Rojamuerte El amor no se va
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El amor no se va

EL AMOR NO SE VA

Mircea despierta encadenada y no se da cuenta hasta pasados unos instantes, cuando trata de llevarse las manos a la cara.

Éomar se ha sentado en el borde del camastro y esboza una mueca sombría.

No me he quedado cerca —si lo hago no sé de qué seré capaz— y los observo desde un rincón, a unos quince pasos.

Las sombras me ocultan, pero consigue verme.

Se lo hemos tenido que contar a Z’na y a Fel’nis, que se han quedado a los pies del camastro.

Z’na oprime la lengua tras los dientes y Fel’nis está más pendiente de mí que de Mircea, porque sabe que estoy empleando la poca voluntad que me queda para cumplir con lo acordado.

La hemos metido en el sótano de Uyma, se han trasladado al templo y no lo necesitarán mientras dure la reconstrucción del resto de la aldea.

Han sido más amables de lo que esperábamos, nos tratan con casi tanta reverencia como a Astharoth.

—Éomar…

—Voy a hacerte unas preguntas y si no eres capaz de ser honesta por una sola vez… Bueno, no hace falta que hable de las consecuencias.

—Lazor…

—No lo mires, no te va a ayudar. Es más, ha sido idea suya. —Hace un gesto con la cabeza—. Z’na quería que te atásemos a un caballo, para que te arrastre hasta dejarte sin cara. Fel’nis se ha opuesto, dice que lo mejor será desmembrarte y dejarte a la intemperie, para que te encuentren los lobos.

—Lazor…

—Si vuelves a llamarlo dejaré que se acerque. Y pobre de ti, Mircea.

Sus labios formulan una súplica muda, cuando mis gruñidos se convierten en un gorgoteo grave.

Tengo que apartar la vista, porque una parte de mí quiere soltarla y la otra devorarla.

Me hace recordar por qué odio a los humanos y el pensamiento no me está dando buena espina.

Quédate donde estás, Rojamuerte, por lo que más quieras.

—La curandera dice que te ha reconocido, que viajabas con un drazir de ojos verdes. Os vio hace unas lunas.

—Es cierto.

Mis gruñidos se detienen porque no me esperaba eso, pero sigo fijando las pupilas en la mugre del suelo, contando los guijarros. Éomar se inclina, acercándose más a ella.

—Habla.

—Negramuerte fue mi pareja.

Un golpe sordo los distrae cuando descargo el puño contra la pared y Z’na me dedica su ceño fruncido, como si mi estallido estuviese completamente fuera de lugar.

Te puedo sugerir un par de cosas más que estarían fuera de lugar, doy puñetazos contra un objeto inanimado para que no salgamos ardiendo.

Mircea levanta más la cabeza, viendo que giro sobre mí mismo mientras me destrozo una garra con los dientes.

Una, dos, quizá tres. No duele, no esta vez.

—No lo mires, mírame a mí.

—Es cierto que mi padre es nigromante, así como la historia que os conté, pero no es quien dije que era y sigue vivo. Mi padre es G’lar. —Éomar reacciona con un rugido y chilla—. ¡No, por favor! ¡No es lo que imaginas!

He rugido también y me he detenido en el centro. Un salto y estaré sobre ella, desgarrando esa garganta traidora.

—¿No es lo que imagino? —El tono de mi maestro empieza a alcanzar tintes inquietantes, se está conteniendo con todo lo que tiene—. ¡Deja de lloriquear y contesta!

—Fui a La Torre muchas veces, para conseguir pociones para él, pero eso era todo.

Me negué a tener otro tipo de relación tras la muerte de mi madre, que era lo único que nos unía.

Sabía del culto y sabía de sus prácticas, por lo que me mantenía tan lejos como me era posible.

Conocí a Negramuerte porque le pasaba las pociones que pedía mi padre, para no tener siquiera que verlo.

También se las entregaba al explorador al que torturasteis, por eso me reconoció cuando…

—¿Quién coño se cree esto? —la interrumpe Z’na.

—¡Es la verdad! La última vez que vi a Negramuerte fue en Sorash, cuando decidí desentenderme de todo lo que tuviese que ver con mi padre. Pasamos por aquí de camino y nos quedamos en una posada, por eso me han reconocido.

—¿Y sabías que te reconocería la curandera, por eso nos has traído?

—Confieso que no entraba en mis planes, pero no me quedó otra que traeros hasta aquí. Tenía esperanzas de poder contároslo, al recuperarme. No pensé que se me adelantaría, ni siquiera pensé que me recordaría.

