Rojamuerte La última noche en el mundo #2
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La última noche en el mundo #2

—No follamos previo a una batalla para procrear, sino porque puede que sea la última vez que lo haremos.

—Tienes a Fel’nis para eso.

—Me aburre comer siempre lo mismo. Aguarda… ¿Me estás rechazando?

—Sí.

—Voy a tener que cargarme a Éomar, lo ha puesto de moda.

Mi maestro nos lanza miradas fugaces y un tanto desdeñosas desde que nos hemos sentado, preguntándose quizá qué demonios quiere Z’na.

Se me antojan cautivadoras, ya sea porque no me odia lo suficiente como para ignorarme del todo o porque está celoso.

¿Éomar, celoso? En un mundo paralelo, quizá.

Pero como te cuente lo que está pasando, te vas a caer de espaldas.

Me encantaría contártelo, a decir verdad, pero me evitas como a la peste y me lo he ganado a pulso.

Me encantaría decirte muchas cosas esta noche, pues es la previa a una batalla.

Puede incluso que me apeteciese algo más, porque me dejaste con las ganas.

Esbozo una intensa mueca de la más insana autocompasión mientras bebo y lo miro, porque quiero que sepa que lo estoy mirando.

A la tercera va la vencida, la deidad guerrera se acerca imbuida en fuego y sombras y se detiene a un par de pasos, haciéndole un gesto a Z’na para que nos deje; masculla algo y grita el nombre de su hermano, para llevárselo agarrado de la muñeca.

Fel’nis se queja un poco, aunque disimula una sonrisita victoriosa.

—Te las has arreglado para crear un vacío de gente allá donde te mueves. —La primera en la frente, tan cortante como un carámbano—. ¿Te acompaño?

—Por favor.

Las risas y las conversaciones de los demás llenan el silencio entre nosotros, cuando se sienta y se queda mirándome, a la espera de que vuelva a soltarle alguna de mis dañinas ocurrencias, con el vaso apoyado en la rodilla y un rictus de perdonavidas muy parecido al que suelo esbozar.

Hasta lo malo se pega. Me aclaro la voz y lo miro también, imitando el gesto porque si no levanto un muro, el golpe será insoportable.

—Quiero decirte que…

—¿Qué quería Z’na?

Sonrío para mis adentros, porque las conjeturas no iban para nada desencaminadas. No obstante, me hago el ofendido.

—¿En serio? ¿Me acabas de interrumpir con eso?

—Me conozco sus modos y esta noche tiene aterrorizado a medio batallón. Es como una maldita araña.

—Lo he sabido manejar, no te preocupes.

Más silencio, hasta que chasqueo la lengua, asiento un par de veces, muevo los pies y la vuelvo a chasquear. Pareciese que imito la danza de un puto bardo.

—Mis más sentidas disculpas por lo que te escupí.

—Ya.

—Bueno, pues lárgate si quieres —escupo de verdad, alcanzando el fuego por muy poco.

—Eres de lo que no hay, Lazor. No lo voy a olvidar en la vida, aunque no sé si me queda mucha, y tienes los huevos de esperar que quede en una palmadita en el hombro.

—Te diré que te lo avisé, pero me empujaste hasta allí de todos modos.

—Y tu respuesta es herir de muerte, muy en tu línea, pero no pensé que te atreverías conmigo. —Se señala el pecho, el enojo hace que le tiemble la voz—. Pensé que serías distinto conmigo.

—Soy una ristra interminable de decepciones.

—Te encantaría convencerme de eso, es más fácil que afrontar lo que eres.

—¿Y qué soy?

—Buuu, buuu, buuu. —Me imita, arrugando el labio—. Eres un llorica de los peores, porque no te haces responsable de nada de lo que sueltas por la boca y encima pretendes que seamos tu paño de lágrimas. No pienso pasar mi última noche en el mundo contigo si no te disculpas en condiciones.

Carraspeo, porque no esperaba que fuese a adivinar lo que voy a pedirle. Me hago el duro un poco más y contesta con la lengua apretada contra un canino y una ceja alzada, basta con eso para reventar el farol que me estoy marcando.

—¿Y qué más digo?

—No lo digas, demuéstrame que no lo piensas.

—Es que lo pienso.

—Joder, no sé por qué me hago esto. Se acabó, Lazor, no me lo voy a hacer más.

