Rojamuerte Un muerto no me haría sentir esto
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Un muerto no me haría sentir esto

UN MUERTO NO ME HARÍA SENTIR ESTO

La luz que se filtra a través de las vidrieras tintadas se posa en mi mejilla y la tiñe de rojo, así como las manos que apoyo en mis rodillas dobladas.

Llevo dos días con sus noches sentado en el quicio de este arco, al que se puede acceder de un salto desde la parte baja del campanario.

De vez en cuando escucho el aleteo de un pájaro que trata de colarse por el hueco de la escalerilla de madera, todavía no lo han hecho pero estoy seguro de que tienen un nido al otro lado, en el quicio de otro rosetón.

Me duelen los ojos de tenerlos abiertos, pero cada vez que los cierro es mucho peor, porque el movimiento de los labios de Mircea, mientras confiesa que todo era mentira, me aterra más que el propio Oniros.

No es lo único, también recuerdo el cosquilleo de sus lágrimas, resbalando por mi mano.

Y si los cierro durante más de diez latidos su aliento vuelve a rozarme la mejilla, con la frase más dolorosa que me han dedicado en la vida.

Soy un experto en frases dolorosas, podría decirse incluso que soy el más acérrimo coleccionista, pero no me la esperaba después de mi reacción.

Un puñal en la tráquea habría dolido menos.

El amor no se va.

Aterrador.

Me paso el pulgar por los nudillos y me detengo en una de las marcas, la que me grabó el propio Shal’karath.

Las demás son de G’lar, pero esta es especial.

La última y también la más dolorosa, porque me la hizo el día en que confesó que mató a mi familia.

Estoy lleno de marcas dolorosas y de frases dolorosas.

Pensé en cortarme el dedo para no seguir viéndola, cuando escapé de la Inquisición, pero me dije que sería mi combustible.

Todo lo que convierto en combustible acaba doliendo más que lo que persigo.

Nunca aprenderás, Lazor, porque te mueves por la vida a cabezazos.

No sé qué ha sido de Mircea y tampoco quiero saberlo.

Me doy miedo cuando la tengo cerca, cuando pienso en lo que le pasará.

Éomar ha tenido la cortesía de no visitarme desde que me he recluido, creo que está ayudando a los humanos a reconstruir la aldea.

El bueno de Éomar, el héroe del pueblo, de cualquier tipo de pueblo.

Si sobrevives a esto, tendrán que aceptarte como el líder de líderes, la propia Z’na Reid se inclinará ante ti y te suplicará que la aceptes como guerrera.

Se pelearán por estar a tu lado, mientras que yo no he hecho más que desaprovecharlo.

Podría haber aprendido mucho más de ti, pero estaba obcecado con mis obsesiones y, seamos francos, no tengo madera de héroe.

Soy un cuentacuentos, me dejo llevar por los mundos que solo existen en mi cabeza, y el autoengaño es otro combustible.

A estas alturas tendría que parecerme a ti, pero solo he conseguido reforzar mis defectos, que son muchos.

Adelante, Lazor. Sigue autocompadeciéndote, creo que no lo has hecho suficiente. Te queda pensar en tu familia y ya estaríamos del todo servidos.

La escalerilla traquetea y vuelvo el rostro brevemente. Me importa un carajo quien sea, estoy muy ocupado sintiéndome miserable. No necesito que vengan a ayudarme. La esencia de Éomar me cosquillea en la nariz y me la rasco, abriéndome un corte en el puente.

—¿Cómo lo llevas?

Estupendamente. Estoy barajando dos opciones: tirarme de cabeza, así tal cual como estoy, y decorar las losas del púlpito con mi sangre de renegado o esperar a que lo haga Shal’karath por mí, cuando se enteren de que estoy aquí.

Las dos me parecen bien, solo tengo que decidirme por la que menos pereza me dé. Va ganando la caída.

Se apoya en el borde de la plataforma, calcula el recorrido y se impulsa como un gato, para aterrizar a dos pasos de mí.

El polvo se desprende bajo sus pies y crea una cortina gris, que se torna roja al mezclarse con la luz de los vidrios.

Se echa el pelo hacia atrás y se lo coloca tras la oreja, señal de que está un poco nervioso.

Bueno, no pasa nada. Yo estoy tan tranquilo como el agua estancada, que no es buena señal en absoluto.

—Hemos tomado una decisión, pero he dicho que lo consultaré contigo.

—¿Hmm? —Arqueo las cejas, distraído.

—No vamos a ejecutar a Mircea, pero la dejaremos aquí y que siga con su camino, siempre y cuando se comprometa a no acercarse más a las Sierras del Fuego.

—Mhm.

—¿Eso es que estás de acuerdo?

Me encojo de hombros y sigo mirando a través de los vidrios, el pueblecito rojo tiene mucho movimiento para que solo cuente con unos veinte aldeanos.

Z’na grita órdenes en mitad del camino, como si fuese su puta alcaldesa.

Debería planteárselo, seguro que sería más feliz aquí que teniendo que pelear con todos los guerreros que le caen mal.

Le cae mal hasta su hermano, por lo que debe estar agotada.

Suelto una risita al imaginarla como tal, porque no sé si sería bueno o malo para esta gente.

Suponiendo que acaben, o acabemos, con el culto, quedarán algunos rezagados que seguro que no se acercarán a menos de dos millas de Z’na Reid.

