Un muerto no me haría sentir esto #2
Se lanza a mis labios y lo recibo con los ojos muy abiertos.
Coño, sí que debo estar borracho, porque con toda seguridad me estoy imaginando que me está besando.
Me digo que puestos a imaginar, por lo menos lo voy a disfrutar.
Le correspondo con un poco de lengua y me raspa el labio con los colmillos, hasta que me doy cuenta de que está pasando de verdad y le pongo una mano en el pecho.
—¿Qué haces? —Sueno tan agudo como mi espanto.
—Venga ya, Lazor. ¿No te lo olías?
—Un momento… Espera… Esto… —Señalo entre nosotros con el dedo—. No… A ver…
—Es cierto que no se me da bien decir lo que quiero, tengo que trabajarlo un poco más.
Me acomete de nuevo y no me aparto, porque lo cierto es que podría pedirme que le bajase la luna y solo preguntaría a qué altura la quiere.
Pero es un chaval al que saco diez años y que seguramente se haya prendado de mí porque soy el único que le ha tratado con respeto —y no siempre—, que está enamoradísimo de su hermana y más confuso que un bastardo en su cumpleaños.
Succiona mi labio inferior y me obligo a apartarle, balbuceando una chapucera negativa.
Su iris naranja pierde un poco de brillo, pero no se apaga.
—Me importa un carajo lo que piensen, no creo ni que siga siendo guerrero para cuando esto acabe.
—Lo serás, soy capaz de volver de entre los muertos para patearte hasta que te pongas el peto.
—¿Qué muertos? Vas a sobrevivir, conmigo.
—Joder, la historia se repite. —Hipo y me llevo una mano a la boca—.
Me estoy cansando de que me rescatéis como si fuese un gatito extraviado.
Soy un asesino de masas, Éomar. —Suelto una risita amarga y frunce el ceño—.
Soy Rojamuerte, por mucho que os empeñéis en que lo olvide.
No lo quiero olvidar, le estaría haciendo un flaco favor a los desgraciados a los que empalé por todo T’har Kul.
Y cuando esto acabe, estaré muerto porque así debe ser.
Haré una última cosa por la gente que se lo merece y me marcharé.
— Miro hacia la plataforma—. Te lo digo con toda la claridad que me da la botella.
—Ya veremos. —Toma mi barbilla.
—Ahora soy gracioso ¿no? —Esquivo otro beso, echando la cabeza hacia atrás—.
Porque estoy borracho, en cuanto se me pase volveré a ser el cenizo que os amarga el desayuno.
No se me va a pasar con esto, Éomar, por mucho aprecio que te tenga.
No hay nada que se vaya a llevar lo que me ha pasado y lo que he hecho.
—Soy optimista y te digo que se te pasará, en cuanto veas cómo…
—No se me pasará. —Sofoco su sonrisa, cortante—. Si te apetece, follamos, pero no se me pasará.
Frunce los labios y el cabello le roza las mejillas cuando asiente.
No se lo echa tras la oreja, porque seguramente esté pensando en darme el golpe que me falta para la caída de freno en seco que llevo contemplando todo el día.
Se levanta, salta y desaparece por la escalerilla, con más entereza de la que yo soy capaz de mostrar.
Sigo borracho cuando los guerreros de Fel’nis aparecen, desfilando por el camino de la aldea en una hilera plateada, esmeralda, púrpura, granate.
La tormenta ha escampado y el sol calienta como su puta madre, por lo que me coloco la mano en la frente a modo de visera y doy un ligero traspié, porque me cuesta mucho mantener la verticalidad.
Éomar me sostiene con una mano en el hombro, aunque sigue cabreado por nuestra última conversación.
No se permite agitarse en mi presencia, pero su tono es mucho más cortante y me veo la mayoría de las veces tratando con los hermanos.
Z’na me ha echado la bronca por él, diciendo que si no soy capaz de comportarme tendrá que encerrarme en el templo.
No se lo he discutido, porque me apetece mucho volver a mi arco y quedarme ahí otros tres días.
Ya no quedan botellas para pasar el confinamiento, pero me queda mucho en la cabeza para seguir entreteniéndome.
Escupo contra el suelo para quitarme el regusto a hierro de lo primero que me he llevado a la boca desde que Mircea me dijo que folló conmigo porque se lo pidió su antiguo amante.
No pienses en eso, eres el guerrero del chaval que incomprensiblemente se ha encaprichado contigo y que representa el futuro del Antiguo Reino.
Cuádrate, deja de bizquear como el borracho en el que te has convertido y finge que algo de esto te importa. Ya queda poco, muy poco.
Se detienen en dos hileras, son treinta y siete en total.
Impresionante, esperaba menos. Uno de escamas tan moradas como las del difunto U’hrk se adelanta y avanza hasta los hermanos, no parece que sepa a quién dirigirse primero.
Los juegos de poder del clan Reid, inefables y constantes como el herpes.
Se decide por Z’na, que ya ha enarbolado una ceja.
—Mis disculpas, el clima se ha vuelto loco.
—Si llegáis a tardar más, nos encontráis con la cabeza de Shal’karath en todo lo alto del campanario. —Z’na señala a su espalda con el pulgar.
—¿Dónde está mi hermano? Contaba con darle una sorpresa.
Z’na mira a Fel’nis de soslayo y éste se aclara la garganta. Echándole a los lobos, como de costumbre.