Rojamuerte Maté por ti
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Maté por ti

MATÉ POR TI

El mundo zumba y vibra cuando abro los ojos y los clavo en el hueco de la escalerilla.

Me he quedado en mi escondite para dormir la mona y ya no estoy borracho, por lo que me pongo a llorar como un crío en cuanto recuerdo el motivo por el que he estado borracho.

Me tumbo de lado y me lo sacudo como puedo, porque le he prometido a Éomar que seré el guerrero por el que ha dado la cara todo este tiempo.

Y porque Z’na me lo sacará a golpes si lo retengo más.

Mi llanto se propaga por el campanario por más tiempo del que esperaba. Confío en no haber despertado a nadie, lo último que necesito es un coro de risas cuando baje con los demás. Me froto la cara y me hago otro corte en la mejilla. Joder, empezamos bien.

Me encaramo a la escalerilla y me encuentro a todos levantados.

Algunos se han reunido para consultar un mapa de las Sierras del Fuego y comentar la estrategia que, seguro, ha montado Z’na.

Fel’nis los acompaña con asentimientos y bruscos movimientos de mano, que va en todas direcciones con la convicción de un sacerdote.

Arqueo las cejas al pasar por su lado y me saluda con una sonrisa escueta, antes de lanzarse a discutir con otro guerrero.

Z’na se cruza conmigo y me da un golpe en el brazo, comprobando que no salgo rodando y que por tanto, no estoy borracho.

Éomar habla con la curandera y parece un poco preocupado. Me detengo y giro sobre los talones, porque intuyo de qué va el asunto y como oiga su nombre volveré a echarme a llorar. No he pasado desapercibido y Éomar chasquea los dedos para que me acerque. Gruño y obedezco, cabizbajo.

—Es Mircea. Dice que se ha recuperado, pero que se niega a comer.

—¿Y eso por qué nos importa? —vuelvo a gruñir.

Éomar esboza una mueca de reprobación y la curandera insiste en que si no come, morirá.

Me paso toda la conversación contando los tablones del suelo y mirando hacia los lados, con un cúmulo de traviesas lágrimas empañándome los ojos.

La mujer se retira y Éomar se lleva las manos a las caderas, mirándome con la barbilla muy alzada.

—Para de una vez.

—¿El qué?

—Ya sabes qué.

Me paso la lengua por un colmillo, con la vista fija en el púlpito. Resopla y sigo sin girar la cabeza.

—Si no come morirá y me da en la nariz que lo que quiere es que vayas a verla.

—Ya —se me corta la voz—. Pues que muera.

—A mí también me importa, ¿vale? No pasa nada por reconocerlo.

—No te ha hecho lo que me hizo a mí —susurro, con una lágrima atrapada en la comisura izquierda.

—¿Qué?

—¡Que no te ha hecho lo que me hizo a mí!

El templo entero se ha girado y el silencio dura tres latidos, hasta que Z’na dice algo así como «a lo vuestro, señoritas» y siguen, en efecto, a lo suyo.

Éomar me agarra de la solapa del abrigo y me arrastra fuera, mascullando que soy un gilipollas y un palurdo.

No me revuelvo, porque todavía no estoy en facultades.

Me estampa contra una pared y estira un dedo frente a mi nariz.

—Ve a verla.

—No.

—Si no vas a verla, no marcharás conmigo.

—Sí, claro. Y el cielo es verde.

—¿Crees que me estoy marcando un farol?

—¿Y por qué te importa tanto?

—Porque tuvo el coraje de contarte la verdad, de contárnosla a todos. No hay actitud más honorable en un guerrero y tú, amigo mío, estás siendo un cobarde.

—No es una guerrera.

—La adopté como tal, hasta le pusimos nombre.

—Se lo puso U’hrk y mira cómo lo pagó.

—Pertenece a la cuadrilla, no damos la espalda a los nuestros.

—¿Le has pedido lo mismo a Z’na y a Fel’nis?

—No tienen el vínculo que tuvimos con ella, de lo contrario lo haría.

—Siempre tan perfecto…

—¿Cómo dices?

—Que siempre tan puto perfecto, Éomar. No se te van a caer las escamas por no hacer lo correcto de vez en cuando.

—Ya no eres así, ya no eres un asesino despiadado. Te estarías meando en todo lo que te he enseñado si no vas a verla. —Me agarra del abrigo otra vez y me da una patada para que camine frente a él—. ¡Andando!

—No.

Me da otra patada, esta vez en la cara. Giro cual peonza y caigo de cara contra un charco.

—Te respeto y te admiro por todo lo que ya no eres, así que levanta y acompáñame.

—¿Vas a venir también?