—¡Me hablaste de Negramuerte como si fuese un regalo de los dioses al mundo! —Avanzo, bramando como un oso—. ¡Ahora me encaja, puta traidora!

—Quieto ahí, Muecas. —Z’na me detiene, poniéndome una mano en el pecho.

—Lo hice porque…

—¡¿Por qué?! —Me echo sobre el hombro de la guerrera y me empuja.

—Jugué contigo, Lazor. Te mentí como no he mentido a nadie y si no me crees y decides asesinarme, me lo habré ganado. Mi padre me visitó la noche en que te conocí.

Trato de avanzar otra vez y me encuentro con la cara de la guerrera, que frunce los labios y chasquea la lengua como si estuviese calmando a un caballo desbocado. Me tengo que contener para no morderla y lo sabe, parece que le divierte pensar en cómo podría resultar.

—Profetizó algo cuando era niña, dijo que algún día tendría el corazón de un dragón y que viviría una aventura que me cambiaría la vida. No lo entendí y cuando lo hice ya era demasiado tarde. Te conocí, soñé contigo y mi padre lo supo.

—¿Cómo lo supo? —interviene Éomar.

—Es oniromante.

—Mierda. —Z’na resopla y gira la cara levemente, su mano firme en mi hombro.

—¿Sabes qué es?

—La peor forma de nigromancia, se meten en tus sueños y te vuelven loco. Pensaba que era un mito, el cabrón tiene el favor del mismísimo Oniros.

Mircea hace otra intentona de levantar la cabeza y gime cuando Éomar la empuja. Las cadenas chirrían y me las estoy imaginando en torno a su cuello.

—Dijo que si te entregaba me devolvería a mi madre.

Es lo que siempre hace, ofrece lo imposible a los desesperados.

Sabía que nunca me recuperé de su muerte y fui estúpida, pero por entonces solo conocía las canciones que hablaban de ti y pensé que podría hacerlo, pensé que la vida de mi madre valía infinitamente más que la de un asesino.

Por eso te hablé de Negramuerte, para asegurarme de que eras a quien mi padre buscaba.

Rona se nos unió y me dije que debía tener más cuidado porque ignoraba todo esto y quería protegerla, pero empezó a encariñarse de ti y la cosa se complicó, porque yo también me encariñé.

Puede que hubiese sido distinto si no hubiésemos viajado con ella, pero siempre tuvo la habilidad de ver lo mejor en los demás.

Cuando murió y supe por qué había sido estuve por desistir.

Te odié y te admiré al mismo tiempo, por haberte librado de las cadenas de mi padre, por haberte desentendido de lo que representa…

Y odié a mi padre por haber mandado a ese hombre en tu busca, por haber provocado la muerte de Rona.

Fue muy confuso, pero me dije que si al menos recuperaba a mi madre después…

Éomar la insta a continuar cuando se deshace en sollozos desgarradores, con más aplomo del que yo jamás tendré.

Z’na me clava las garras en el hombro para que deje de moverme, la sonrisa de deje burlón se torna torva y amenazante.

Como si me importase. Estoy calculando el tiempo que me llevará esquivarla.

—Mi padre sabía que iríamos a Mirkel y dijo que Negramuerte estaba allí, tratando de dar caza al clan Razaros.

Me costó reconocerle, al principio. Supe que se trataba de él el día en que conociste a Éomar, fue entonces cuando me contó su plan.

Lo único que debía hacer era echarme a un lado, pero también dijo que debía distraerte para que pudiese encargarse del cronista Reeze.

No lo digas, joder. Me muerdo el puño con tanta saña que por poco me arranco el meñique.

Z’na sigue siendo un muro inexpugnable, pero ya no quiero trepar por él.

Me da demasiado miedo acercarme; no por ella, sino por mí, porque siento que si sigue hablando me desintegraré.

Me tiemblan las rodillas y me doblo hacia delante, al notar un pinchazo en el pecho.

Z’na me pone la mano en la espalda y musita un improperio, parece que le ha dolido hasta a ella.

La veo sobre mí, la noche en la que fuimos uno solo, prometiéndome que no me haría daño. Las palabras que me dedicó entonces se cargan del veneno que palpita en mi pecho y en la boca del estómago, la ponzoña me zumba en las sienes y me nubla la vista.

—Pero ya me había enamorado de ti, Lazor.

