Rojamuerte La última noche en el mundo
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La última noche en el mundo

LA ÚLTIMA NOCHE EN EL MUNDO

Nos despedimos de la aldea que nos ha acogido durante una semana, dejándola en mejores condiciones de como la encontramos.

Lo mínimo que podíamos hacer era ayudar, puesto que han dado cobijo a cuarenta y un drazir a los que nadie invitó.

Esto me da la oportunidad de conocer una faceta de mi gente que creía inexistente; en el Antiguo Reino no queríamos ni pensar en los humanos, mucho menos ayudarlos.

Tras mi discusión con Éomar, no nos hemos dirigido la palabra, por lo que he empleado mi tiempo en unirme a la diatriba de constructores.

En mi vida he reparado una choza, pero me sirve para mantenerme distraído.

Cada vez que me doy un martillazo en el dedo, pienso únicamente en que me he dado un martillazo.

Cada vez que una viga se me cae encima, solo pienso en apartarla.

Cada resbalón, cada tropiezo, cada cortina de polvo en la cara me distrae del sótano y de la mirada esquiva de mi maestro.

Soy muy consciente de lo que he hecho y aunque quiero pedirle perdón, no sé cómo.

Fel’nis se me acerca la noche anterior a la partida con un manojo de tripas de venado. Lo miro por encima del hombro cuando se sienta a mi lado en el suelo y me lo ofrece.

—Si no comes, ¿de qué nos sirves?

—Por lo que parece, soy bueno reparando cosas.

—Te has convertido en una sombra, hasta te mueves como tal. Eres la sombra siniestra y larguirucha que aparece de la nada y te hace dar un bote.

—Pues muchas gracias.

—Come.

—¿Me vas a venir con eso de la jerarquía?

—No, estoy siendo el amigo que necesitas. No se me da bien, pero lo hago lo mejor que puedo. —Me pone la carne tan cerca de la cara que por poco me la mete en el ojo—. Vamos.

Resoplo por la nariz, porque jamás habría imaginado que Fel’nis se atreviese a tanto, y empiezo a comer bajo su atenta mirada, enmarcada por un ceño rubio que no deja de fruncir ni cuando sonríe.

—No he hablado contigo de lo que pasó porque imagino que te apetece tanto como una infección, pero si quieres desahogarte… Bueno, no te voy a decir que se me da bien escuchar, pero puedo intentarlo.

—Joder, Fel’nis, me estás dando miedo.

—Tranquilo, no lo vas a ver mucho. —Se echa a reír como si estuviese enojado; lo cierto es que nunca se sabe con él—. Así que amante de Negramuerte, ¿eh?

—Hay que ver lo bien que se te da animar a la gente, no sé por qué no lo haces más —le dedico una sonrisa cínica.

—Al que dejó y después asesinó, creo que de los dos es el que salió perdiendo.

—Curioso que lo estés llevando todo a un triángulo amoroso fallido.

—Cuando te has pasado la vida en tantos y con la misma persona, es difícil no verlos en todas partes. —Se encoge de hombros—. Mira a ese capullo.

Inclino la cabeza para ver a qué se refiere y veo a Z’na al otro lado del fuego, charlando con un guerrero al que saca por lo menos quince años. Fel’nis escupe hacia un lado y se echa a reír cuando me mira.

—No sé si me has animado, pero me estás distrayendo. ¿Nuevo candidato?

—No, qué va, el juego de esta noche va por otros derroteros.

—¿A qué te refieres?

—Sigue cabreada por lo de que me uní a la cuadrilla sin consultárselo, así que me la está devolviendo y me temo que vamos a estar de tira y afloja toda la maldita noche. —Suspira largamente—. ¿Preparado para mañana?

—No sé, acércame un poco más de carne y te lo diré.

—He conseguido animarte, no hace falta seguir de cháchara. —Se encoge de hombros y se aleja.

Lo sigo con los ojos, a caballo entre la más intensa confusión y el alivio de que me hayan dejado en paz.

Termino la ración y me levanto al cabo de un rato, para hacerme con las pocas vísceras que quedan junto a la fogata.

No es la Gran Hoguera, pero tantos drazir alrededor de ella me recuerda a los viejos tiempos y a mi propia aldea.

Esbozo algo parecido a una sonrisa y me siento más cerca, aunque no lo suficiente como para integrarme.

Uno de escamas rojas o amarillas —con esta luz no lo tengo claro— se sienta a mi lado y se me queda mirando.

Alzo la barbilla y lo miro del mismo modo, porque una pelea también me distraería.

Ríe por la comisura del labio y extiende la mano para que se la estreche.

—Tarsus M’zn.

—Ya sabes mi nombre. —Se la estrecho con reticencia, llenándole de pulpa sanguina.

—Conozco las canciones y espero verte en acción, para comprobar si son ciertas.

Doy un bocado y fijo la vista en las pavesas que se alzan contra el cielo nocturno, por fin podemos ver las estrellas. Me quedo un rato mirándolas, confiando en que me deje en paz porque no tengo la noche para más admiradores, pero no se mueve de donde está.

—Conocí a tu padre, ¿sabes?

Vale, reconozco que de eso sí que me apetece hablar. Bajo la cabeza y lo miro con los ojos entornados, tratando de adivinar si lo ha dicho para provocarme. Sigue sonriendo como si acabase de echar el polvo de su vida, no parece que busque bronca.

—Era amigo del mío porque venía mucho por nuestra aldea, crecí con sus historias.