Le agarro del pantalón cuando se levanta, aunque no me atrevo a mirarlo. Da una sacudida y lo agarro más fuerte. Bufa y se ofrece a escucharme, entendiendo que si no lo hace tendrá que marcharse sin pernera.

—Me encantaría pasar la última noche en el mundo contigo porque eres el único que ha sabido quererme…

Quererme de verdad, en cinco años. Es egoísta y no tengo derecho a pedírtelo, pero me estoy atreviendo porque siempre se te ha dado bien ignorar mis defectos…

Y porque esto que estoy haciendo es culpa tuya.

—¿El qué?

—Hablar con el corazón.

Suelta un suspiro ronco y sacude la pierna otra vez, para soltarse.

Bueno, por lo menos lo he intentado, queda replegarse para convertirse en la sombra larguirucha y siniestra de la que habla Fel’nis.

Su mano me sorprende cuando se lanza firme en mi dirección, para que la coja.

Nos miramos a los ojos y unimos las palmas con un ruido hueco, todavía no me creo que le haya parecido bien.

Me da la espalda y su melena naranja se mece con él, mientras camina hacia el templo con un deje de enojo.

Lo sigo con timidez, porque me da más la sensación de que se está apartando para darme una paliza que para que nos demos mimitos.

—¿No es un poquito sacrílego?

—Y me lo dice el apóstata, ver para creer.

Bordeamos el edificio y retrocedo con un respingo cuando se me acerca sin que pueda predecirlo.

—¿Qué haces?

—Te acercas así cuando me vas a dar un cabezazo.

—Lo he contemplado.

Toma mis mejillas con brusquedad y me besa con el mismo ahínco.

Joder, es como si me estuviese besando el propio Astharoth, los Setecientos Salmos jamás me han emocionado tanto.

Soy un Conservador frente a la efigie de un Profeta.

Ronroneo en su boca y me dejo empujar hacia los escalones; tropiezo con un par y me echo a reír cuando giro, para no irme de espaldas contra la puerta.

Corro hasta la escalerilla que da al campanario y me sigue a su ritmo, echándose el cabello tras la oreja.

No estás cabreado, estás nervioso. Lo que estamos a punto de hacer va en contra de todo tu credo y una vez más, me demuestras que te importo más que todo eso.

Me encuentra en la plataforma y la luz de la fogata lanza destellos rojos en el lado derecho de su rostro, así como en las argollas que le decoran el arco de la oreja.

Paso la mano por ellas cuando se coloca entre mis piernas dobladas y me obsequia con un beso más tímido que los anteriores, una hermosa confesión vedada.

—Es la primera vez que te veo así de nervioso. —Deslizo un nudillo por la línea de su mandíbula—. Finges de maravilla, pero mira… —Cojo su mano y la cierra en torno a mi pulgar—. Te tiemblan.

Traga saliva cuando enlazamos los dedos y tarda un poco en contestar. El temblor lo ha invadido por completo, se hace vigente hasta en su voz.

—Este es el Éomar que te gusta, ¿no? El del acantilado.

—Pero estás… —Frunzo el ceño y baja la cabeza, porque se le han humedecido los ojos y no quiere que lo vea—. Oye… —Lo busco con delicadeza, rozo su nariz con la mía y sigue rehuyéndome—. ¿Qué pasa?

Se atreve a levantar la cabeza, endureciendo el gesto. Hermosísimo contraste, el de la dureza que se esfuerza en mostrar y las lágrimas que se le escapan.

—No me hagas más daño, Lazor.

Solo se me ocurre contestar con una chanza, porque me están entrando ganas de imitarlo y no quiero que sea una noche amarga.

—Pues… No sé, depende de lo que quieras hacer. Confieso que es mi primera vez con un hombre, pero seré delicado.

Gruñe, presionando la frente contra la mía.

—Es mi primera vez también, pero no me refiero a eso, palurdo.

—No hay mucho margen para que te lo haga.

—Quédate conmigo, por favor.

Cierro la mano en su nuca y suelto un quejido ronco, con los ojos cerrados. Su aliento me acaricia la barbilla, cada vez más agitado, y sus escamas repican, simulando un leve aleteo. Las mías le siguen al cabo de tres latidos, arañando el silencio.

—Si quieres te miento.

—Miénteme.

—Me quedaré contigo, Éomar.

Su llanto silencioso me humedece los pómulos, al meterme la lengua en la boca. Busca las correas de su peto como si le quemase y tiro de las mías también, pensando que no quiero separarme de estos labios en toda la noche, ni siquiera para tomar aire.