a través del Velo para consolarla.

Es mentira, pero quiero creerlo porque de lo contrario no me moveré, me quedaré abrazándola hasta el Final de los Tiempos.

Solloza que soy el dragón de su profecía, que me ha esperado desde que era niña, que me quiere seguir hasta el Inframundo.

Beso cada una de sus lágrimas y la dejo en el suelo, dándole el último abrazo.

Se aferra a mí un poco más y los grilletes me raspan la nuca, antes de deslizárseme por la cabeza.

Beso sus manos también y me preparo para lo más valiente que me verá hacer, como es dar un paso lejos de ella, lejos de este amor que jamás se irá.

Se aferra a mis dedos y sus súplicas se convierten en gritos entrecortados, cuando finalmente me suelto.

Paso junto a Éomar con el puño cerrado contra la boca, porque las súplicas de Mircea me apuñalan.

Sigue andando, Lazor. No te pares, si lo haces no habrá nada que impida que te la lleves al Inframundo.

Mi bruja de rizos oscuros, mi valiente compañera.

Los bardos llorarán mil años por nuestra historia, Caminante.