—¿Cómo sabes que no me estás confundiendo con otro?

—Tu padre era un gran cuentacuentos, pero te he reconocido porque una vez te llevó con él, tu hermano también fue. Estabais aprendiendo el oficio, tendríamos unos quince años o así.

—Estoy bastante mutilado para que me reconozcas.

—Te faltan todas las escamas, es cierto, pero tienes los mismos rasgos. A algunas personas no les cambia la cara, por mayores que se hagan, eres de esos. No te acuerdas de mí, ¿verdad?

—No, pero muchas gracias por llamarme viejo.

—No eres precisamente un chaval.

—Pero no soy Findar, coño.

Se echa a reír y se da una palmada en el muslo, viendo que me limito a mirarlo con una ceja alzada.

—Tu genio me recuerda al de tu hermano, se agarró un disgusto tremendo cuando habló con mi padre y le dijo que no podía ser guerrero, que las cosas no funcionan así. ¿Sigo sin sonarte de nada?

—Mi memoria no es lo que era.

He mentido, porque me acuerdo de la mayor trifulca que tuvieron. Mi hermano no le levantó la voz a mi padre hasta ese momento y aunque no volvió a hacerlo, me marcó para siempre.

—No me atrevía a decírtelo, por eso de que ahora eres Rojamuerte y todo lo demás. —Se rasca la nuca y mira al frente —. Tu padre era un grande y lamenté mucho su marcha, así como la de tu hermano. Están en el Mar Áureo, no hay duda.

—A donde no iré jamás. —Alzo mi vaso de cerveza y saludo—. Pero gracias por acordarte de ellos.

Brinda conmigo.

—Por J’rkrish y Lessen D’jris, fieles cuentacuentos del Antiguo Reino. Mañana marchamos por ellos. —Bebemos y me mira con la misma fijeza de antes—. Me han contado lo que te pasó y quiero que sepas…

—Estás cruzando una línea. —Le dedico una sonrisa torva—. No tengo ni idea de lo que cacarean tus amigotes, pero no voy a hablar de ello.

—Lo ha cacareado Z’na y lo mismo se lo tienes que agradecer, de lo contrario te habrían despertado con una garra en el corazón. La mayoría te odiaba al llegar.

Cruzo una mirada con la guerrera, que sigue charlando con su pretendiente. Pobre hombre, o es masoquista o todavía no la conoce. Fel’nis los vigila de cerca; piensa que no se ha dado cuenta nadie y es lo más parecido a la sombra de un Oscuro. Río para mis adentros y miro a Tarsus.

—Y ahora les doy pena, no es un consuelo.

—A mí desde luego no me la das. —Se echa hacia delante, apoyando los antebrazos en las rodillas—. Pero que estés haciendo algo bueno después de tanto mal es… Creo que llegarás al Mar Áureo, por lo menos chapotearás un poquito en sus orillas y verás a tu familia, antes de que te manden a otro sitio.

Me termino la cerveza y sigo mirando el fuego, hasta que se marcha a hablar con otro.

Tengo un nudo en el corazón, ya sea porque los dioses han decidido escupirme a la cara una vez más o porque me ha sentado bien hablar con alguien que conoció a la persona que solía ser.

Ya no quedan de esos. Trago saliva un par de veces y me alejo despacio, huyo hacia el amparo de la oscuridad porque es donde pertenezco, pero me encuentro con una mano en el hombro.

—¿Qué haces? —espeta Z’na.

—Retirarme.

—Cumple con las tradiciones, cachorro, y ven a sentarte conmigo.

—¿Para qué?

Me agarra del brazo y me mueve como si fuese un saco de patatas, para sentarme cerca de donde he estado. Me clava al suelo, más bien. Se deja caer a mi lado y suspira, con las pavesas danzando en sus glaciares. Acerca el vaso que he dejado en el suelo y lo llena de cerveza, para ofrecérmelo.

—¿Ya te has cansado de ese chaval? —Bebo.

—No hay ni uno apto, está siendo un cortejo desastroso —bufa entre dientes—. No levanto cabeza desde que dejamos Mirkel, y es por tu culpa. Das mala suerte.

—Vaya, creo que es el insulto más bonito que me has dedicado.

—Hagámoslo —gruñe, porque no está acostumbrada a pedir nada.

Pestañeo, sin mirarla. Es posible que me esté utilizando para dar celos a Fel’nis y me empiezo a agobiar porque aunque no fuese así, lo último que se me ocurriría en este momento es follar.

Por otro lado, he comprobado que mi necesidad de afecto es tal que me enamoro con que simplemente me den la mano y esto podría salir realmente mal; la aborrezco, pero quién sabe a estas alturas.

Un triángulo amoroso con los Hermanos Terror me asusta casi tanto como el Juicio de Los Hados.

Me dedica una mirada a medio camino entre la insistencia y el enojo y la fija tanto en mí que me provoca un gesto nervioso, como es el de humedecerme los labios.

—¿Lazor Rojamuerte, apto? Sí que has bajado el listón.

—Te voy a reconocer dos cosas. —Levanta un par de garras y las baja a medida que habla—: Luchas muy bien, pese a la paliza que te di, y eres muy pintón, pese a lo mutilado que estás. Me habría gustado verte con escamas.

—Dos cumplidos vedados. Me estáis dejando de piedra, tu hermano y tú.

—Hagámoslo.

Me froto las pantorrillas con las manos, balanceándome un poco. Sigue mi nerviosismo con los ojos, sin moverse un ápice.

—Ya no estoy en celo.