Éomar chasquea los dedos frente a mis ojos y le dedico una mueca cansina, pero no me quejo. Está esperando una respuesta y lo cierto es que no tengo ni idea de qué contestar. Sí, mátala. No, no la mates. Joder, ¿por qué es tan complicado?

—¿Dónde está?

—Sigue en el sótano de Uyma.

—En el sótano de Uyma —repito en un susurro.

—Bueno, ya está bien. Entiendo cómo te sientes, amigo, pero no podemos permitirnos esto.

—Estás parafraseando a Z’na, al final se le coge cariño.

—No le tengo ningún cariño y tú tampoco.

—No creas, he comprobado que tengo cierto gusto por las villanas.

—No puedes seguir torturándote así. Mira que me fastidia decirlo, pero «mente antes que corazón» viene que ni pintado en esta situación. Si te apetece, cuando acabe esto, nos vamos de tabernas y lloramos lo que no está escrito, pero ahora te necesito conmigo.

—No, qué va. Podrías hacerte solito con el Antiguo Reino.

—¿Con los Hermanos Terror como única compañía? No me jodas.

Compartimos una risita y vuelvo a fijar la vista en el pueblo, porque las nubes se acumulan como una montaña en la línea del horizonte y lo van a tener jodido. No creo que esa tormenta escampe hasta dentro de dos días.

—Creo que me voy a quedar aquí.

—¿Has bebido?

—Sí, pero estoy seguro de lo que digo.

—¿Por qué? Dame un solo motivo para no creer que estás borracho.

—Estoy borracho. —Alzo un dedo y lo dirijo hacia las botellas que hay en la plataforma, dispuestas en una fila primorosamente recta—.

El motivo por el que me quiero quedar… Bueno, creo que Shal’karath aparecerá en algún momento.

No sé por qué os molestáis en ayudar a los aldeanos, esto va a quedar más pisoteado que un campo de entrenamiento.

—¿Por qué dices eso?

—Porque no han quemado el templo. Al llegar lo pasé por alto porque tenía otras cosas en la cabeza, pero como llevo dos días con nada más que esto… —Me señalo la sien—. Cuando no quemábamos los templos significaba que volveríamos.

—¿Y por qué iban a hacerlo?

—Se han dejado unas pocas mujeres. Es algo así como cuando dejas alguna botella de vino en la bodega; no te las puedes llevar todas de una sentada porque no te las vas a beber.

—Que hables así de seres humanos me da escalofríos.

—Pues porque no me conociste antes, te habría parecido gracioso de cojones.

—Vamos a centrarnos, ¿qué hacemos con Mircea?

—Como si os la coméis.

—¿En serio vas a hacer eso?

—¿El qué?

—Fingir que no te importa. Si a mí me importa, habiendo vivido una cuarta parte de todo lo que viviste con ella, no creo que te sea tan fácil descartarla.

—Mira, Éomar… —Esbozo una sonrisa ebria, a la par que malhumorada—.

No quieres que deje al Llorica pastando a sus anchas, porque con el pedo que llevo soy capaz de pedirte que nos la llevemos y hagamos como que toda esta historia no ha ocurrido.

Mejor vuelvo a Rojamuerte, se le dan mejor las despedidas.

—Es que no eres Rojamuerte, eres Trueno Acechante.

Vuelvo a acariciarme los nudillos y esbozo una sonrisa parecida a las que solía emplear con los humanos, cuando escribían canciones acerca de mí.

Éomar se echa a reír y dice que no asustaría ni a un drazir de cinco años.

Le doy un puntapié y me lo devuelve; nos la estamos jugando un poco porque el quicio no es ancho, que digamos.

—Permanecer aquí, en caso de que tengas razón, supondría esperar a que «se queden sin botellas». Quitando el dilema de que esperaríamos a que maten a una aldea entera, en lugar de rescatarlos, podría ser de aquí a una luna, de aquí a dos…

—Si están en el pico de La’Miel, imagino que será una luna.

—No tenemos una luna para esperarlos.

—¿Es que tienes otras cosas que hacer?

—Me bulle la sangre, Lazor, quiero acabar con esto ya.

—¿Y atacarlos en su campamento? No vamos a sobrevivir sin los amigos de Fel’nis… Por cierto, ¿dónde están?

—Tengo una buena noticia y otra mala: Z’na dice que se acercan, que el viento ha traído su olor.

—¿Y la mala?

—Que tiene un cabreo espectacular y es capaz de espantarlos.

Estallamos en carcajadas otra vez y empiezo a sentirme un poco más como quien era antes de que toda esta historia reventase de mala manera.

La sensación de vértigo no me abandona, es el motivo por el que me he sentado aquí, pero se me han relajado los hombros y ya no me siento como un bloque de granito.

Éomar se acerca más y me echa el cabello tras la oreja, ha sido tan repentino que pestañeo y me quedo mirándolo como si acabase de mear en mi presa. No se achanta ni se mueve.

—Entonces… ¿te quedas? ¿Lucharás conmigo?

—Sí, claro.

—Confieso que me daba un poco de miedo que volvieses a saltar con eso de que te quieres morir.

—Teniendo en cuenta que estoy muerto desde hace cinco años, el concepto es un poco absurdo.

—No es verdad.

—¿Cómo que no?

—Un muerto no me haría sentir esto.

—¿El qué?