—Que no seas el mismo no quiere decir que no seas impredecible. Me voy a quedar a vigilar y si veo que la cosa va bien, os dejaré a solas para que os soltéis lisonjas.

—Lo único que me apetece es insultarla. —Me levanto, sacudiéndome el barro del abrigo.

—No me engañas, la sigues amando. —Me empuja otra vez, obligándome a caminar—. Y yo tengo que verlo, así son las putas cosas —añade entre dientes.

Enfilamos el camino, conmigo dando tumbos frente a él.

La patada que me ha encajado ha sido más fuerte de lo que pensaba y me cuesta enfocar.

Me agarra del abrigo otra vez, cuando paso cerca de la choza en la que está Mircea, para que no me escape.

La curandera nos recibe con una amplia sonrisa y nos conduce hasta el sótano.

Me detengo al pie de las escaleras, viendo cómo Éomar avanza.

Cálmate, corazón. Respira, no te estás ahogando.

Mircea solo lleva una cadena en torno a una muñeca, se sienta en el camastro en cuanto nos ve y se enjuga las lágrimas a toda prisa.

Tiene el cabello alborotado y las ondas se han convertido en rizos, se las aparta de la cara también.

Mi maestro me agarra del brazo y gruño, clavado en el sitio.

Vuelve a tirar y pienso que el corazón se me va a salir por la boca, cuando quedamos a dos pasos de ella.

—Lazor.

—¿Hmm? —Fijo las pupilas en el suelo, sin bajar la cabeza.

—Quiero que por lo menos me digas que me crees.

—Hemos venido porque Thara dice que te niegas a comer. —Éomar interviene, porque sino podríamos estar aquí hasta mañana—. Así que queremos ver cómo lo haces.

—¿Por qué? ¿No me odias? Soy tu prisionera.

—En absoluto. Me decepcionaste, pero fuiste muy valiente al confesar algo que seguramente te habría matado. De estar mi padre en mi lugar… En fin.

—Eres increíble, Éomar.

—Increíble y estúpido.

—Te dije que te quiero y lo sostengo.

—Tenemos un concepto muy distinto de lo que es el amor.

—¿No lo has sentido entre nosotros?

—No me estás entendiendo: yo sí que te he querido.

—¿Y yo no?

—El amor no duele, Mircea.

—No crees eso, no después de todo lo que nos hemos contado, con palabras y sin ellas.

Éomar asiente, cabizbajo.

—Me estás dando la razón. Si me quisieras, no usarías mis secretos para herirme.

No sé de qué están hablando, pero tampoco voy a preguntar, como tampoco debí preguntar cuando la curandera dijo que la reconoció. He aprendido la lección, hay secretos que jamás deberían contarse; nos protegen de nosotros mismos y de los demás. La duda es mil veces mejor compañera.

—No lo haría ni en mil años, pero sabes que estás equivocado — responde Mircea—. Te hieres a ti mismo, al negarlo.

Éomar exhala entre dientes y me mira.

—Lazor quiere hablar contigo.

Abro y cierro la boca, con un regusto muy amargo que no sé de dónde ha salido. Puede que se deba a que tengo ganas de vomitar otra vez. Empecemos por mirarle el cuello, no hace falta que subamos hasta la cara. Nos quedaremos en la nariz y esto no se convertirá en un diluvio.

—Come, Mircea.

—Mírame, por favor.

—Que comas, Éomar no me va a dejar salir si no lo haces.

—No comeré si no me miras.

Barbilla. Nariz. Mejilla. Contengo el aliento al detenerme en sus ojos negros, en la súplica que formulan.

La presión en el pecho no es mayor a la que siento en las sienes.

La mano de Éomar está en mi espalda, asegurándome que no me voy a derrumbar.

Cierro los ojos y se me escapan un par de lágrimas, al tiempo que susurro:

—Come.

—Y ahora quiero que me escuches.

—A la mierda.

Esquivo la mano de Éomar y corro hacia las escaleras, pero me intercepta y me envía de vuelta con ella.

Me giro y crispo, dispuesto a abrirme camino a dentelladas.

Éomar predice los dos saltos que doy y me empuja cada vez, hasta que me agarra del abrigo para arrastrarme.

Me lo quito y le encajo un puñetazo en la cara, que con el enojo que llevo ha sido más fuerte de lo que esperaba.

Me atrapa de todos modos y me estampa contra una pared, al tiempo que retrae los labios.

—¡¿Qué te he dicho?!

—¡NO!

—¡Todo el puto día tengo para retenerte aquí! ¡Ni siquiera me estoy esforzando!

—¡Ya la he mirado!

—¡Hasta que no coma, no nos vamos! ¡No seas patético, Lazor!

