Rojamuerte Un muerto no me haría sentir esto #3
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Un muerto no me haría sentir esto #3

—Perdimos a U’hrk hace unos días, nos atacaron unos exploradores. —Se lleva una mano al pecho y luego la posa en el de Escamas Moradas—. Lo siento mucho.

Los labios de Escamas Moradas tiemblan y los aprieta tan fuerte que las aletas de la nariz se le dilatan. Mente antes que corazón, ni una puta lágrima. Baja la cabeza y suspira, vaciándose de lo que en realidad querría decir.

—Contaba con… —Traga saliva y pestañea cuando alza la cabeza—. ¿Cómo fue?

Pues verás, le abrí la garganta y le tiré por un acantilado por la moza a la que tenemos retenida en el sótano de una aldeana que en algún momento, imagino, querrá recuperar su casa. Hipo y lo disimulo bien.

—Joder… Ah… —Fel’nis se rasca la frente y mira a su hermana, que no tiene intención de echarle una mano—. Los atacaron con el temporal, al guerrero de Éomar y a él. —Me mira de soslayo—. No creo que quieras saber más.

—Claro que quiero —contesta Escamas Moradas entre dientes.

—Ignoramos cómo le asesinaron, pero acabó en un lago congelado. No pudimos rescatar su cadáver porque…

—¿Por qué? —La mirada de Escamas Moradas se enciende.

—Porque no lo encontramos, aunque lo buscamos durante toda la noche.

—¿Y por qué no seguisteis buscando?

—Porque una humana con la que viajábamos estaba muy enferma, nos tuvimos que mover deprisa.

—¿Habéis abandonado el cadáver de mi hermano por una humana?

—Insistí en que debimos quedarnos —masculla Z’na.

—Eres de lo que no hay. —Fel’nis se gira como un resorte.

—U’zhen —interviene Éomar, viendo que la cosa se va a pique nada más empezar—. La responsabilidad debería caer en mí, soy el líder de la cuadrilla. Tomé la decisión por todos y si buscas represalias…

—Las buscaré —lo interrumpe, cortante—. Pero ahora debemos concentrarnos en el ataque. —Se vuelve hacia los demás guerreros—. ¿Dónde pueden quedarse?

—En el templo, hay espacio para todos.

U’zhen pasa por mi lado y me empuja con el hombro, tan fuerte que trastabillo y me voy contra Fel’nis.

Me agarra a tiempo para evitar que siga haciendo el ridículo al irme de culo contra la nieve.

Intuyo que sabe quién soy, en su lugar me habría dado un puñetazo.

Permanezco erguido el tiempo que tardan los demás en seguirlo y me llevo una mano a la boca cuando los pierdo de vista, para vomitar cerca de los pies de Z’na.

—Me asocio con vosotros y así me lo pagáis. —La guerrera me agarra del abrigo, para ponerme recto—. Eres una puta vergüenza, camarada. —Se gira hacia Fel’nis—. ¿Y qué mierda ha sido eso? Te ha faltado cargarnos el muerto por lo que hace el propio Shal’karath. ¿No se te ha ocurrido mentir un poco?

—Mentir acerca de la muerte de un amigo es casi peor a que me hayas dejado con el culo al aire.

—Parece ser que si no hago yo las cosas, aquí no funciona nada. —Me suelta y me da una palmada en el pecho—. Y tú te vas a despejar, ¿me oyes? —Me abofetea con todo el cariño del que es capaz—. Como te vuelva a ver borracho, te saco el bazo y me hago un sombrero con él.

—Te quedaría bien.

—Encárgate de tu guerrero, Éomar —farfulla mientras da pisotones, alejándose por el camino—. ¡Y tú, bocazas! ¡No me dejes lidiar con esto sola, vas a venir a seguir dando explicaciones! —Señala a su hermano.

Fel’nis la sigue mientras le hace burla, procurando que no lo oiga.

Éomar se rasca una ceja y se acerca, mirándose los pies. Contengo una arcada y me llevo la mano a la boca, con la mala suerte de que lo hago muy fuerte y me acabo dando un tortazo.

—¿Lo has oído? No hay mucho que añadir.

—No quedan botellas, así que me parece bien.

Arrastra los pies, reuniendo un cúmulo de nieve cerca del talón. Sigo su movimiento porque tampoco me atrevo a mirarle a la cara.

—Mira, lo del otro día…

—No tenemos que hablar de ello, se hará pequeñito si no lo hacemos.

—No te crees eso.

—Pues no.

—Y tampoco creí que te acordarías.

—Vaya si me acuerdo. Fue el beso más cojonudo que me han dado en los últimos cinco años, la propia Mircea lloraría al verlo. Eres un crío, pero se te da muy bien para la poca experiencia que tienes.

—Si me vuelves a llamar «crío»…

—Perdón, maestro.

—Me dejé llevar por el corazón, pero ahora hay que atarlo en corto. —Endurece el gesto como si se arrepintiese de haberlo dicho y continúa tras una pausa—. Quiero asegurarme de que haces lo mismo con el tuyo.

—Lo estoy emborrachando, creo que para mañana volveré a ser el Gruñidos de siempre. Si es que no aparezco muerto, no caigo bien a los nuevos.

Me mira a los ojos, se queda muy quieto mientras lo hace. Duda, pero no se mueve ni pestañea. Por lo menos ya no parece que me odia. Abre la boca para añadir algo y se lo piensa, por lo que me deja solo y en mitad del camino.

Me doy cuenta de que la choza en la que ocultamos a Mircea está a unos cuarenta pasos.

No, Lazor. Por otro lado, la borrachera me otorgaría el valor con el que no contaré mañana.

Camino en la dirección contraria, me detengo, giro sobre los talones y repito todo tres veces más.

La mano de Éomar aparece de la nada y me agarra de las solapas del abrigo, para llevarme con él al templo.