Por favor, necesito que me creas cuando digo que me sentí del mismo modo cuando…

—Suelta un sollozo entrecortado al alzar la cabeza y reparar en cómo la miro, en cómo soy incapaz de erguirme sin marearme, con la mano de Z’na en la espalda y la cara húmeda por el pánico—.

Dijo que a la mañana siguiente se encargaría de ti y cuando llegó el momento no pude desentenderme.

Me quedé parada junto a la ventana que abrí, dispuesta a saltar y a dejarte atrás…

Y no pude. Es por eso que no me atacó en la habitación, porque pensaba que le apoyaría.

Cuando pasó todo busqué a Éomar y te llevamos a las cloacas, te salvaron la vida y entonces empezaron las pesadillas.

Mi padre me torturó cada una de aquellas noches, con las más horribles visiones de mi madre, porque quería que le desvelase nuestro escondite.

Me amenazó con su Castigo, si no te entregaba.

No cedí porque quería proteger a tu familia, Éomar, pero le hablé de cuándo dejaríamos la ciudad y envió a más de los suyos para encontrarnos.

¡Por favor, Lazor, debes creerme! ¡Me heriste en el Cañón del Viento y me quedé contigo!

¡El amor nunca se irá, te lo dije entonces y te lo digo ahora!

—El que te tiene que creer soy yo —declara Éomar, su voz tan grave como mis gruñidos.

—¿Y me crees?

—Has seguido con nosotros, como has dicho.

—He seguido con vosotros porque amo a Lazor y sé que esto no acabará si no acabamos con mi padre. Quiero la vida con la que soñamos y por eso os ayudo. Éomar, a ti también te quiero… Te quiero muchísimo. Por favor, debes creerme.

Mi maestro cierra los ojos y se concede un momento. Traga saliva, toma aire por la nariz y vuelve a mirarla, manteniendo la serenidad que ha estado a punto de abandonarlo.

—¿Por qué se toma tantas molestias? ¿Qué quiere de Lazor?

—No lo sé, puede que se deba a que no le gusta perder.

Lo hace simplemente… porque puede. Pensó que fue clemente al dejárselo a la Inquisición y cuando escapó lo tomó como el mayor agravio.

Y ahora que sabe que lo amo, que sus torturas no funcionan conmigo, lo quiere con más ahínco.

Es el ser más cruel y despreciable que existe, él mismo dice que Los Oscuros lo han tocado con su gracia y que será su caudillo en las guerras venideras.

Que Lazor lo rechazase, siendo uno de sus mejores guerreros…

Quiere aplicarle el Castigo, antes de enviarlo al Abismo.

Éomar se vuelve hacia mí y aprieta los labios. El Castigo de G’lar dolerá infinitamente menos que esto, me temo. Doy un par de pasos y retrocedo, lo repito varias veces hasta que me lanzo sobre Z’na y la arrastro conmigo. Ni siquiera Fel’nis puede detenerme.

Tengo la mano en el cuello de Mircea y la estoy mirando a los ojos. Espeto que la odio, aunque no me lo crea.

—El amor no se va, Lazor.

Cae el velo rojo, enturbia el brillo de sus pupilas implorantes.

Las cadenas dan una sacudida tan fuerte que me estremezco.

No. Salgas.

Le rozo la mejilla con los colmillos y sus lágrimas resbalan en regueros por mi mano, cuando me destrozo las cuerdas vocales en un grito visceral, nacido de cada recodo del dolor.

Lucho contra las garras que retienen mis hombros y me clavo a su cuello.

Se tensa como el arco de un violín, diciendo que me ama.

No hace falta que lo diga, lo estoy saboreando con un ansia tan despiadada que seguramente se esté desangrando.

Z’na logra apartarme y me da tal puñetazo que me lanza al otro lado del sótano, bramando que la necesitan con vida.

Me quedo tumbado, hundiéndome en mi propia miseria, con un regusto a menta y cacao y la certeza de que no ha mentido.

Pero la verdad duele más, me taladra la lengua y la garganta y me saca quejidos roncos e irregulares, cada vez más fuertes, cada vez más profundos.

Me cubro la cara con las manos y me balanceo.

La quemazón en el pecho ha vuelto, de la que me libré el día que abandoné Satirican, el día que le entregué hasta el último recodo de mi alma.

—No es tan profunda.

—Joder, qué poco ha faltado. Z’na, quédate ahí.

—No me voy a mover, tranquilos.

Me golpeo la nuca con el suelo porque lo único que quiero es quedarme inconsciente. Lo consigo al quinto golpe.