Me zafo de él y voy hasta Mircea, clavando los talones como si la fuese a patear. Se encoge un poco, pero me sostiene la mirada.

—Quiero que comas.

—¿Por qué?

—Porque me lo ha pedido Éomar.

—¿Ya no me amas?

—No —musito, de forma tan aguda que parece un gemido.

—La mentirosa aquí soy yo, Lazor.

—¿Qué coño me quieres contar? —Suelto un resuello entrecortado y clavo la mirada en una viga del techo—. ¿Que te follabas a Negramuerte antes que a mí? ¿A uno de mis putos enemigos, al que sabías que perseguía? ¿Que me hiciste pensar que me querías?

—Lo que quiero decirte…

—¿Que me prometiste que nunca me harías daño, sabiendo que me lo harías? ¿Que dejaste que…? —Jadeo y me tapo la boca con la mano— ¿Que dejaste que me enamorase de ti, que creyese en ti para llevarme con G’lar, tu puto padre?

—Lazor…

—¿Que sabías lo que me harías cuando me enterase y que por ello estabas dispuesta a vivir con la mentira, mirándome a los ojos cada día?

Maté por ti, Mircea. —Me paso la mano por el pelo y me giro, todavía concentrado en la viga—.

Maté a U’hrk, cuando lo único que quería era protegernos.

—Me giro y la miro a los ojos, aterrándola—.

¡Maté porque creía en ti, víbora asquerosa, y me hiciste pensar que también mataría a Éomar!

¡Me volviste loco! ¡¿Y para qué?! ¡¿Eso es lo que me quieres decir, Mircea? !

Éomar da un par de pasos, encorvándose, porque el sótano ha vibrado con los lamentos cavernosos de mi alter ego, con el chirrido de las cadenas que lo retienen.

Las retinas se me llenan de fogonazos rojos y me doy cuenta de que jadeo como un chucho, al imaginar escenarios en los que entierro la mano en sus rizos, le parto el cuello y me como su corazón.

En los que Rojamuerte la devora para que se quede por siempre con él.

No son muchos, pero los suficientes como para hacerme retroceder un paso.

—Sí, más o menos eso —musita, apenas logra decirlo—. Y que valoro la fe que pusiste en mí, más que nada en el mundo. Que te amo como no he amado a nadie, ni siquiera a Rona. Me cuesta mucho decirlo, pero…

—Así que también la traicionas a ella.

—¿Cómo?

—La diferencia entre tú y yo es que no amaré a nadie como amé a Rossana y a mis hijos.

Esta historia no me ha hecho olvidar que tuve algo infinitamente mejor hace cinco años, a lo que tú no podrías aspirar en la vida.

No habría tenido eso contigo y no me engañé pensándolo, para no insultar su memoria.

—No lo dices en serio.

—Claro que sí. Rona era el amor de tu vida, no voy a aceptar que me escupas otra mentira y menos para ablandarme.

—Te amé y te amo.

—¿Y cómo coño me creo eso?

Se señala la marcas de la cara y me tengo que contener para no cruzársela.

—Te la tendría que haber arrancado. Sigue escupiendo mentiras, que lo mismo contesta otro por mí.

—¡Lazor! —el grito de mi maestro.

Suelto una risotada nerviosa y me paso la mano por la nuca. Estoy llorando y riendo a la vez, aferrándome a la poca cordura que me queda.

—¿Me amaste? Puede, pero no más que a ella ni como a ella.

—No te he mentido con eso.

—Pues vaya mierda de persona estás hecha.

—¡Lazor!

—Ya he hablado con ella, Éomar. ¿Contento? —Me giro—. ¿O quieres también que me la folle?

—Lo que quiero es…

—¡ESTOY HARTO DE VOSOTROS DOS! —Alzo dos dedos contra él—.

¡No estoy aquí para arreglarte la vida, Éomar!

¡No soy tu puto padre, no soy tu puto hermano y no soy tu puto amante!

¡No soy la esperanza que te va a sacar de guerrero, porque la vida es así de injusta!

¡Naciste guerrero y morirás guerrero, que te haya salvado la vida no borra nada de eso!

—Lárgate de mi vista.

Recojo mi abrigo y lo empujo al pasar por su lado.

Mi llanto se une al de Mircea, pero no dejo que lo vean; en su lugar paso lloriqueando frente a la curandera y por poco la derribo.

Me encamino hacia el templo al tiempo que me paso las manos por la cara y suelto un profundo gruñido, pensando que habría salido mucho mejor si hubiese estado borracho.

No, si hubiese estado borracho la habría matado.

No, me habría hincado de rodillas y le habría suplicado que cumpliese su promesa porque el amor no se va.

No se irá hasta que me maten y espero que sea pronto.