Rojamuerte Extrañas compañías #3
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Extrañas compañías #3

Ni siquiera he cogido el petate; tengo toda la intención de caminar hasta el pico de La’Miel solo y poner fin a esta horrible vida a la que me he aferrado, porque nunca aprendo, porque la esperanza mata más rápido que el acero.

Si me quieren, me tendrán, estoy harto de juegos.

Prefiero la eterna tortura de Los Hados a seguir sintiendo esto.

Me arrancaría el corazón de cuajo si aun con ello pudiese continuar para meterle la cabeza por el culo a Shal’karath.

Éomar me agarra de los hombros y me vuelvo con tanta fuerza que lo estampo contra el costado de una choza carbonizada, antes de continuar con mi avanzada suicida.

Una vez más, ese tipo especial de cobardía se esfuma.

Voy a morir hoy, mañana a más tardar. Sigue intentando pararme y se lleva más acometidas; no quiero hacerle daño, pero soy el acantilado que contiene a la ola más grande del mundo.

Echo a correr y el aliento me arde en la garganta.

No tengo ni idea de si estoy yendo en la dirección correcta, pero necesito alejarme de la aldea antes de ceder a todo lo que me suplica que la envíe con Los Oscuros.

Un golpe, tan contundente y repentino que caigo contra el vallado de una granja y ruedo.

Me levanto de un salto, me encaro con él y me sostiene la mirada. No hace ademán de defenderse, pero se muestra implacable.

—El velo rojo —digo.

—No me importa.

—Te estoy avisando, joder.

—Te seguiré al fin del mundo, de ser preciso. Cuéntamelo.

Mircea me dijo lo mismo, la noche que murió Rona.

Dijo que me seguiría al fin del mundo con tal de que le contase mi historia.

Una historia que seguramente conocía, por la que lloró conmigo.

La noche en que decidí ceder, porque me muevo por la vida a cabezazos.

Me apoyo en su frente, me estoy mareando y me sostiene.

No hay velo rojo, solo un vacío que me engulle.

—Era amante de Negramuerte.

Se separa un poco y ladea la cabeza, diciendo que no es posible. Retrocedo y tropiezo con un par de tablones, por poco caigo de espaldas contra lo que queda de valla. La vida no quiere que acabe empalado con las estacas que he esquivado, ¿cómo no?

—La curandera la vio con él, hace unas lunas. La ha reconocido.

—¿Y qué más?

—¿Qué más hay que saber? —Mi voz suena tan patética como rota—. ¡Nos ha mentido todo este tiempo y maté a U’hrk cuando tenía razón! ¡Me dejé llevar por esto! —Me golpeo el pecho—. ¡Esto que dices que nos salva!

—Esperaremos a que despierte para que nos lo cuente todo.

—¡No voy a esperar! ¡Voy a La’Miel a acabar con ello!

—Piensa un poco, porque hay algo en todo esto que no me encaja.

—¿Tienes idea de cómo me siento? No puedo ni mirarla a la cara, mucho menos preguntarle por ello.

—Claro que sí, me siento del mismo modo.

—¿Del mismo modo?

—Olvidas que la aprecio muchísimo, que os he cubierto las espaldas y que estoy tan implicado como tú… Pero debemos actuar con cautela porque esto es mucho más grande que tu dolor, las cosas no han cambiado.

—¡Han cambiado, Éomar!

—¿En qué han cambiado?

—¡No quiero seguir viviendo!

Reacciona como si le hubiese dado una patada en plena cara, aunque no se haya movido un ápice. Contrae el rostro en una mueca atónita, teñida de un miedo que le dilata las aletas de la nariz.

—¿No quieres seguir viviendo? ¿Es que no has aprendido nada, Lazor? ¿Qué es lo que hemos estado haciendo todo este tiempo, qué es ese peto que grabé para ti? ¿Realmente has puesto todas tus esperanzas en ella, en lugar de en ti mismo?

—¿Hay algo en mí que merezca la pena, como para apoyarme en ello?

—¡Sí! —brama con el trueno que restalla a su espalda—. ¡¿Crees que me lanzaría a una revolución con el primero que se presente ante mi padre y diga que quiere romper cráneos de rh’zir?!

Bajo la cabeza, jadeando como un toro. Me miro las manos para abrirlas y cerrarlas, porque no las siento, y me hinco de rodillas.

Ya ni siquiera cuento con mis muros para protegerme de la acometida de la verdad que he estado esquivando; me estoy ahogando en ella, en el pensamiento de que ya no me queda nada.

Éomar patea más tablones, a medio camino entre el enojo y la necesidad de consolarme, y se arrodilla también.

—Quédate conmigo, Lazor. —Busca mis ojos—. Si necesitas creer en alguien para seguir viviendo, quédate conmigo. —Oprime mi cabeza contra su hombro y habla entre dientes—. Seré lo que necesitas, llenaré ese puto agujero que te drena.

Cae el aguacero y su estridencia sofoca los lamentos que empiezo a soltar, pero no por mucho tiempo.

Esta vez soy yo el que llora contra su hombro, el que se aferra a él como un niño asustado.

Me sostiene con cada sacudida, se convierte en el refugio que contiene la tormenta y colma el cielo con los colores de un atardecer inesperado, con cada susurro.

Está lloviendo a mares, pero su abrazo se siente como el sol de Desierto de Plata.

Dice que no se irá a ninguna parte. Lo he oído antes, pero lo creo porque le conozco, mucho más de lo que conocí a Mircea.

Soy uno con el viento, con la lluvia, con el trueno.

Entierro mi agonía en él, agarrándome a su peto para que no me arrastren con ellos.